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Posts Tagged ‘Entender la actualidad’

Dónde: Salamanca, paraninfo de la Universidad de esta ciudad.

Cuándo: 12 de octubre de 1936.

Qué: celebración de la “fiesta de la raza” (hoy, Fiesta Nacional de España).

Quiénes: entre otros, los ilustres: Carmen Polo (esposa de Franco), José María Pemán, Francisco Maldonado de Guevara, Millán-Astray…

Este último hace la siguiente intervención:

[País Vasco y Cataluña]  “son cánceres en el cuerpo de la nación […]  El fascismo, que es el sanador de España, sabrá como exterminarlas, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos.

Unamuno interviene:

Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia”. “Quiero hacer algunos comentarios al discurso -por llamarlo de algún modo- del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Voy a ser breve. La verdad es más verdad cuando se manifiesta desnuda, libre de adornos y palabrería.  Dejemos aparte el insulto personal que supone la repentina explosión de ofensas contra vascos y catalanes”. “Yo nací en Bilbao, en medio de los bombardeos de la segunda guerra carlista. Más adelante me casé con esta ciudad de Salamanca, tan querida, pero sin olvidar jamás mi ciudad natal. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñandoos la lengua española, que no sabéis”.

Interviene Millán-Astray:

¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?“ (Se pone en pie, exaltado. Va acompañado de legionarios armados)

¡Sí! ¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí! ¡Viva España! ¡Viva la muerte!.”

(Entre los presentes en la sala hay quienes saludan con el brazo en alto, dirigiéndose al retrato de Franco que preside la sala. Entonan el “cara al sol”). Algunos gritan: “Viva Cristo Rey”).

De nuevo interviene Unamuno:

“Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de “¡Viva la muerte!”.  Esto me suena lo mismo que “¡Muera la vida!”. Y yo, que me he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte”. “Y otra cosa:  El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda”. “Me duele pensar que el general Millán-Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido como dije, que carezca de esa superioridad del espíritu, suele sentirse aliviado viendo como aumenta el número de mutilados alrededor de él”.

Millán-Astray interviene:

¡Muera la inteligencia!”

Pemán dice:

¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!”

De nuevo, Unamuno:

¡Este es el templo de la inteligencia, y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho”.

Algunos militares desenfundan sus armas. Carmen Polo tiene que escoltar a Unamuno hasta su casa, acompañado de gritos e insultos.

Ese mismo día, Unamuno es despedido como concejal de Salamanca. Franco lo aparta del cargo de rector de la universidad, y lo arresta domiciliariamente, hasta la fecha de su muerte, poco después, el 31 de diciembre de ese mismo año (apenas dos meses después del altercado del paraninfo).

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Adoro las listas.

Soy el tonto de las listas.

Enumero cientos de productos, cientos de obsesiones (algunas un poco ridículas, otras demasiado ridículas) con un estúpido e improbable orden de preferencia. Cosas que me gustarían comprar y hacer, así como las que ya tengo y ya he hecho. Es absurdo, lo reconozco, el hecho de tener que apuntar bajo el epígrafe “Lo que comprar con mucho dinero” una Gibson Les Paul, como si acaso me fuera posible olvidar que la quiero.

Pero es que, en el fondo (y en la superficie), la soberana estupidez de las listas reside en apuntar más bien todo aquello que uno nunca olvidará. Las listas son nuestro backup de los deseos. Esa es, al menos, la esencia de mis listas: decirme por escrito lo que sé que apetezco. La lista es el horizonte para el coleccionista. Y son sus riendas, y su techo. Todos ellos conceptos necesarios para no quedar abrumado por la sospecha temible de una ambición ilimitada. El tonto de las listas codicia más que nadie, pero su ambición es sana, porque está definida, constreñida. Quiere lo que aparece en sus listas y respira aliviado por todo lo que no merece figurar en ellas. Es libre allí donde no hay inventario ni catálogo; pero donde realmente se siente humano es en el margen acotado de sus quereres enumerados.

Los principios de las listas son esperanzados. El tonto que las hace y repasa siempre está tanteando posibilidades de elaborar unas nuevas que recojan un muestrario de productos distinto al que ya tiene anotado. A veces, no obstante, un mismo objeto participa, a la vez, en más de una lista. Son objetos clave, muy preciados, porque adquirirlos equivale a más de un tachón. Momento impagable.

El desarrollo de una lista es más lento y fatigoso, pues consiste en la recapitulación de elementos obvios. Uno suele albergar la sensata idea de terminar rompiendo la lista iniciada al grito de ¡menuda estupidez! (la línea entre lo estúpido y lo imprescindible es delgada en el tonto de las listas), pero solemos reponernos de esta bache emocional. Terminamos adorando, cual becerro de oro, nuestra febril creación.

El procedimiento del tachón es el de la sublimación de la lista: “Apuntarme a un gimnasio” en “Tareas que hacer cuando disponga de tiempo libre”. ¡Zas! Raya roja de parte a parte; suficientemente ancha y rotunda como para aclarar su consecución; suficientemente limpia y clara como para dejar al aire el nombre de la realidad vencida. Este momento de la supresión supone, en mayor medida que la propia y real consecución de la tarea pendiente, la cumbre del bienestar del hacedor de listas. ¡Qué satisfecha y sardónica risilla al eliminar los números pendientes en mis colecciones de cómics! Ellos, allí, guardados en su correspondiente estantería, vírgenes, impolutos, sin manos aún posadas sobre sus páginas, sin ojos gastando sus viñetas. Pero el número que los cataloga, indexa e identifica está felizmente anulado de la lista. ¡Uno menos! (por conseguir). ¡Uno más! (por leer).

Claro. El adorador de las listas es un individuo maníaco, completista, un lunático que necesita apuntar sus necesidades y apuntalar sus preferencias, no sea que por azaroso acontecimiento se olviden, desestimando con ello lo que decía Hemingway: que lo que se olvida demuestra el desinterés que nos provoca. El hacedor de listas cuestiona su propia actividad, pero nunca lo suficiente como para poner su continuidad en peligro.

