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Posts Tagged ‘Críticas cine’

portadaNo siempre el cine-espectáculo es espectacular. Son constantes los estrenos cinematográficos en los que el descomunal desembolso en su producción pareció no incluir un guión digno, ni un mínimo de riesgo en forma de huida de tópicos y esquemas manidos. Así que, celebremos este renacimiento de la saga Star Trek, y más concretamente esta segunda parte, “En la oscuridad”, que es un festín audiovisual en el que el espectador no se siente insultado por un infundado espectáculo de luces sin fondo. Cumple sobradamente con buena parte de lo que un buen degustador de cine de ficción necesita, y más aún los seguidores de las space opera, tan dejados a su suerte tras el despropósito de George Lucas. Acción trepidante, sin momentos sonrojantes. No nos molesta con estúpidos romances (no sé a qué genio de la teoría de escritura de guiones se le ocurrió la feliz idea de introducir, aun con calzador, una historia de amor en todo metraje; pero se lo tomaron bien en serio en Hollywood, y nos castigan con ello en todo género y circunstancia, provocando náuseas cuando no es una exigencia lógica del desarrollo argumental), y tampoco se anda con zarandajas melodramáticas más allá de la anécdota. Un excesivo sentimentalismo en este tipo de películas  sirve de cortapunto (no contrapunto), pues poco puede empatizar un espectador con unos protagonistas cuyas vidas se asemejan a las nuestras como una rueda a un jamón de bellota. Así que, buen sabedor de esto, J. J. Abrams toca las teclas necesarias y les otorga su duración precisa. No empalaga, y si contribuye a

Un buen villano siempre ayuda a la función

Un buen villano siempre ayuda a la función

conferir más épica al devenir de los acontecimientos. También es un acierto la inclusión moderada de humor. Es algo que le va como anillo al dedo a este tipo de cine. Puede que sea una visión muy subjetiva por mi parte, pero las grandes producciones de aventuras que sentaron cátedra (pienso en Indiana Jones, en Star Wars, El Señor de los Anillos, Parque Jurásico, etc.) tenían sus matices humorísticos, en claro contraste con situaciones y personajes decididamente oscuros y sobrios. Así que no se vuelve ridícula por tomarse a sí mismo demasiado en serio, ni se convierte en un remedo de parodia vergonzante. Quizás una escena maravillosa en la que queda explícita esta suma de motivos sea el vuelo del Capitán Kirk y Khan a través del espacio, esquivando escombros para llegar a una nave enemiga, mientras el personaje de Simon Pegg (que es el bufón de la gala) debe apañárselas para abrirles una compuerta a tiempo. Y llegados a este punto, comentar que las actuaciones, mención aparte del histriónico personaje mencionado, son bastante correctas, resaltando la labor de Benedict Cumberbatch como Khan (inolvidable Sherlock Holmes), y Zachary Quinto como Spock, en cuyo papel ya se ve mucho más desenvuelto que en la primera parte.

Un puro festín visual

Un puro festín visual

No me queda más que recomendarla, no solo a los adictos a las aventuras galácticas, sino a todo amante del cine que no haga ascos a guardar momentáneamente su avidez de realismo e introspección, por una noble intención de pasar un buen rato. Esto es entretenimiento en estado puro, y pocas películas hoy en día ofrecen tanta cantidad de esto en este maltrecho formato de la ciencia ficción, tan copado por realizadores y guionistas limitados que tienen buenas ideas, pero que no saben desarrollarlas.

