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Posts Tagged ‘Fragmentos’

Pasamos al salón y Jasmine empieza a hablarnos de los nuevos hallazgos en su campo de estudio, la psicología. Habla de un hombre llamado Stanley Milgram y su controvertido libro Obediencia a la autoridad, en el que describe una serie de experimentos diseñados para determinar cuán lejos está dispuesta a ir la gente si sus actos son tolerados por una figura de autoridad. El estudio tiene diez años, pero al parecer ha inspirado todo tipo de apasionantes investigaciones.
[…]
-¿Y qué descubrió Milgram? -pregunta mi abuelo, hurgando en su pipa.
-Descubrió que un amplio porcentaje de personas continuaban administrando lo que creían eran dolorosas, muy dolorosas o incluso peligrosas descargas eléctricas al aprendiz si una figura de autoridad les decía que era correcto hacerlo. La lectura del libro da qué pensar. Milgram inicia el libro hablando de los nazis y de la idea de que todo régimen brutal o militar necesita grandes dosis del tipo de obediencia a la autoridad que explora en sus experimentos. Es muy interesante observar la crueldad humana y cómo debe ser aprobada por una figura de autoridad. Individualmente, creo, la mayoría de las persona son buenas y sensibles. Pero dale a alguien un interruptor que lance descargas eléctricas, dile que está bien hacerlo y muchas personas se convierten en monstruos.
Mi abuelo habla de varios asuntos que, a su juicio, se engloban en esta categoría. La gente cree que está bien que la policía golpee a los mineros en huelga porque es una figura de autoridad, mientras que los mineros no. La gente cree que está bien experimentar con animales porque lo respaldan los gobiernos y porque quienes dirigen los experimentos son científicos importantes y llevan batas blancas de laboratorio. También cree que está bien apuntar con armas nucleares a otros países porque los estrategas e ingenieros políticos afirman que así estamos más seguros. A continuación, los tres hablan de los campos de concentración nazis y de los oficiales que se limitaban a “cumplir con sus órdenes”.
Pienso en la escuela. Pienso en un incidente ocurrido la semana pasada, cuando nuestro grupo descubrió a Liz comiendo sola. “¿No tienes amigos?”, le preguntó Lucy. “Es demasiado gorda para caber en el comedor”, dijo Sarah. Y todas nos reímos. Incluida yo. Creía que no estaba bien reírse de Liz, pero lo hice porque Lucy y Sarah hacían que pareciese lo correcto. También lo hice porque no quiero ser como Liz. Al reírme de ella, soy capaz de distanciarme. Soy yo quien se ríe, no el objeto de la risa. Por el momento, ésa es mi identidad.
Pertenecer al grupo de las chicas populares me ofrece una coraza. Y no puedo perderla. En mí hay demasiadas cosas de las que hacer burla: demasiadas cosas que no resistirían su escrutinio. No puedo permitirme verme en la situación de Liz porque sería muy fácil meterse conmigo si supieran cómo. Después de todo, la mejor forma de evitar al enemigo es unirse a él. Por primera vez comprendo a los colaboracionistas durante la guerra. Siempre que leía la historia de alguien que había vendido a sus amigos a los nazis no podía entender cómo podían haberlo hecho. Yo sería valiente, pensaba. Si fuera yo, no hablaría aunque me torturaran hasta la muerte. Sin embargo, me he convertido en una traidora por algo tan sencillo como no querer que se burlen de mí en la escuela. ¿Qué me pasa?

(PopCo, Scarlett Thomas, 2004)