Cada persona es un mundo. Cada mundo tiene sus límites. Cada límite está fijado por voliciones y preferencias. El demente completista se aferra a su mundo y lo siente como propio cuando lo define; y el mundo de un coleccionista está definido en virtud de sus listas. Lo que se encuentra en ellas es el ser, la posibilidad, lo lógico, la potencia y el acto. Lo omitido anida en el caos, en  el mundo imposible del no ser, de lo ilógico, de lo impensable.

Toda lista muestra su imperfección al ser susceptible de sufrir añadidos. Pero no hay mundos perfectos. El coleccionista es un loco: un loco que sueña con tachar todas las entradas de sus listas infinitas.

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Las grandes obras contienen un alto porcentaje de verdades. ¿De qué tipo? De todo tipo, referentes a todos los ámbitos. A veces son verdades sobre hechos investigados por el autor. A veces son nuevas aportaciones, o son fragmentos de conocimientos muy específicos y especializados aportados al mundo de la gente que solo lee novelas, y que jamás se acercarán a un ensayo o a una revista científica. A veces son verdades sobre la realidad psicológica del ser humano, o sobre las miserias del día a día… En todo caso habrá un buen número de ellas. Y si son muchas, poco obvias y están bien contadas, será una gran obra. Porque la verdad, cuando se lee, resulta divertida.