Solo una cosa más: nunca he sido fan de Star Trek, y sí de Star Wars. Espero que Disney tome buena nota de lo que está haciendo la “saga rival” del espacio, porque si no, me temo que muchos starfans terminarán convirtiéndose a la religión trekkie. No me extraña que, según las últimas noticias, ya tengan apalabrada la continuación de la saga de Lucas con J. J. Abrams. Ustedes saben, aquel viejo dicho de que “si no puedes con tu enemigo…”

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Read Full Post »

portadaUn pianista y profesor de música pierde dramáticamente a su familia. A partir de ese momento decide marcharse a una mansión de alquiler en Seattle para superarlo. Y allí comienza todo. Ruidos extraños a la misma hora, extrañas ráfagas de aire que abren puertas y parecen susurrar nombres, teclas de piano que se pulsan solas… Hasta que el protagonista encuentra una habitación oculta y empieza a desentrañar el misterio de la casa.

Empezando por el título, decir que es una de esas escasas ocasiones en que la libre traslación al castellano hace fortuna; porque el original The Changeling (“El intercambio”), siendo mucho más explícito con el argumento de la película (por razones que no voy a spoilear al que aún no la haya visto), no tiene ni de lejos la sugerencia que “Al final de la escalera”. Y es que además, la mencionada escalera de la mansión tiene un papel relevante, no solo porque, como es habitual en el género, al final de ella casi siempre nos llevamos los

Yo que tú no subía...

Yo que tú no subía…

sustos, y es por donde suben los protagonistas masoquistas que van a la fuente del ruido extraño, sino porque muchas de las mejores tomas de cámara están tomadas desde ella, con un acertado enfoque que invita a pensar que el espíritu presente en la casa está por encima de los que quiera que la habiten, y que ostenta una privilegiada posición desde la que puede vigilar cada paso que se dé en ella. Por tanto, protagonismo argumental y formal para esa escalera a la que se trata con justicia en el título español.

Pelotita, pelotita

Pelotita, pelotita

Podríamos considerarlo padre putativo de cuantos films tengan por motivo diegético la casa (de fastuosas hechuras) que se niega a ser habitada, pero que a la postre termina dando pistas a su persistente morador sobre lo que ocurrió entre sus paredes en un pasado atroz que alguien intenta ocultar. Después, ya solo resta al protagonista de turno encontrar las claves para exorcizar el problema, y con ello dar descanso al espíritu atormentado del fantasma. Además, también sienta precedentes en cuanto a la presencia de un pozo que hay que descubrir, y que encierra un terrible secreto. Desde entonces, un tópico en muchas de estas cintas.

Lo cierto es que se trata de una película muy recomendable, que no ha perdido ni un ápice de

La sillita también se las trae...

La sillita también se las trae…

su capacidad de inquietar a pesar de los más de treinta años que han transcurrido desde su elaboración. Señal inequívoca de estar ante un clásico del género. Esa pelotita que cae por la escalera, esa sillita de ruedas en el rellano… Todavía hoy son escenas que estremecen. Eso por no hablar de la sesión de médium, que es

probablemente la mejor que jamás he visto en un film de terror.

En definitiva, cine del bueno. Para ver en un día de otoño lluvioso y, como siempre digo, solo o en mala compañía.

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portadaClásico donde los haya, antecesor de buena parte de los elementos y clichés del cine de suspense y terror actual. Robert Mitchum encarna a un pastor de Dios psicopático que cumple, según dice, un mandato divino: acabar con las mujeres impuras, libidinosas y sometidas al imperio de la carne y los vicios. Como curiosidad, decir que uno de los elementos icónicos que caracteriza a este personaje son unas letras tatuadas en sus nudillos, que conforman las palabras “hate” (odio) en la izquierda, y “love” (amor) en la derecha. ¿Recuerdan al personaje interpretado por Dominic Monagham (Merry, en El Señor de los Anillos) en la serie Perdidos? También se escribía esas mismas palabras en unos esparadrapos con los que hacía rodear sus dedos. Es una alusión directa al cazador de la película de Laughton. Eso por no hablar del razonable parecido entre la figura de Mitchum y su misión, y la del sacerdote de otra serie destacable: Carnivale.

Hay un hombre en el jardín...

