Feeds:
Entradas
Comentarios

Posts Tagged ‘Cuadros’

Ya no viajo. Francamente, no sirve para nada. Nunca tienes tiempo de asimilar lo que visitas y no soporto conocer las cosas a medias. Visitar un museo en dos horas es una estupidez. Con dos horas no tengo ni para empezar con un cuadro. No, no estoy exagerando. ¡Ah!, pero ¿es usted de los que, frente a un lienzo, se complace dejando aflorar libremente su sensibilidad ante los colores combinados en cierto orden? Esa clase de desahogo romántico no es lo mío. Para nada. Yo necesito toda la información posible sobre un cuadro, por pequeño que sea. Soy así: necesito saberlo todo: la vida del pintor, la ubicación de su taller, sus limitaciones técnicas, su mecenas, su contexto político, las disputas estéticas de la época, la composición química de los colores, todo. No soporto la ligereza, el conocimiento superficial.

(Signatura 400, Sophie Divry)

Anuncios

Read Full Post »

Cualquier excusa me parece válida para pensar y discurrir, especialmente cuando el resultado de esa gimnasia mental es expandir nuestras capacidades cognitivas, ensanchar nuestra imaginación y afilar el ingenio. Si, como apuntan las teorías más actuales sobre el cerebro, la geografía de éste cambia y se conforma en función del ejercicio y nutrientes que le dispensemos, quizás sería útil elaborar una pirámide alimenticia, una dieta equilibrada con la que cuidar no ya nuestro cuerpo, sino nuestra mente. Claro que algunos podrían responderme que, de alguna manera, esas recomendaciones llevan largo tiempo prescribiéndose: no tiene uno más que acudir a las obras de arte clásicas que, como la dieta mediterránea, llevan largo tiempo reconocidas y estimadas, y las acompaña un discurso acerca de lo beneficioso de su práctica y consumo.

Un buen libro, una estimable fotografía, una gran obra dramática, una música excelsa… Todos ellos son bocados apetitosos que nuestra mente debe ir probando, cuanto antes mejor, aunque al principio, como las verduras, pueda parecer que sus efectos saludables no merezcan la pena a causa de su rancio sabor. Es tan extraño que un niño sienta un tempranero aprecio por las habichuelas como que lo sienta por un caravaggio, un concierto de Bach o El Quijote. Más bien se trata, en ambos casos, de ganarle la partida al tiempo y a las reticencias iniciales, hasta que su fuerza de reacción y rebeldía se atenúen y den paso a una aceptación gozosa. Si El Principito dijo aquello de lo esencial es invisible a los ojos, aquí, en este contexto, cabría decir que lo saludable es (al menos al principio) desagradable al gusto. Y siguiendo con la comparación gastronómica, cabría decir que las obras de arte efímeras, los best-sellers y, en general, toda obra de fácil y abundante consumo, equivaldrían a la comida rápida o basura (fast food), tan golosa a la vista como improductiva y hasta perjudicial a la postre. Incluso podríamos considerar aquellas obras que se empecinan en poner parches mal cosidos a nuestra incultura (los mil libros que hay que leer, las mil películas que hay que ver, los mil juegos que hay que jugar, los mil lugares que hay que visitar…) con las “dietas milagro”: intentan hacernos creer que con minúsculas raciones de alimento necesario y con ridículas píldoras y reducciones de lo que en verdad es preciso consumir, estamos más que servidos.

Con todo lo dicho, nos disponemos a reflexionar en torno a una obra pictográfica que, ya sea por su calidad artística, ya por el entramado cultural y anecdótico configurado a su alrededor, constituye uno de los hitos de la Historia de la Humanidad; nos estamos refiriendo a la ínclita Mona Lisa o Gioconda, de Leonardo Da Vinci. Y como pensar va de la mano del riesgo, porque sólo quien piensa por sí mismo puede, por sí mismo, errar, dispongámonos a elucubrar posibilidades en relación al posible significado de este cuadro. El ejercicio es el siguiente: comportémonos como marcianos filósofos que, ignorantes de la historia conocida y/o atribuída a la obra del genial artista italiano, partimos de unos cuantos referentes culturales que posiblemente sean ajenos al propio lienzo. Atrevámonos a desligarnos de todos aquellos doctos estudios en torno al mismo; a separarnos de cuantas estimables lecturas se hayan hecho. Sencillamente, atrevámonos a pensar con el cuadro y a partir de él.