Agosto, 2013

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Creo que somos multitud los que, preocupados por la salud, nos preguntamos: ¿qué estamos haciendo mal? ¿Qué podemos hacer y qué debemos evitar para quedar exentos de padecer algún tipo de cáncer, o enfermedad degenerativa? ¿Es algo que, realmente, esté en nuestras manos?
Se habla de tantos factores contribuyentes, que parece que a uno no le quede más remedio que rendirse y encomendarse al azar para no contraer ni ser portador en potencia de ninguna enfermedad importante. Obviamente, conocemos desde hace tiempo hábitos de vida saludables que ayudan a minimizar las probabilidades: no fumar, no consumir alcohol ni drogas, practicar deporte o ejercicio físico, descansar entre 6 y 8 horas diarias, beber abundante agua, llevar una alimentación equilibrada… En fin, recetas que han pasado a formar parte del acervo popular, y que cualquier persona sin formación específica en ciencias de la salud conoce y puede administrar. Sin embargo, o bien el hecho de saber esto no va de la mano de su práctica, o bien hay algo, tan importante o más que lo dicho, que no tenemos tan en cuenta. Porque lo cierto es que las incidencias de tumores malignos, pacientes de alzhéimer y enfermedades neurodegenerativas aumentan en la última década, según la OMS. Desde hace años se nos ha instruido convenientemente sobre la importancia del estrés, la presión laboral, los disgustos emocionales y económicos. De todo ello ha dado buena cuenta la literatura (por llamarla de alguna manera) de autoayuda, que da instrucciones sobre cómo pensar positivamente, cómo evitar la depresión, cómo soportar a tu jefe tirano y déspota, y cómo activar y liberar la energía de tus chakras a través de la meditación. Insisto en que la preocupación por estas cuestiones ha sido y es tal, que la proliferación de libros que las abordan copan los primeros puestos en las listas de ventas. Así, no son muchas las editoriales que se abstienen de traducir y publicar alguna obra dedicada a estos menesteres, por los pingües beneficios que dispensan.
Una de ellas, de las editoriales que suelen aprovechar el filón de lo actual, es Aguilar, que con varios años de retraso nos trae los escritos del ínclito japonés Hiromi Shinya. Libro, por otra parte, apadrinado por Mercedes Milá (sic), a quien probablemente le debemos buena parte de las ventas del libro tras promocionarlo en Gran Hermano (así nos va…).
Empezando por lo más evidente, decir que la portada del libro me parece digna de censura; cuanto menos, de una censura intelectual. “La dieta del futuro que evitará las enfermedades cardíacas, curará el cáncer, detendrá la diabetes tipo 2, combatirá la obesidad y prevendrá padecimientos crónicos degenerativos”. Por mucho menos se han empapelado a muchos gurús, habladores y payasetes de televisión, que al menos distraen y hacen reír. Pero el libro de este cirujano japonés tiene muy poca gracia. Precisamente porque juega a dar respuesta a las cientos de miles de personas que, como tú y como yo, nos preguntamos por esas razones que no alcanzamos a entender, de por qué enfermamos (sin que creamos haber hecho nada para merecerlo). Un libro con esas pretensiones, y con la tirada de ventas que éste ha conseguido, merece sin duda una atención por parte de los especialistas, para que adviertan al público de perfil cultural bajo (que es el que compra este tipo de productos y los lleva a encabezar las listas de ventas) de las mentiras y verdades que contiene. El asunto lo merece. Porque me parece extremadamente peligroso que se mezclen sin orden ni compás verdades como puños (algunas de las cuales ya las hemos citado al principio) con otras tan dudosas que la comunidad científica (al menos los expertos que se han pronunciado sobre el libro de marras) echa por tierra.
Atendiendo al estilo (porque, si es un libro, debe tenerlo, sea cual sea el género al que se adscriba), La enzima prodigiosa es lamentable. Hay errores de traducción sonrojantes (remover por quitar o extirpar, lo que es un claro ejemplo de traducción perrera del “remove” inglés). La estructuración de ideas y el nivel descriptivo es paupérrimo (lo que no me sorprende, pues es la nota habitual en este tipo de libros). Constantemente se repiten y solapan ideas que ya han sido expuestas anteriormente. Para colmo, aunque el volumen no llega a las 200 páginas, podría haber quedado resuelto en menos de 50. Pero, claro está, eso no se podría haber vendido a 18€ el ejemplar.
Como decía, las ideas contenidas en La enzima prodigiosa se pueden resumir en muy pocas líneas. A saber: nada de alcohol, proteínas ni leche. Evitar la carne, y tomar, preferentemente, verduras y frutas muy frescas. Tan frescas que casi nos propone tomar las peras sin cortarlas del árbol. Vamos, que para decir que hay que limitar el consumo de carne y productos industriales, y dar prioridad a las verduras y alimentos ecológicos (una suerte de veganismo es su propuesta), no hace falta ser un eminente endocrinólogo. Porque no dudo de que lo sea. Ahí está su importante papel como pionero de la técnica colonoscópica y su demostrada valía en la profesión médica, ejercida a caballo entre Japón y EE.UU. Al César lo que es del César. Ahora bien, el 90% de la fortaleza de los argumentos que aporta se deben exclusivamente a eso: a su propia experiencia médica. Olvídese el lector de citas constantes o referencias a otros investigadores o estadísticas que apoyen lo que dice. Tal vez sea porque los lectores habituales de este tipo de libros rehuyen de ese tipo de asuntos (¡ni que estuvieran leyendo un artículo científico!). Aquí lo que hay es mucha anécdota y mucha alusión al ejercicio de la medicina llevado a cabo por el propio Shinya. Es decir, argumento de autoridad autorreferencial: el summum del egotismo.
Así que, aparte de las verdades de Perogrullo (que no habrían hecho de este libro vender 2 millones de ejemplares… ¿o sí?), las afirmaciones problemáticas que rompen con algunos de los tópicos asumidos son: el no a la leche, el no a las proteínas y su teoría sobre las enzimas madres. Lógicamente, es esta teoría la que sustenta sus noes a determinados alimentos, y sus síes a otros.