Hay un hombre en el jardín…

La cuestión es que este predicador de nada loables intenciones, mientras cumple una pequeña condena en la cárcel por el robo de un coche, coincide en la celda con un ladrón que ha dejado a sus hijos una cuantiosa cantidad de dinero. Así que la trama consiste en que, al salir de la cárcel, va en busca de tan suculento botín que solo los niños saben dónde se encuentra.

En el haber de la película, el ser, como decía, antecesora de tantos tópicos que hoy abarrotan cualquier cinta del género, además de que la iconografía del cazador, hombre alto, rudo, de una religiosidad fundamentalista y recalcitrante, con su traje negro y su sombrero, es todo un precedente para muchos otros films que tienen por reclamo argumental la presencia de un asesino de buena presencia y que está inicialmente bien considerado por los demás, pero que guarda aviesas intenciones que solo los protagonistas conocen. Hay algunas escenas memorables, como el primer acercamiento de Mitchum a la casa de los niños, proyectándose

el cazador busca su presa

El cazador busca su presa

su sombra en la habitación de ellos a través de la ventana. No puedo evitar reconocer que su figura, apostada frente a la valla de la casa, me lleva a pensar inmediatamente en esa mítica escena de Max von Sydow frente a la vivienda de la niña poseída en El Exorcista. También es magnífica la fotografía que resulta del predicador montado a caballo, cuando el chiquillo protagonista lo ve a lo lejos, recortado contra la luz del amanecer, desde un cobertizo en el que se ha escondido con su hermana pequeña.

En el debe, comentar que es difícil que el tiempo no pase por este tipo de producciones. La afectación sobreactuada de los actores y actrices, la inocencia y pardillez de algunas situaciones y su resolución… Hace inevitable que el espectador contemporáneo lance una sonrisa condescendiente en más de una ocasión (y de dos). Los diez últimos minutos

Ven a por los niños...

Ven a por los niños…

condensan uno de los finales más tontos y pueriles que servidor puede recordar.
En todo caso, película de obligado visionado para todo aquel interesado en el género, y que quiera conocer las fuentes de las que mana la inspiración del cine de terror de hoy.

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portada posesionRemake del clásico de Sam Raimi de 1982. Como aquella era una película de serie B que se hizo de culto en círculos más o menos estrechos precisamente por su tono, una peculiar mezcla de lo visceral y lo desenfadado, esperaba que esta versión se adaptara a un público más amplio, quizás ni siquiera espectador habitual del género de terror, y donde la casquería barata diera paso a unos efectos especiales dignos de la época actual, aderezados con típicos sobresaltos de apariciones repentinas y crescendos orquestales. Mi sorpresa ha sido encontrarme con una película aún más bestia que la original (muchísimo más), sucia y sanguinolenta. Es la típica película que si tu novia, tus padres o tus amigos más modositos te ven disfrutar, te miran con preocupación mal disimulada. La cabaña y el escenario son aún más tétricos que en la cinta original, y las escenas de agresión-persecución están bastante logradas. Todo ello hace de este film que sea lo suficientemente disfrutable, tanto para el conocedor de la anterior, como para el novato. Ahora bien, ya estoy hasta las narices de que en el cine de terror (y en general, en buena parte del cine de ficción actual) se pasen por alto la lógica y la coherencia. Estos conceptos no están en absoluto reñidos con que la historia desarrollada trate de fantasmas, espíritus, viajes espaciales o guerras entre seres fantásticos. Más aún, son valores que se hacen especialmente sensibles en el cine de género, para que nuestra suspensión de incredulidad, necesaria cuando nos intentan contar algo que sabemos que no es verdad, no resulte vergonzoso ni intragable. Y es que, por enésima vez, en esta película la reacción de algunos personajes y la resolución de ciertos

Ahora te saco de ahí, espera...