Su sonrisa. ¡Oh, sí! ¡Su sonrisa! No sé qué se ha dicho de ella (aunque supongo que habrá llenado libros y libros de elucubraciones). Pero es, sin duda, extraña. ¡Espera! La miro fijamente y no parece que se ría; solo tuerce levemente la comisura izquierda de la boca (me recuerda a mí mismo cuando el fotógrafo me exige una sonrisa que no estoy dispuesto a regalarle fácilmente). Pero cuando aparto la vista de su boca… ¡La sonrisa vuelve a aparecer, más amplia que nunca! Debe ser producto del sombreado; cumple el extraño cometido de otorgar prudencia a la chica: se ríe cuando no la miramos, y se contiene cuando la descubrimos. Y si la observo desde una posición baja (por debajo de la barbilla) resulta una sonrisa pícara; pero contemplada desde la altura de los ojos, frente a frente, es un tímido e incluso amargo gesto. Esta Mona Lisa es una señora (¿o señorita?) que se nos aparece en primer plano, con una mirada que nos persigue a cualquier parte. Incluso si me escondo y asomo tímidamente un ojo tras el biombo, allí está ella espiándome, vigilante, como quien se sabe ganadora en un juego. ¿Es prepotencia lo que expresa su gesto? ¿Es condescendencia? ¿Se ríe de mí o conmigo? No es muy guapa; tampoco fea… Es, simplemente… extraña. Sï, extraña. Como sin duda lo sería a nuestros ojos cualquier persona de aquella época. Sí, porque la mujer del cuadro no es de ésta época; lo sé por su vestido, por su peinado, por su… ¿forma de posar? ¿Está posando? Tengo entendido que muchos artistas “utilizan” modelos que juegan a ser estatuas mientras los pintan. ¿Era esta mujer una modelo para nuestro artista? Quizás su sonrisa sea de timidez. ¡Claro! La timidez propia de quien posa para otro por primera vez. ¿O acaso muestra la actitud cansada de quien ya está harta y acostumbrada a esa tarea? En cualquier caso ahí está, plantada plácidamente, mirando al espectador, como una de esas actrices que, durante la presentación de su nueva película, desfilan por la alfombra para que las miren e inmortalicen con fotos. Está sentada, con el torso girado para dar la cara al pintor (o a quien la contemple), y con su brazo izquierdo apoyado en el reposabrazos de un presumible sillón. El derecho descansa sobre… ¡Un momento! ¿Es posible que parte de este brazo derecho repose sobre una elevación inesperada a la altura del vientre? No, no creo… La mano izquierda se agarra al asiento, y sirve de apoyo a la otra extremidad… Pero por un momento he imaginado que bien podría estar embarazada, y que sus manos se apoyaban sobre el vientre hinchado, de igual manera que lo he visto hacer a mi hermana, y a mi tía, y a mi mujer, cuando han estado de varios meses, y el cansancio las hacía adoptar esa misma postura… o una muy similar. De hecho, es verdad, sus manos están rollizas, y su cara… Para colmo me dicen que una de las prendas que lleva, una suerte de velo que cae sobre sus hombros, era común entre las embarazadas de la época. Quizás desvarío demasiado. Está sentada, cómodamente apoyada, y sonríe porque… porque está feliz; o porque le hace gracia hacer lo que está haciendo. Y si Mona Lisa no es de verdad una mujer modelo, al menos el artista la pintó para que así lo pareciese.

Pero si extraña resulta su sonrisa, aún más lo parece el paisaje que se encuentra detrás de ella. ¿Es real o es pintado? No lo sé; pero la luz de uno y otro plano no parecen corresponderse. Quiero decir, que ella está muy cerca de nosotros, y su rostro recibe un foco de luz de frente. En cambio sus ropajes están oscuros; puede notarse que por debajo de su pecho reinan las sombras porque las manos, que debían de tener el mismo tono que su cara, parecen grisáceas. Y el paisaje, en cambio, tiene una tonalidad más fría y homogénea. Es más: un poco por debajo de la altura del pecho aparece una línea oscura que supone el inicio repentino del paisaje. Casi decididamente, apuesto a que se trata de un cuadro que se encuentra a la espalda de la muchacha. Es decir, que estaríamos ante un cuadro dentro de un cuadro (tengo entendido que hay otros eminentes casos de este mismo hecho; uno, de un tal Goya, por ejemplo; aunque por lo que me dicen, muy posterior al que nos ocupa). Y no sé por qué, pero ese extraño paisaje me resulta desconcertante; incluso inquietante. Porque hay demasiados elementos contenidos en él, y no parecen del todo coherentes entre sí. A la derecha, montañas, e incluso lo que podrían ser minas. A la izquierda, un camino (¿de tierra?) que serpentea junto a un desfiladero, y que va a dar a ¿un lago, o el mar? Y por encima del agua, allá a lo lejos, más montañas… ¿O son árboles? Tengo serias dudas sobre si el trozo de paisaje que la cabeza de Mona Lisa delimita a la izquierda, se continúa y es parte coherente del paisaje contenido a su derecha. Pero, en todo caso, ¿qué significado podría tener ese paisaje, que tan inerte parece (a pesar de representar realidades naturales), al servir de telón de fondo del retrato de la joven? A  lo mejor es que nos obsesionamos demasiado con buscar secretos y simbolismos ocultos detrás de decisiones que originalmente no fueron más que arbitrarias y espontáneas. Podría ser, claro. Pero lo cierto es, ¡qué vamos a decir nosotros!, que la vida, y con ella el arte, pierden gran parte de su encanto si le restamos El Significado. Queremos pensar que cuanto ocurre tiene un sentido. Y si a veces se lo concedemos incluso a los hechos más fortuitos y a los que son producto de la Naturaleza, ¿cómo no íbamos a dárselo a una obra humana? Hay quienes piensan (y no sin motivos) que, aun cuando no pensamos concienzudamente en lo que hacemos, ni buscamos explicarnos a través de mensajes cifrados que solo unos pocos avispados podrían entender, también estamos dando pistas de quiénes somos y cómo somos. Creo que lo llaman inconsciente; sí, a esa parte de nosotros que nos delata sin que nos demos cuenta. Es decir, que un artista podría estar creando deliberadamente una obra con unas intenciones, pero por debajo de ellas asomarían otras que hablarían de él sin que él mismo se percatara ni fuera consciente. ¿Y quién sería capaz de ver en los demás lo que no es capaz de ver uno en sus propios actos? Bueno, eso no es difícil; lo hacemos a menudo: tengo un amigo al que su novia le deja marcas de carmín que solo se quita cuando yo se las descubro. Quiero decir con esto que, a veces, desde fuera, se percibe mejor las cosas, y que la distancia nos otorga la posibilidad de ver lo que otros tienen encima sin darse cuenta. En resumen: que si tenemos en cuenta esta teoría y la consideramos válida, estaremos de acuerdo en sospechar que siempre, detrás de toda gran obra, hay más, mucho más que lo superficial. Y sí: por raro que parezca, entre los grandes genios suele ocurrir, me temo, que sus propias obras se les escapan de las manos, y se les vuelven más grandes y profundas que lo que sus originarias intenciones preveían.