Básicamente consiste en lo siguiente: las enzimas prodigiosas (o enzimas madre, término preferible por parecer un poco más científico y menos milagrero) son enzimas “comodín” que nuestro organismo tiene en cantidad finita y limitada. A pesar de que no hay constancia científica de su existencia (Shinya asegura que de aquí a poco se demostrará, así que toda su dieta se sustenta en una teoría que, de quedar refutada, caería irremediablemente), el médico japonés habla de un potencial enzimático, es decir, de la cantidad concreta que cada individuo posee de ellas, de tal modo que de su carestía y agotamiento dependería el contraer buena parte de las enfermedades que aquejan al ser humano. Puesto que nuestro cuerpo requiere del uso constante de las enzimas para gran diversidad de procesos, estas enzimas tendrían un valor innegable, pues acuden a la ayuda y rescate de aquellas que la requieran. Y, al usarse, se gastan. Por tanto, si le damos a nuestro organismo digestiones pesadas, obligándolo a trabajar sobre moléculas que requieren un gran esfuerzo enzimático (por ejemplo, con alimentos que según Shinya nuestro cuerpo no necesita, como la leche de vaca), estaremos acabando con nuestras enzimas madre. El resultado final es que nuestro organismo sufrirá un deterioro apresurado al verse obligado a incidir sobre los radicales libres que son la clave de nuestra oxidación y consiguiente envejecimiento.
Moraleja: no hagas trabajar demasiado a tus enzimas, e incluso renuévalas con una alimentación adecuada, y así echarás de tu cuerpo sin grandes esfuerzos las sustancias de deshecho resultantes de otros procesos químicos internos que nos hacen envejecer y, a la postre, morir.
Insisto: todo es una teoría. Ello no implica nada negativo, puesto que todos los grandes avances científicos empiezan como tal. Incluso el doctor tiene la honestidad de proponerte que lo pruebes: “hazte una colonoscopia antes de iniciar la dieta de la enzima prodigiosa, y luego otra, tres meses después de llevarla a cabo. Verás los resultados”, llega a afirmar.
Lo que dice el doctor Shinya no es nada nuevo. Es más, se apunta a la moda de científicos holísticos, para los cuales el ser humano es un todo continuo (adiós, Descartes) donde mente y cuerpo forman un conjunto empático en el que lo bueno y lo malo para uno de ellos, revierte correspondientemente en el otro. Así que, tampoco escatima el japonés en añadir a sus recomendaciones alimentarias una buena dosis de positivismo y equilibrismo vital. Mens sana in corpore sano.
Todo comenzó con la muda de Shinya de Japón a EE.UU. Al llegar a yanquilandia, su mujer y sus hijos comenzaron a enfermar. El médico investigó las razones, a la búsqueda de posibles soluciones. No llegó a tiempo de encontrarla para el lupus de su esposa, pero sí para la dermatitis atópica de su hija y los problemas de colon de su hijo. La acusada fue la alimentación, y especialmente, la leche. Es cierto que se ha escrito largo y tendido sobre los más que posibles perjuicios de este alimento para el ser humano. De hecho, la intolerancia a la lactosa parece también haber sufrido una explosión de incidencias en el primer mundo (últimos estudios llegan a afirmar que esta intolerancia es natural, y que lo extraordinario es su tolerancia). Y argumentos como que la lactasa (enzima responsable de su rotura para el posterior metabolismo) disminuya con el paso de los años, parece indicar que el propio cuerpo no necesita de ella una vez adultos. Desde hace muchos años se viene escuchando aquello de que los humanos somos los únicos animales que consumimos leche después de pasadas las primeras fases del desarrollo (lactancia).
En definitiva, no hay muchos “peros” que poner a este asunto de la leche, salvo dejar dicho que cada cual estudie la reacción de su propio cuerpo ante la presencia de lácteos en su dieta. Shinya lo tiene claro: consumir con frecuencia leche y derivados de ella son serios condicionantes para tener una mala salud y desarrollar enfermedades serias.
Mi gran desconfianza hacia este tótem moderno de las “dietas milagro” (hay uno nuevo cada dos o tres años) viene de la mano, fundamentalmente, de dos factores:
1º en su página web (http://enzymefactor.com/index.php) puede el interesado encontrar los correspondientes productos “milagro” a una dieta que, “a priori” se basaba fundamentalmente en comer productos tan frescos como se pudiera. Repito, que leyendo su libro no he dejado de pensar en que su propuesta es un veganismo sin más, al que se le viste con un entramado teórico por demostrar. Y, como suele ocurrir en estos casos, sus recomendaciones más importantes solo consiguen ser utopías incluso para el lector más ganado para su causa: ¿cómo evitar sustancias conservantes en muchos alimentos? ¿Cómo tomar el pescado y las verduras tan frescos como para evitar todo rastro de oxidación en sus capas externas? Todo parece abocarnos a necesitar un huerto detrás de nuestras casas, y una barca con las redes echadas y la plancha dispuesta. Por cierto, olvídense del agua del grifo, fuente de microbios y bacterias que poco bien harán a nuestro cuerpo. Su propuesta es agua embotellada de alta calidad o, en su defecto, las jarras ionizadoras que alguna vez se han dejado ver por La Tienda en Casa (seguro que de aquí a poco también se ofertarán en su página web). En fin, todo un merchandising al servicio de una dieta milagrosa. Sus botecitos con suplementos enzimáticos (enzimas de rejuvenecimiento, se llaman) pueden adquirirse por el módico precio de entre 50 y 60$ (aproximadamente). Vamos, una baratija cuando se trata de vivir eternamente. En definitiva, si no sigues sus instrucciones, es que eres un humano débil a quien no le importa morir joven.
2º una deplorable afirmación, carente de fundamento científico, que resultará esperanzadora para enfermos de cáncer. Prácticamente llega a asegurar que, mientras que no se trate de un caso terminal, el cáncer puede revertir o estancarse siguiendo estrictamente sus directrices. ¿Cómo puede tolerarse este tipo de insinuaciones, sin profundos estudios a sus espaldas que avalen lo que dice? Cualquier paciente que lea este libro, siguiendo las explicaciones de Shinya, se convencerá de haber perdido buena parte de sus enzimas prodigiosas, razón por la cual creerá haber enfermado. ¿Cuánto no invertirá un enfermo en las dichosas cápsulas milagrosas del doctor? La estafa está servida: te cuento por qué has enfermado, y te vendo el remedio. Incluso se permite el lujo de animar a los pacientes a abandonar sus sesiones de quimioterapia (porque hacen más daño del que pretenden sanar), en favor de su dieta. Lamentable y enjuiciable.
Epílogo: este análisis es fruto de la lectura de este libro en formato digital, descargado ilegalmente de una página cuyo nombre omitiré. ¡Bendita piratería, que nos libra de pagar por estas memeces!