Ahora te saco de ahí, espera…

conflictos, es absolutamente ridícula. El espectador de Posesión Infernal está dispuesto a pasar por el aro de que la lectura de unos pasajes en un libro encuadernado en piel humana desate el horror en forma de espíritu demoníaco que busca venganza. Vale. Aceptamos barco… Pero, ¿cómo demonios sabe uno de los protagonistas hacer un desfibrilador con unas agujas y una batería eléctrica? ¿Por qué se transforma en poseído uno de los protagonistas muertos, cuando no se dan las condiciones para ello que previamente han descrito en la película? Así no vale… No está bien saltarse las normas que el propio autor crea en su mundo ficcional. El cine de

Toda la película es así de agradable

Toda la película es así de agradable

terror no es verosímil ni debe pretender serlo, pero utilizar el recurso del Deus ex máchina a diestro y siniestro, solo para crear una tensión injusta y que se alcance la duración estipulada de metraje, es digno de abucheo. Ah, y también estoy cansado de

que los guiones de este tipo de películas jueguen a que los personajes no comprenden la realidad de lo que está pasando, y se nieguen a ver lo evidente, negando todo hecho sobrenatural, cuando el espectador está en su sofá gritando: ¡Pero tío, no jodas! ¿No has visto lo que ha pasado? ¿Cómo puedes pensar que los ojos amarillos y rojos de tu hermana y su voz de niña de El Exorcista se debe al mono por haber dejado la

Sí, yo también creo que va a ser por la droga

Sí, yo también creo que va a ser por la droga

droga? ¿Es que no has visto nunca una peli de miedo? ¡Tu hermana está poseída, imbécil! ¡Sal corriendo de ahí, o métele un tiro en la cabeza! Pero no, el bueno del chico se niega a la evidencia. Hasta el punto de que, cuando parece más convencido, reniega de quemarla (ya había rociado entera la cabaña, solo faltaba lanzar el mechero encendido), y prefiere enterrarla viva (sic). Amor de hermano. Si alguna vez os veis en la terrible tesitura de tener que elegir cómo matar a vuestra hermana posesa, parece que enterrarla en vida es menos traumático.
En definitiva: entretenida, salvaje y con escenas logradas. Sus graves defectos son coincidentes con los que padecen la inmensa mayoría de films de terror. Así que (qué remedio), la recomiendo.

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Ahora la moda es decir que todo lo que proceda de los países más orientales de Oriente es bueno. Que el cine intimista más puro, que la acción privada de clichés, que el cómic más original y generador de fanáticos entusiastas, y que la mejor y más profunda animación, tanto a nivel artístico como argumental, proceden de allí. Y yo lamento profundamente este tipo de generalizaciones que se convierten a sí mismas en tópicos, y que en boca de cualquier opinador que se precie (cobre o no por ello) se convierte en principio insoslayable.

Pues miren, le pese a quien le pese, no todo en Kurosawa es bueno; ni todo en Yasujiro Ozu, ni en Takeshi Kitano, ni en Toriyama, ni en Kim Ki-Duk, ni en Osamu Tezuka, ni siquiera en Hayao Miyazaki. Ninguno de ellos, como cualquier artista que de verdad lo sea, se habrá privado de hacer algún auténtico bodrio, como también los sabemos hacer muy bien por aquí, en Occidente. Pero a mí me da la sensación de que atravesamos una nueva etapa de fascinación por lo exótico en general y por lo oriental en particular. Ya ocurrió en el siglo XIII con la ruta de la seda (que aunque se iniciara en el lejano siglo II d.C. tuvo su principal auge en Europa entre el XII y el XIII, con la hegemonía del imperio mongol), en la que los expedicionarios europeos se calzaban miles de kilómetros (sin AVE) para comprar especias y telas delicadas. Estoy seguro que también entonces nos la colaban aquellos bajitos de piel aceituna y nos daban gato por liebre (nunca mejor dicho) en más de una ocasión, ante la ignorante contemplación de unos diletantes compradores de maravillas. La segunda etapa de admiración pro-oriental (que yo recuerde) se produjo entre los 80 y los 90, con la exportación al resto del mundo de sus magnas obras en papel y televisión. Nos llegaron los mangas y series animadas, liderados por su buque insignia, Bola de Dragón, y su ínclito creador, Akira Toriyama. También conocimos Humor Amarillo y uno de sus genios al volante: don Takeshi Kitano; y por supuesto, el Akira de Otomo. Fue un gran desembarco, desde luego. Y a partir de ahí, el deseo de consumir más y más bocados de lo mismo se incrementó: Caballeros del Zodíaco, Sailor Moon, Ranma, Chicho Terremoto, Oliver y Benji… la lista sería interminable. En literatura también empezó a cultivarse un no desdeñable gusto por autores de ojos rasgados: Gao Xingjian, Haruki Murakami, Yukio Mishima… Y mejor ni hablamos de la afiliación a religiones, filosofías y modos de vida de los países al este del este: budismo, yoga, zen y artes marciales en general ganaron adeptos que masificaron las academias adornadas con cualquier grafía ilegible en su frontispicio.