A lo mejor Leonardo solo quiso pintar una joven que sonríe sin demasiado ímpetu; a lo mejor solo se dedicó a pintar lo que tenía ante sus ojos. A lo mejor el paisaje no es más que un recuerdo de algún paraje visitado por el autor; y, como todos los recuerdos, es imperfecto, discontínuo y heterogéneo. Pero, ¿cómo no poner nuestra imagen a divagar al ver ese camino en forma de ese? ¿Cuántas obras pictóricas y poéticas no habrán simbolizado tras un sendero el pasar de los años de una vida? ¿Y cuanto más sinuoso y serpenteante, más trabajoso y duro de recorrer? La imagen de la subida por una montaña escarpada para representar el valor del esfuerzo en la vida es más que tradicional. De nuevo, filósofos, poetas y pintores la han representado. Cuanto más empinada es la montaña, mayor dificultad entraña escalarla, pero mayor es la satisfacción que procura coronar su cumbre. ¿No podemos, entonces, imaginar que esa gran ese de tierra, a la izquierda, detrás de la muchacha, simboliza de alguna manera que ha llevado una vida dura, y que su sonrisa, una sonrisa que juega a ocultarse, que juega a ser amplia y a ser tímida, esboza un período de paz, un remanso entre tantas penalidades pasadas? Para colmo, tras el camino vemos un lago; ¿o era un mar? En un lago, las aguas están quietas, estancadas, tranquilas, no como en un río. Y, si es un mar… ¿cómo era aquello de que nuestras vidas son los ríos que van a dar a la mar, que es el morir? Sí, ya lo sé; demasiadas suposiciones; demasiada incerteza. ¿Y qué? ¿Qué hay de malo en ello? ¿Es que estamos perdiendo el gusto por la inestabilidad, por la precariedad? Deberíamos estar acostumbrados a ellas, y sin embargo las huimos. Resulta curioso (y denota un matiz patológico y neurótico) que, ahora que nuestro tiempo nos depara mayor falta de asideros estables (sean estos morales, religiosos, económicos o políticos), es cuando más racionalistas y objetivos nos volvemos. Tendemos a pensar que fantasear es perder el tiempo. ¡Con la que esta cayendo!, decimos. ¡No podemos perder el tiempo en tonterías!

Por favor: divaguen, imaginen, fantaseen, supongan, opinen. Y no dejen que nadie les cohíba esta posibilidad; se trataría, probablemente, de la mayor forma de censura posible. Antes que unas manos cómplices que, con buena intención o sin ella, nos corte las alas para atarnos al suelo, a veces es preferible unos brazos cálidos que nos arropen en la caída.

Read Full Post »

Según una de las interpretaciones canónicas del cuadro, establecida por el crítico de arte Erwin Panofski, el estado melancólico que refleja la figura alada muestra cómo su mente está preocupada por una serie de visiones interiores que la llevan a desechar toda construcción práctica. Mira hacia el reino de lo invisible, rodeada de unos objetos que definen el mundo práctico del que huye. Las alas certifican el deseo de querer despegar, pero está dominada por la impotencia del que nunca podrá llegar a realizar su sueño.

Read Full Post »