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Porque uno no decide en qué época nace.
Porque en mi biblioteca, al lado de Enrique Vila-Matas, tengo a Alan Moore; y junto a Dostoievski, los reportajes de Joe Sacco, y las novelas gráficas de Paco Roca, Art Spiegelman, Warren Ellis, Garth Ennis y Mignola. Y tengo a Neil Gaiman junto a Michael Ende.
Porque reparto las horas de lectura entre los clásicos literarios y los cómics Marvel.
Porque conozco y disfruto la obra completa de Bach, Häendel y Vivaldi, y las discografías de Metallica, de los Beatles y Gojira.
Porque compro discos y películas, y también los bajo desde internet.
Porque mis villanos favoritos son Moriarty, Darth Vader, Saruman, Galactus, Freezer y Mourinho.
Porque escucho las noticias en la radio por la mañana; al mediodía por la tele; las novedades me llegan vía flipboard en el móvil, y por la noche me echo alguna partida a la XBOX.
Porque tengo una colección obscena de recortes de periódico y un archivo en Excel con los libros que tengo, los que quiero, los que he leído, los que he leído y no tengo, los que tengo y no he leído, los que debería leer según el interés que me atraviese la cabeza ese mes, y los que debería evitar leer para no perder las pocas neuronas que me queden.
Porque sé que los Mohedano se han separado (y que probablemente Amador tuvo la culpa, y no la cuñada de Rocío Jurado).
Porque toco la guitarra y compongo con Guitar Pro; y quisiera saber solfeo, pero solo leo tablaturas.
Porque no me puedo acostar sin ver algún capítulo de Big Bang Theory, Juego de Tronos, Modern Family o The Walking dead (a veces desde Series Yonkies).
Porque voy cuando puedo al cine y al teatro, y a festivales de Rock Progresivo y Metal.
Porque en mi mesita de noche tengo varias libretas pequeñas y bolígrafos, por si se me ocurre algo interesante (rara vez), y en mi móvil uso Evernote (cuando la inspiración me coge en plena calle).
Porque voy a un gimnasio, y entre serie y serie de ejercicios leo un par de párrafos de algún libro que siempre llevo conmigo (sí, los monumentos recauchutados con esteroides me miran con caras extrañadas, y, yo diría, que hasta alucinadas).
Porque leo las revistas National Geographic, Filosofía Hoy, Clío, Scifiworld y Hobby Consolas.
Porque acudo semanalmente a una biblioteca; porque me gusta leer estando rodeado de libros; y ojeo entre las estanterías que ya me sé de memoria (a veces ordeno los volúmenes que veo mal colocados).
Porque quedo con amigos para jugar a juegos de mesa (algunos pueden considerarse de ingenio: De vulgari eloquentia, Conjura en el palacio, Dominion, Dixit, Ciudadelas, Colonos de Catán… pero otros tienen por toda gracia tirar dados y creerse un guerrero o un mago… ¡Y vaya si tienen gracia!).
Porque no podría vivir sin escribir y sin leer. Y porque estoy escribiendo una novela sobre la que llevo trabajando nueve años, y porque estoy a punto de publicar una novela corta, y porque estoy guionizando un cómic de aventuras, y porque estoy trabajando en un ensayo filosófico sobre el concepto de identidad, y porque estoy preparando mi tesis doctoral sobre Filosofía y Literatura.
Porque tengo mi casa decorada con cuadros de Miguel Ángel y Hokusai, y me gustaría haber puesto algún póster de Frazetta (pero mi novia no lo consideró adecuado).
Porque considero que lo mejor que viste un mueble es un libro, y además los leo.
Porque veo cine en 3D en mi televisor de 40 pulgadas (será un invento ñoño y quizás pase pronto de moda… pero yo me lo paso como un enano).
Porque me gusta comer fruta, y cocina meditarránea, y caldos de la abuela, y también pizzas y hamburguesas, y comida precocinada y ultracongelada.
Porque no me pierdo los reportajes de La2 ni los partidos de fútbol del Sevilla F.C, ni de la selección española (no me gusta llamarla La Roja).
Porque admiro a Rafa Nadal y a Saramago; y a Steven Wilson y Loisel. Y a un amigo que dibuja como los ángeles.
Porque me apasiona la filosofía política, y leo y comprendo a Max Weber, a Hobbes, a Hannah Arendt, y me parece que nuestra casta política es parca en ideas y en conocimientos. Porque creo que hay motivos más que justificados para un 15-M, y un 16-M, y un 17-M, y todas las eclosiones populares comprometidas que denuncien la inconsistencia del sistema politico que nos han hecho creer “el mejor de los posibles”.
Porque nací en los 80´s, vivo en el siglo XXI y soy hijo de mi tiempo y dueño de mis gustos.
Porque he jugado con muñecos de acción cuando era pequeño, que disparaban e iban armados con metralletas, y eso no me ha hecho conflictivo ni agresivo. Y vi Superman en mi adolescencia, y Bola de Dragón, y nunca probé a tirarme por la ventana para ver si volaba (aunque sí confieso que me colocaba arañas en las manos para que me picasen y me transformaran en Spiderman). Y porque he jugado a la saga completa de Final Fantasy, y no maté a mis padres con una katana. Y he jugado a juegos de rol, y no he practicado rituales sacrificiales para ganar una partida (porque de hecho, no conozco a ningún jugador ni ningún reglamento de rol que proponga ese tipo de cosas).
Porque conozco profundamente la historia de la filosofía y las ideas en Occidente, y cada día procuro saber un poco más; porque soy licenciado en Filosofía y profesor de Lengua Castellana y Literatura, y me interesan esos temas, y me debo a ellos, y debo ser un especialista en esas materias con las que me gano la vida, y sobre las que tengo que poseer holgados conocimientos que me permitan dar buenas clases que encandilen a mis alumnos como otros profesores lo hicieron conmigo. Y se conviertan, algún día, en seres curiosos, patológicamente ávidos de conocimiento, y comprometidos con su tiempo.
Y porque creo que hay verdades absolutas y objetivas, y asuntos tan complejos sobre los que es difícil pronunciarse sin sospechar estar equivocado. Y porque no me considero aquejado de “pensamiento débil”, y considero relativo lo que es relativo, como la cantidad de azúcar que hay que echarle al batido de fresas natural (porque depende de los kilos de fresas que eches). Y porque veo muchísimos inconvenientes en la democratización cultural, y no está reñida mi sospecha con la necesidad de que todos tengan acceso al saber, sino solo con la manera en que se habilitan los caminos hacia él.