Muchos olvidan que India también es Oriente, y por tanto, si hablamos de cine oriental, tan lícito es referirnos a Mizoguchi como a cualquier producción de Bollywood. Y también me pareció atisbar una inicial complacencia por su llegada, tal vez animada por la presencia de bellezones (de ambos sexos) de color tostado, caras nuevas entre tanto Bradd Pitt y tanta Angelina Jolie. Menos mal que el paupérrimo nivel general de estas producciones (a pesar de contar con grandes presupuestos) ha frenado el aluvión previsto. Algo me hace pensar que si, de igual forma que nuestras maneras y gustos están tan influenciados por los americanos (a través de su doctrina cinematográfica), más de uno y de una habría salido a la calle con hiyabs y chilabas, imitando a sus estrellas admiradas, de haber cuajado el cine indio (aún recuerdo haber visto en televisión una entusiasta que se fue a vivir a la India y se afilió a sus usos y costumbres para poder así intervenir en películas, al menos como actriz de relleno).

Con toda esta introducción no pretendía más que hacer constar que la actitud crítica y juzgadora debe prevalecer no a la altura de la denominación, sino a la del producto. La denominación de origen es un viejo truco engañador, que puede hacer pasar por bueno lo que en realidad no lo es (y ojo: también por malo lo que podría salvarse de la quema). Un amplio sector de voces dirá de lo próximo de Woody Allen, o de Coppola, o de Clint Eastwood, que será bueno, antes incluso de haber visto la película. Sin embargo, este error es todavía más fecundo cuando la denominación de origen no es sólo el nombre de un autor, sino una fecha, una época. La cosecha de los 40, de los 50 y de los 60 será, para los misoneístas, siempre infinitamente mejor que la de los 80 en adelante. Los que hacen del “cualquier tiempo pasado fue mejor” su adagio de cabecera, viven apegados a sus maravillas en blanco y negro, a sus directores de culto fenecidos, y a sus actores y actrices convertidos en iconos kitsch, vestigios redivivos de una etapa gloriosa (no hay más que ver todos esos bolsos y complementos con marilyns y audreys). Pues una vez más, siento decir que entre una época y otra lo único que ha cambiado es la cantidad de producciones, y al ser en esta primera década de 2000 como diez o quince veces más numerosas las películas que se producen que en los años 60, el número de productos olvidables se ha multiplicado, al igual que el número de films con los cuales uno puede pasar un rato divertido o encontrar entre ellos un clásico moderno (que ya será venerado por los misoneístas de 2050).

Sirva todo esto para ejercer un análisis crítico justo sea cual sea la denominación de origen de la película: un autor, una fecha, un país o un género no determinan fidedignamente la calidad de la obra, aunque condicione nuestros iniciales e irrenunciables prejuicios.