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-¿Qué tienes en tu colección de DVD?
-¿Colección de DVD?
-Se pueden decir muchas cosas de alguien a partir de su colección de DVD. Antes eran libros, claro. Tal vez vídeos. Vas a casa de alguien y decides acostarte o no con esa persona en función de lo que tiene en sus estanterías, ¿no? No es que esté decidiendo si acostarme o no contigo, no me malinterpretes. Aunque si estuvieras libre…
-No tengo colección de DVD, de todas formas -me apresuro a decir.
-¿Vídeos?
-NO.
-¿CD?
-Sí, unos cuantos. Pero no en estanterías. Nadie los buscará para decidir si quiere acostarse o no conmigo.
-Dan dijo que eras así.
-¿Qué tiene que ver Dan con todo esto?
-Dijo que eras difícil de abordar.
-No soy “difícil de abordar”- Fruzo el ceño.
-¡Pero no dirás nada de ti misma!
-No te voy a hacer una lista de mis pertenencias -replico-. Es diferente.
-¿Te digo lo que hay en mi colección de DVD?
-Si te apetece. Aunque no por eso voy a querer acostarme contigo.
Intercambiamos una mueca. Durante diez minutos Kieran repasa alegremente los remakes americanos de películas independientes japonesas, películas de serie B, anime y viejos westerns hasta que queda satisfecho con la información que me ha transmitido sobre sí mismo. No me dice dónde ha crecido, cuántos hermanos y hermanas tiene, qué le da miedo, si le gustan las tostadas hechas, si su color de pelo es natural, qué haría para mejorar el mundo, si cree en Dios (creo conocer la respuesta a esa pregunta), a quién ha votado, qué representaría su partido político perfecto, qué se llevaría a una isla desierta o cualquier cosa relacionada con su ciberpaganismo, en el que parece estar tan interesado.
¿Ahora las cosas funcionan así? ¿Dejamos que los cineastas nos creen identidades a 12,99 libras? ¿Es ése el precio de la identidad? ¿O lo que cuenta es la combinación de unidades? ¿Acaso una película de zombis y un film experimental parisino de atracos a mano armada nos hace una persona diferente a lo que harían dos comedias románticas de Hollywood? ¿Se llevarían bien estas personas con alguien que posee sus series favoritas de ciencia ficción en DVD, dispuestas de modo que sus cantos configuren un dibujo en la estantería? Se puede compilar esta información en líneas de ADN cultural para las que no hace falta microscopio, hasta que alguien que repase nuestras estanterías la utilice para establecer “quién eres” y si quiere acostarse o no contigo. ¿Hay alguien que te desee por tus tetas? Quizá, a veces. Pero si tu ADN cultural no casa con el suyo follarán contigo y desaparecerán antes de que te despiertes. O tú harás lo mismo con ellos porque les gusta la música country alternativa dos años después de que estuviera de moda, o tienen Titanic en DVD.

(PopCo, Scarlett Thomas, 2004)

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Shakespeare, soneto 71

No llores por mí cuando haya muerto

más tiempo del que escuches la triste campana fúnebre

anunciar al mundo que me he ido

de este mundo vil para vivir con los gusanos.

No, si lees esta línea, no recuerdes

la mano que la escribió, porque te quiero tanto

que preferiría ser olvidado en tus dulces pensamientos

si es que pensar en mí te da dolor.

Oh, si tú miras este verso

cuando yo quiźa esté mezclado con barro,

no menciones siquiera mi pobre nombre

y deja desvanecerse tu amor junto con mi vida,

para que el malicioso mundo no perciba tu dolor

y se burle de ti cuando yo me haya ido.

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Memento mori

En esa joya -creo que desconocida para el gran público- que es La olla de oro, de James Stephens, podemos encontrar pasajes como este, en el que uno de los dos Filósofos que viven juntos en un bosque decide que le ha llegado el momento de morir:

-He alcanzado toda la sabiduría que puedo admitir. En el espacio de una semana no me ha llegado ni una verdad nueva; todo lo que he leído últimamente, ya lo sabía; todo lo que he pensado ha sido una recapitulación de viejas y tediosas ideas. Ya no existe horizonte ante mis ojos; el espacio se ha reducido a las triviales dimensiones de mi pulgar. El tiempo es el tictac de un reloj. El bien y el mal son dos guisantes en la misma vaina. La cara de mi mujer es siempre la misma. Quiero jugar con los niños, y al mismo tiempo no quiero. Tu conversación conmigo, hermano, es como el zumbido de una abeja en la oscura celdilla de un panal. Los pinos se enraizan, crecen y mueren. Todo es una necedad, adiós.