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Resulta difícil no estar de acuerdo con la mayor parte de los argumentos de Vargas Llosa; y más que con sus argumentos, con sus conclusiones. Hay que estar muy ciego o muy imbuido del mundanal ruido para no ser capaz de advertir que el mundo que hoy conocemos es, en lo que se refiere a la comunicación, la relacionalidad y la interactuación (entre personas, y de las personas para con el mundo físico que les rodea), o muy distinto o diametralmente opuesto al que vivenciaron nuestros padres o abuelos. Vargas Llosa hace una disección de la civilización del espectáculo, insisto, certera especialmente en cuanto a conclusiones, como que es imposible concebir el concepto de cultura de igual manera que hace décadas, y que ello se debe en buena medida al pensamiento débil posmoderno y su relativización constante. Sin embargo, hay veces en que los argumentos aportados por el peruano se me antojan parciales y generacionalmente sesgados. Me explico. El autor hace mención fugaz a ámbitos de la cultura posmoderna a los que parece que adjudica parámetros negativos sin demasiados fundamentos. Y sinceramente, da la sensación de que ni maneja, ni comprende, ni se ha informado debidamente a la hora de abordarlos en un libro, el suyo, en el que por su vocación y finalidad debería hacerlo de una manera mucho más seria. Me refiero al nuevo concepto de gratuidad que se viene desarrollando en paralelo al auge de internet, o la liberalización de la cultura, o las novedosas y “altruistas” muestras de financiación de productos culturales (crowfunding), o la popularización de medios de ocio a los que ya cabe denominar “ocio de masas”, tales como los videojuegos (uno de los sectores industriales que más producen), o los cómics, que en absoluto pasan ya por ser una vulgarización de las novelas, y merecen su deslinde como el teatro del cine, o la fotografía de la pintura. Eso por no mencionar que todo estudio que se precie sobre la posmodernidad (porque, en el fondo, hablar de civilización del espectáculo no es sino evaluar los daños de la posmodernidad en la cultura secular) debería acometer un riguroso y serio trabajo de investigación sobre las tribus sociales, el maltraído término del frikismo y la expansión de las redes sociales. Y además, Vargas Llosa da buena muestra de que no le interesa el abordaje de estas cuestiones cuando desestima el trabajo de Frédéric Martel, Cultura Mainstream, precisamente porque en él, el sociólogo francés sí dedica páginas a algunos de los asuntos mencionados, y no a los acontecimientos que constituyen la cultura del pasado que Llosa venera. Sí; el peruano sabe que esas realidades existen, pero lo sabe de la misma manera que un guiri sabe que hay flamenco en Andalucía y Fallas en Valencia. Curiosamente él mismo comenta con gracia la depauperación del concepto de “visita cultural” a los países extranjeros, donde uno acude a museos y emplazamientos que el buen sentido atribuye como “de necesidad”. Pero, efectivamente, ocurre que uno que ni entiende, ni aprecia, ni se informa de lo que ha visto, sí se precia luego de haber estado allí, in situ, delante de aquellas magníficas obras cuya historia, trascendencia y significados desconoce. Pues precisamente él, Vargas Llosa, parece haber cometido el mismo error con los mencionados aspectos insobornables que todo estudio sobre la cultura del espectáculo debe contener. Ha cumplido el trámite con ellos, ha pagado el peaje, los ha mencionado… que equivale a decir que ha ido al Louvre en París; pero ha denotado no estar informado previamente de lo que allí iba a encontrar, ni haber solventado su ignorancia después. Todos somos misoneístas. Todos veneramos la época de nuestra mocedad. Pero es terrible que un intelectual no sea capaz de hacer un ejercicio de alteridad, y buscar con fundamento valores objetivos que demuestren y expliquen que los contenidos de la cultura del pasado son intrínsecamente mejores que los de nuestra poscultura. ¿Por qué una caja de cerillos de la que cuelga una cuerdecita, que simula ser un vagón de tren, es mejor juguete -o más sano, si lo prefieren- que jugar on-line a Warcraft con decenas de miles de usuarios? ¿Por qué escuchar un serial en la radio de los años 50 es mejor, más sano, o es un representante más decoroso de la cultura deseable, que seguir un blog, un fanzine digital o un podcast? El medio no es lo definitivo. No, no estoy negando a McLuhan. El medio condiciona, es buena parte del mensaje, conlleva un apreciable cambio en los usos y costumbres, y seguramente (como algunos estudios anuncian) produce mutaciones en nuestro cerebro que generaciones venideras podrán comparar y apreciar. Pero, insisto… que me demuestren que todo discurso apocalíptico sobre los elementos de nuestra cultura posmoderna no responde a un mero berrinche misoneísta y nostálgico que se podría resumir en “qué lástima que los jóvenes de hoy no sean ni puedan ser como lo fui yo”. El ensayo de Vargas Llosa es inteligente e interesante, hasta que se hace demasiado evidente lo que le falta. Y también cuando dedica demasiadas páginas a asuntos que ya hoy son vox populi. En los capítulos referentes a la cultura religiosa y la laicización, dice verdades como puños… que ya hemos escuchado mil veces. Por supuesto, es de resaltar que un intelectual de su talla repita hasta la saciedad la necesidad de un Estado independiente de la religión, y en el que los poderes fácticos garanticen la libertad individual y privada de seguir la doctrina que se quiera y de que se celebren los cultos que cada cual considere oportunos. De hecho, es tal su liberalismo en este sentido, que ni siquiera ve con malos ojos la existencia de pseudo-sectas posmodernas como el Cientificismo de Hubbard. Todo ello a cambio de una neutralidad absoluta del Estado, que no debe tomar parte a favor de unas religiones por encima de otras, ni velar por que en centros educativos públicos, por ejemplo, luzcan símbolos religiosos, o los/as alumnos/as puedan acudir con elementos que representen sometimiento y represión (tales como el velo islámico). En ese punto, chapeau por Llosa. Todos los que amamos las Humanidades suscribiríamos la mayor parte de los motivos por los que el premio Nobel se reconoce en las últimas páginas “melancólico”: la cultura ya no es lo que era. Ya no hay tanta consideración por ella como antes. Sencillamente, porque lo que ahora se entiende como cultura no coincide con los parámetros pretéritos. Hoy, alguien que sepa moverse con agilidad por la red de redes, que esté al tanto de los trending topic de la semana, y que sepa dónde buscar con acierto la información que requiere entre el totum revolutum de la web, al margen de los conocimientos profesionales que le puedan permitir ganarse su sustento, puede considerarse una persona culturalmente