La película que ahora me dispongo a comentar es de Hayao Miyazaki, uno de los grandes genios, por méritos propios y demostrados, de la animación (no ya oriental, sino universal). Ello se debe a que nos tiene bien acostumbrados, y que no pocas de sus obras son geniales: Nausicaä del Valle del Viento, Porco Rosso, La Princesa Mononoke, El Viaje de Chihiro. Otras, como Mi Vecino Totoro, Nicky, El Castillo Ambulante y la que nos ocupa, El Castillo en el Cielo, no adquieren la categoría de obra de culto (para un humilde servidor), aunque pertenecen a ese amplio espectro de películas que te mantienen con una constante sonrisa durante su visionado, y que, en definitiva, entretienen y retrotraen a la infancia más entrañable. Porque si bien La Princesa Mononoke y El Viaje de Chihiro, por ejemplo, son obras adultas en su contenido y disfrazadas en su continente de obras para niños, no cabe decir lo mismo de Nicky, la Aprendiz de Bruja y de Laputa (El Castillo en el Cielo). Estas son películas pretendidamente infantiles, y no por ello en absoluto, criticables. De hecho creo absolutamente necesario que cada vez se haga más cine de éste, que busque como público objetivo a los imberbes. En ese sentido, tanto El Castillo en el Cielo como Nicky se merecen un diez. Quizás mi único motivo reaccionario contra ellas se deba a algunos comentarios que he leído por ahí, y que vienen a decir que cualquier fotograma de cualquier obra de Miyazaki es mejor que lo mejor de Disney. Pues mire usted: no. Categóricamente, no. Para empezar, a qué se refiere: ¿a Disney como productora, o a Walt Disney, el autor? En cualquiera de los dos casos la afirmación es falsa. La Disney productora ha tropezado como todas, pero en relación a don Walt hay que limpiarse la boca antes de mentarle. Para empezar porque fue el genio impulsor, y eso siempre supone un plus que no se debe olvidar y al que hay que valorar en su justa medida. Y después, que a pesar de la moda de poner a parir a los genios incontestables y de apuntar a que la filosofía subyacente a la obra de Disney es eminentemente capitalista, neoliberal y chorradas ideológicas por el estilo, aún no se han creado películas de animación tan importantes como Blancanieves, Bambi o Pinocho. Y he dicho “importantes”, y no sólo sencillamente “mejores” o “tan buenas”, quizá porque eso de qué sea “mejor” o “bueno” es difícil de demostrar, mientras que su importancia es ampliamente consignable: basta con repasar los medios de comunicación de la época y su repercusión en la cultura colectiva o en el acervo popular. Desde luego, dentro del género de animación para infantes, Miyazaki es, junto a Pixar, el gran referente del momento pero, criogenizados o no, el tiempo pondrá a cada uno en su sitio.

Laputa, el Castillo en el Cielo, es una película inocente, de bellos dibujos y excelente animación, de guión sencillo y carga ideológica y moral laxa. Se disfruta como lo que es: una cinta de entretenimiento para todos los públicos, pero que no venga ningún figurín a decirme que esto es poesía en movimiento. Los personajes son caricaturas de personajes, y la estructura es típica. No hay grandes giros de guión, y la diégesis recuerda a la de otras películas vistas: no tanto porque sea una copia de nada, sino por cuanto tiene de predecible.

Lo dicho: se trata de una muy buena película de animación para los más pequeños, con la que los adultos no sentirán haber perdido el tiempo, pero tampoco haber ganado una causa para la reflexión y el éxtasis estético.

 

Sevilla, diciembre de 2007.

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Las grandes obras maestras son aquellas que te hacen pensar que no podrían haber sido de ninguna otra manera distinta a como han sido concebidas. Ante ellas, el mundo de las posibilidades se vuelve extraordinariamente estrecho, la imaginación se hace vaga y cede al dominio de los sentidos. No caben arreglos, no caben amaños ni enmiendas; las musas no acudieron: el autor fue un títere pasivo en manos de la necesidad. Quitar aquí y poner allá, un color que sobra y otro que falta, una palabra sin lugar y otra que estalla en su frase… son futuribles obscenos que no deben ser recompuestos ni subsanados. Las grandes obras no admiten cambios, porque con ellos los rasgos geniales dan paso a los motivos correctos, que no restan, pero tampoco suman. La novia cadáver no es necesariamente una obra maestra, pero sí es como debería ser, lo cual la acerca sin duda más a las obras memorables que a las que no lo son.