Su amigo respondió:

-Hermano, éstas son razones de peso, y me doy cuenta muy claramente de que estás acabado. Podría observar, no por combatir tus puntos de vista, sino sólo por mantener una conversación interesante, que existen todavía algunos conocimientos que no has asimilado. Aún no sabes tocar la pandereta, ni cómo ser amable con tu mujer, ni levantarte el primero por la mañana y preparar el desayuno. ¿Has aprendido a fumar tabaco fuerte como yo? o ¿sabes bailar a la luz de la luna con una mujer de los shee? Entender la teoría  que  subyace a las cosas no es suficiente. La teoría no es más que la preparación a la práctica. Se me ocurre, hermano, que puede ser que la sabiduría no sea el fin de todo. La bondad y la amabilidad están, quizás, por encima de ella. ¿No es posible que el fin último sea la alegría, la música y una danza de júbilo? La sabiduría es lo más viejo; es todo cabeza sin corazón. Mira, hermano, el peso de tu cabeza te está aplastando. Estás muriéndote de viejo aun siendo todavía un niño.

-Hermano -contstó el otro filósofo-, tu voz es como el zumbido de una abeja en la oscura celdilla de un panal. Si al final de mis días me veo reducido a tocar la pandereta, a correr detrás de una bruja a la luz de la luna y a prepararte el desayuno en las oscuras mañanas, entonces, verdaderamente me ha llegado el momento de morir. Adiós, hermano.

(La olla de oro, James Stephens, 1912)

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Predicciones

Porque entre tantos millares de predicciones determinadas como formaron los astrólogos de mil y ochocientos años a esta parte, apenas se cuentan veinte o treinta que saliesen verdaderas; lo que muestra que fue casual y no fundado en reglas el acierto. Es seguro que si algunos hombres, vendados los ojos un año entero, estuviesen sin cesar disparando flechas al viento matarían algunos pájaros. ¿Quién hay -decía Tulio– que flechando aun sin arte alguna todo el día no dé tal vez en el blanco?

Pues esto es lo que sucede a los astrólogos. Echan pronósticos a montones, sin tino, y por casualidad uno u otro entre millares logra el acierto. Necesario es -decía con agudeza y gracia Séneca en la persona de Mercurio, hablando con la Parca- que los astrólogos acierten con la muerte del emperador Claudio, porque desde que le hicieron emperador todos los años y todos los meses se la pronostican, y como no es inmortal, en algún año y en algún mes ha de morir:

(Teatro Crítico Universal, Feijoo)

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Ya no viajo. Francamente, no sirve para nada. Nunca tienes tiempo de asimilar lo que visitas y no soporto conocer las cosas a medias. Visitar un museo en dos horas es una estupidez. Con dos horas no tengo ni para empezar con un cuadro. No, no estoy exagerando. ¡Ah!, pero ¿es usted de los que, frente a un lienzo, se complace dejando aflorar libremente su sensibilidad ante los colores combinados en cierto orden? Esa clase de desahogo romántico no es lo mío. Para nada. Yo necesito toda la información posible sobre un cuadro, por pequeño que sea. Soy así: necesito saberlo todo: la vida del pintor, la ubicación de su taller, sus limitaciones técnicas, su mecenas, su contexto político, las disputas estéticas de la época, la composición química de los colores, todo. No soporto la ligereza, el conocimiento superficial.

(Signatura 400, Sophie Divry)

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Yo los veo venir, a los jóvenes de los institutos de formación profesional, los aprendices, los chicos de las clases de apoyo. Las primeras veces aparecen en grupo. Imposible cruzar la puerta de la biblioteca en solitario. Llegan con sus compañeros armando barullo. Como exagerando para demostrar que no tienen miedo, cuando en realidad están aterrorizados, los pobres. Tiemblan al entrar en la arena, saben que los libros no están de su parte. Cuando uno siempre ha sido un gandul, esos miles de libros reunidos en el mismo sitio son algo cargante, humillante, completamente castrante para la virilidad. Es entonces cuando hay que acercarse a sonreírles, a acogerles. Tienen que entregar un trabajo de clase. Les llevo libros. Hablan en voz baja, están revoltosos. Los asiduos los fulminan con la mirada, aunque no pasa de ahí. Un buen día algunos vuelven. Empiezan a ubicarse. Leen bobadas, pero leen. Este ejercicio de dulzura puede llevar meses. Sabemos que el partido ya está ganado cuando vuelven solos. Eso significa que por fin se sienten como en casa, aceptados de una vez, reconfortados, legitimados.

(Signatura 400, Sophie Divry)

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