activa, incluso intelectualmente inquieto. Si va a viajar y visitar un museo, puede informarse previamente de todos y cada uno de los rincones y cuadros que va a presenciar con una simple búsqueda en google. Ya no hace falta acudir en medieval peregrinación a la biblioteca de la ciudad para rebuscar en mamotretos empolvados. No dudo que aquello tuviera su encanto y su magia (que los tiene), pero no hay ningún argumento objetivo que lo convierta en una acción más noble ni mejor en sí misma (a menos que se considere que, al caminar hacia la biblioteca, también se está uno ejercitando físicamente. Es decir, que maldigamos de paso el invento del coche y de los servicios públicos de transporte). Que nadie se llame a engaño. Ya he dicho antes que buena parte de la pataleta que los humanistas chapados a la antigua podamos sufrir contra los nuevos usos no es más que una reacción nostálgica; una sensación de que el mundo va perdiendo su encanto. Cuando comparamos los dibujos animados que acompañan a los infantes de hoy con los que animaban nuestras tardes de asueto, también encontramos motivos para echarnos las manos a la cabeza. No creemos que sean ni la mitad de buenos que los que nosotros disfrutábamos. Lo lamentamos por ellos… Pero ahí están, pegados a sus Dora, Pepa Pig y High School… No somos objetivos para valorar a cada uno en su tiempo, porque no sabemos desprendernos del juicio melancólico sobre nuestro pasado. Seguro que cuando estos jóvenes de hoy sean padres, aborrecerán los divertimentos de sus hijos, y les parecerán menos “sanos” que los que ellos gozaron. La historia se repetirá, porque los medios lúdicos se suceden: cajas de cerillos y muñecas de trapo; rayuela, canicas y elástico; trompo, yo-yos y Gi-Joes; videoconsolas y móviles… ¿y después? Ahondar en las críticas hacia una era en virtud de su percepción distinta de principios y valores con respecto a las anteriores es, sin duda, un tema complejo en el que hay que deslindar perfectamente lo que lleva explícito una merma en la calidad de la cultura, y lo que no supone más que un cambio en las costumbres y las consideraciones sobre ella. Saber buscar y encontrar información veraz y pertinente en internet puede ser tan apasionante como perderse entre las estanterías de una biblioteca. Yo mismo, que no soy ningún admirador de los e-books, aunque me rindo y me seguiré rindiendo ante el tacto y el olor de la celulosa, no considero que el fin del mundo esté cerca porque toda mi biblioteca pudiera quedar contenida en un pendrive de 16 gigas de almacenamiento. No es difícil imaginar que también los antiguos que leían legajos cosidos o pergaminos pudieran ver con desconfianza la llegada del libro encuadernado. De la misma manera que el mundo de la dramaturgia recelaba del recién llegado cinematógrafo. Y al final, ambos ejemplos se han convertido en parte fundamental de la cultura que hoy defendemos y que creemos acosada y extorsionada. Eso sí, ¿cómo no estar de acuerdo con que mucha gente solo busca un uso lúdico de la cultura, es decir, que solo buscan divertirse? Es evidente. Y que los usos cada vez menos complejos de ella están haciendo que cualquier signo de complejidad sea rechazado sistemáticamente. Y no soy de los que piensa que la alta cultura y la intelectualidad se hayan girado para dar la espalda al mundo; más bien creo que es la cotidianidad la que ha desplazado y condenado a la alta cultura al ostracismo. Y como consecuencia de esto he apreciado varias reacciones que me parecen ciertamente curiosas: algunos intelectuales, que intentan resistirse a la desatención circundante, buscan medios para no perder comba: más apariciones en televisión, presencia en los medios que la gente consume hoy (blogs, twitter, facebook…). También es notorio el número de intelectuales que se han lanzado al mercado editorial con obras alejadas de los sesudos ensayos que solo serían aptos para una minoría cualificada. Y de la mano de los anteriores ejemplos, el que me parece más notable es el uso de la filosofía como elemento enriquecedor de argumentos y guiones novelísticos y cinematográficos. Desde hace varios años, hay ejemplos ampliamente aceptados en la cultura popular de obras que gozan de un gran reconocimiento, y que son tomadas por intelectualizaciones de géneros que normalmente pasarían por vulgares. Por ejemplo, la película Matrix se convirtió en todo un film de culto por mezclar en la misma baraja unos efectos especiales descomunales y un guión con claras referencias metafísicas que el boca-oreja remitió a una traslación de la caverna platónica al cine de acción (cuando en realidad era más bien un plagio del “Cerebros en una cubeta” de Hilary Putnam). Desde entonces y para siempre ya ha quedado como un hito del séptimo arte: la sublimación del cine de acción. Pero no es en absoluto el único ejemplo. Otras películas como Origen, Blade Runner o Inteligencia Artificial, han supuesto que los aportes intelectuales en ciertas películas de géneros que son del gusto del espectador medio alcancen el estatus de culto. Son, a mi juicio, perlas de alta cultura que buscan sembrar semillas en terrenos normalmente abonados para la pura diversión sin pretensiones. También en literatura hay clarísimos ejemplos de esto que digo. Autores como Jostein Gaarder han alcanzado un reconocimiento internacional por mezclar sin tapujos ni sutilezas argumentos filosóficos con aventuras juveniles. Es el caso de la ínclita obra El mundo de Sofía. Todo ello me lleva a la conclusión de que la alta cultura, moderadamente administrada, se está convirtiendo paradójicamente en elemento embellecedor. ¿Se puede considerar acaso un uso fraudulento? ¿Puede tomarse por vulgarización? A esto se une un hecho incontrovertible: la cantidad de libros editados que buscan ser introducciones al público medio de complejas elucubraciones filosóficas. Hay libros de chistes filosóficos, de introducción a la historia de las ideas en Occidente, de filosofía implícita en series de éxito (Los Soprano, Los Simpson, Juego de Tronos…), etc., y al parecer se venden bastante bien. Es decir, que efectivamente creo que nos encontramos en un momento en que la alta cultura goza de prestigio y vende, pero solo cuando se da en pequeñas pastillas fáciles de tragar. Sospecho que la historia de la filosofía y los hitos literarios son gallinas de huevos de oro cuando los productores y los escritores se acercan a ellos y liban un néctar digerible para el lego. Por todo ello, y como además presumo de ser optimista, cerraré esta reseña pensando que no es que la cultura se haya plegado exclusivamente a sus apariciones más divertidas y ligeras (como denuncia Vargas Llosa), sino que, en tiempos de vacas flacas, sobrevive como puede, aguantando el chaparrón, y a la espera de épocas mejores. Tras el paseo, quizás, vuelva fortalecida.