Rodada con el método de animación stop-motion (conocido por títulos tan lustrosos como Wallace & Gromit, Pesadilla antes de Navidad o la más reciente Coraline, y explotado en sus albores por artistas como Ray Harryhausen o Jan Svankmajer), La Novia Cadáver cuenta la historia de Victor Van Dort, un joven que está a punto de contraer matrimonio con Victoria, la hija de una familia aristocrática en decadencia. La boda, que es en sí un acto de conveniencia trazado por los padres de los contrayentes, terminará en desastre cuando Victor, sobrepasado por la presión, huya al bosque. Allí, de forma inopinada, llevará a cabo un ritual en virtud del cual quedará comprometido con la novia cadáver del título. A partir de entonces vivirá a caballo entre el mundo de los vivos y el de los muertos, buscando librar a su involuntaria esposa de la maldición que la ata. Por citar un curioso guiño literario, la palabra que es menester pronunciar para salir y regresar al inframundo es rayuela, coincidiendo con el título de la colosal obra literaria de Cortázar, lo que probablemente hace referencia, al igual que en ésta, al juego infantil en el que hay que ir avanzando casillas desde la primera (tierra) hasta la última (cielo). El papel de antagonista de la función recae en lord Barkys, un noble de mezquinas intenciones que utilizará todas sus artimañas para producir su enlace con la bella Victoria.  

Tim Burton se encuentra detrás de dos obras de animación que son y serán referentes de su género en la historia del celuloide: una como productor (Pesadilla antes de Navidad) y en la presente, como realizador. Ha creado un estilo, un lenguaje y una necesidad: la de ser modelo para cuantas obras quieran parecerse a ella o alejarse. En uno y otro caso con idéntica y destacada presencia. Esa es la importancia de los referentes en el arte: que suponen un punto de convergencia y atracción, pero también de divergencia y repulsión. El cuento gótico tragicómico quedará definido como lo que de él hizo Burton, con un Danny Elfman agraciado y hermanado, sirviendo partituras que bien hubieran inspirado a Goethe, Blixxen, Wilkie Collins, Yeats o Wordsworth en sus poemas y prosas oscuras, neblinosas y de madrugadas. La maquinaria funciona porque todo gira en orden, sin excesos ni indecisiones. Un certero comedimiento que se convierte en la mejor virtud de una película que brilla y deslumbra por su falsa sencillez: un cuento bien contado es siempre una proeza que sólo la ignorancia puede confundir con una sinecura. Musical pero sin cansar; oscura pero luminosa; siniestra pero simpática. Una hermosa y tierna historia de amor entre vivos y muertos, con una acertada duración (70 minutos) que hace del bocado un disfrute justo, jugoso y propenso a repetirlo. Además, el film sirve para alimentar el fructífero maridaje entre Burton y Johnny Deep, aunque esta vez el actor haya quedado transfigurado en un doble animado al que pone voz. Asimismo, el director vuelve a encontrar hueco en el casting para su pareja sentimental, Helena Bonham Carter, que, lejos de parecer la eterna enchufada del jefe, confirma ser la mejor apuesta para personajes histriónicos de aspecto desmadejado y macabro (como bien demuestra en Big Fish, Charlie y la fábrica de chocolate, Sweeney Todd o Harry Potter).

En definitiva, visionar La novia cadáver le dejará la sensación de haber asistido a una historia que aguantará el peso de los años porque no ha puesto el acento de su virtud sobre signos perecederos y recursos caducos. Sin lugar a dudas estamos ante un clásico contemporáneo y, con ello, cita ineludible para las futuras obras de su género.

 

 

Sevilla, 2007

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