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Dos y media del mediodía. Kilos y kilos de carne al fuego, untados en aceite, expuestos como muñecas rusas en una estantería. Vuelta y vuelta. Tostados por delante; tostados por detrás.

No, no son pollos. No son bistecs en cocina preparados para ser degustados por gurmés. Son veraneantes, playeros (no siempre domingueros). Van en procesión itinerante, cruzando por el tórrido asfalto que no, no se derrite (por más que el tópico se empeñe), hasta llegar a la arena. La arena, ¡ay! ¡La arena! Inesperado enemigo del que despotricamos cuando se cuela por la ventana para depositarse en nuestros muebles, pero al que casi besamos en papal gesto tras la penitencia sufrida en el camino.

Dijo Nietzsche que el hombre es el único ser que sueña, pero le faltó apostillar al alemán que sueña con que llegue el verano.Y llega; siempre llega; aunque uno no acierta a adivinar si lo hace cuando tiene que hacerlo, o espera a que termine “la primavera en El Corte Inglés”. Entonces dan la puntilla en la tele: “Operación salida. Extremen las precauciones”. Y estalla la locura, la histeria. Las ciudades se despueblan, los barrios se desbandan; las familias se desencastan; las sombrillas se desempolvan y los gastos… se disparatan.

De pequeño vi una vez uno de esos documentales que solo ponen en las aulas de los colegios, y que explicaba los movimientos de población en estas fechas. Todos devenimos en animales necesitados de remojo allá por el mes de junio.Un montón de flechitas rojas salían del centro de nuestra piel de toro en dirección a la costa, a los bordes. El efecto, muy gráfico, me recordaba al que provocaban las bombitas de peste en clase de matemáticas, cuando las ventanas laterales se convertían en improvisados refugios de oxígeno puro. Claro que en el caso del citado documental la diáspora se debía a la perpendicular incidencia del sol sobre nuestras cabezas, que nos las vuelve locas , ávidas de desalojo. El calor mueve a las masas; más que la violencia, las guerras, las injusticias y los desarreglos políticos. ¿Quieren que la gente se eche a la calle? Suban la tensión eléctrica en los hogares y escacharren sus aires acondicionados. Ya verán. El resultado será una nutrida manifestación, a partir de la caída de la tarde, por motivo de inhabitabilidad del domicilio y necesidad expresa de tomar un refresquito.

Sea como fuere o fuere como quiera que sea, quien más quien menos, todos terminamos pegando el barrigazo en la arena, untados unos pocos en yeso protector, y una mayoría recibiendo a pelo los guantazos del Lorenzo. Que hay gente pa’ tó, oiga (como dijera el torero al filósofo).

Allá que va y acá que viene el de las patatas, enhiesto el hombre. No hay hoyos en la arena para él. Calza sandalias, pantalón corto que aprieta y abotarga las lorzas, y camiseta cuyo mensaje publicitario quedó en la lavadora en su enésimo enjuagado. No hay confusión: alcen la vista, esquiven con la mirada todo rastro de sombrilla (verde seven-up, rojo coca-cola, amarillo schweppes), y aquel hombre cargado a dos manos y con un ritmo que más quisieran para sí los tanques-oruga de nuestro ejército en Afganistán, es el Señor de las Patatas. Luego vendrán, en riguroso orden y respetando el horario de clientes potenciales, el de los helados y el de los pasteles. A todos ellos les caracterizan, cuanto menos, cuatro rasgos comunes: una estoica paciencia, un avellanado tinte de piel, una pantagruélica voz que descolla entre la baraúnda circundante, y unas piernas como las ruedas de un jeep. Por la noche, cuando el estrépito de las orillas se trasladaa las calles del pueblo y su paseo marítimo, las apisonadoras allanan la arena para que esos héroes del agosto, esos avitualladores de muchedumbres, esos voceadores de la costa, vuelvan mañana a rascar el surco de sus caminatas sobre el inestable piso, paso a paso.

El naturalista y ordenado Linneo, que catalogó por primera vez las especies animales y distinguió cuatro razas humanas, olvidó incluir en sus apuntes al homo playerus (permítaseme el latinazgo) con su correspondiente diversidad de especímenes. Así, existe un playero nómada y un playero sedentario. Para el uno, no solo la arena quema, sino también la silla, la sombrilla, el niño, la niña, la mujer y, si toca, la suegra. Es el paradójico caso en el que lo único que parece no ejercer su abrasadora función es el sol; así que, gorra hasta la sien y fugaz repaso en manteca protectora, pone pies en polvorosa camino del espigón, del puerto o de destinos más lejanos e inalcanzables. A mitad de camino, para descansar, avituallarse y desempolvar las alpargatas, aguarda el chiringuito, que está abarrotado como el Arca de Noé, pero oye, no tiene ostiones, algas, ni rastro de la familia.

El otro, el playero sedentario, es también un espécimen común que, al lema de “aquí me las den todas” aguarda lo que le echen, estoicamente sentado en una silla de imposibles pliegues, que de ser el culmen de la comodidad en la playa no pasaría en cualquier otra parte por cosa menor que potro de torturas. Unos inexplicables reposabrazos afilados marcan el codo y las muñecas de quien los usa con la intención que su nombre anuncia, dejando unos cortes más propios de una pesadilla en Elm Street que de una idílica estancia veraniega. Por no mencionar la tela con que está forrado el asiento, que no serviría ni para envolver el cadáver de tu más odiado enemigo. Raspan y pican, y escuecen y joden. Pero ahí está, el playero sedentario, que con un deje onanista decide abarcar el espíritu del verano desde su atalaya. Allí pone y dispone, manda y se desmanda, cerveza en mano, libreta de crucigramas siempre abierta por la misma página, y transistor colgado de una de las varillas del parasol. El tour de Francia acompaña la sobremesa. Después las horas pasan entre el deleite de la vista pecaminosa, el bocadillo de tortilla y la espera paciente de El Señor de los Helados. Solo una vez, y por expresa monserga de la señora, el playero sedentario aúpa las posaderas y salva la distancia que lo separa del agua para poner en remojo los callos. Cinco minutos; oteo de horizonte y tasación de sujetos estorbadores en la exigua cuadrícula de mar en que se moverá. El playero baña las vergüenzas en la océana sopa gigante, abarrotada de cabecitas que semejan ser tropezones en un caldo con berzas.

En el mencionado guiso no faltan las señoritas “girasoles” (también en número creciente la versión masculina), así llamadas por su afán persecutor del Astro Rey. Se untan aceites para hacer de sus cuerpos sartenes listas para freír, y se llevan para sí todo el sol que, uno prudentemente a cubierto, espera atrapar indirectamente “con el airecillo”. Las girasoles se miran con inusitada frecuencia los hombros, las piernas, los brazos, para seguir de cerca el proceso de enrojecimiento de la piel. Sostienen, a veces, un libro entre las manos y hacen como que leen: en realidad saben que, haciéndose los despistados, es como más les pega el sol. Así la sardina se vuelve salmón.

En definitiva, que esto del verano es muy complicado de explicar con palabras. Lo mejor es desplazarse hasta la calita más cercana y vivirlo. Yo todos los años escarmiento, y me digo que no volveré. Pero soy poco rencoroso, y allá por junio se me olvidan los pesares, y emerge el playero que todos llevamos dentro. Y ya en remojo urdo mi venganza contra esta naturaleza imperfecta que me somete. Y después de todo, ya ven si soy débil e inocuo, solo soy capaz de escribir esto.

Así que, el año que viene, más. Por tontorrón.

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