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Posts Tagged ‘Reseñas libros’

1NOTAS PREVIAS: para el presente comentario me baso en las siguientes ediciones de la obra:

-Ed. Cátedra, Letras Hispánicas, edición de Dorothy S. Severin (Sexta edición), 1992.

-Ed. Vicens-Vives, clásicos adaptados (Eduardo Alonso González y Francisco Antón García), 2013.

Por tratarse de un comentario didáctico para alumnos de bachillerato, dedicaremos especial mención a la edición adaptada y actualizada de Vicens-Vives. Cuando nos refiramos a un fragmento de la obra y citemos la página, primero anotaremos la de la edición adaptada, y acto seguido la de Cátedra. Por ejemplo: (p.20/p. 50).

Mucho se ha discutido y estudiado acerca de los autores de esta obra y su cronología, así como de la lengua empleada y sus particularidades, y no es interés de estas páginas añadir nada que no se haya dicho ya. 2De ahí que remitamos al interesado a estudios más profusos y especializados en dicha materia. En las líneas que siguen nos limitaremos a comentar aspectos generales relacionados con la lectura directa de La Celestina y su interpretación.

 

DEDICADO A…

Empezaremos llamando la atención sobre un concepto que aparece repetidas veces en la obra, y que suele causar extrañeza entre los jóvenes que lo leen; me refiero al de mancebo, cuya primera acepción, ya en desuso según la RAE, es “juvenil”. Aunque preferimos centrarnos en otros usos más habituales: el de joven o mozuelo; el de trabajador en proceso de aprendizaje que, a cambio de un salario comedido, ayuda al titulado (normalmente en una farmacia); y el de hombre soltero.

A la unión semántica de estas tres acepciones va dedicada la obra: es decir, a aquellos jovenzuelos inexpertos y solteros, que, estando en edades propias para la lid amatoria, deben precaverse de los dimes y diretes, sobre todo los procedentes de “sirvientes y alcahuetas”. Y, en último término (y esta es una apreciación muy personal), la obra parece encerrar la enseñanza de que no conviene desafiar la tendencia natural o las naturales disposiciones del hombre con tal de conseguir aquello que tanto se desea. Pero más adelante ahondaremos en esta cuestión.

AMOR DESMEDIDO. CONSECUENCIAS.

Aunque la historia parece empezar de forma muy casual, alusiones posteriores nos hacen pensar que, a pesar de que el encuentro de Calisto con Melibea es ciertamente fortuito (él corre en busca de su halcón, que se ha escapado; en su carrera llega al huerto de Melibea, tras saltar su alto muro), hay un conocimiento previo, incluso presumiblemente mutuo. Esto se hace evidente en dos pasajes. En el primero, Calisto enumera a Sempronio los motivos que, sumados a su belleza, le hacen perder el sentido por Melibea: Considera la nobleza y antigüedad de su linaje, su gran patrimonio… Es decir, que ella probablemente perteneciera a una familia noble bien conocida en la zona. Y el segundo y más definitivo ejemplo es al final, cuando Melibea, cercano ya el momento de su suicidio, resume a su padre Pleberio lo acontecido: Se llamaba Calisto, tú lo conociste bien, y conociste a sus padres virtuosos y de claro linaje.

El enamoramiento de Calisto por Melibea va más allá de la mera pasión: él deifica a su amada: Melibeo soy y a Melibea adoro. […] ¡Por Dios la creo, por Dios la tengo!

Calisto se sume en una profunda melancolía que linda con la locura. Su siervo Sempronio no puede entender esa pérdida de cordura: Sometes la dignidad del hombre a la imperfección de la débil mujer. Sempronio cita a ilustres pensadores que no apreciaban mucho el papel social de las mujeres, como Aristóteles y Séneca, y hace una larga declaración sobre los males que las mujeres engendran (p.51/p.96). Sabido es el notorio influjo del pensamiento aristotélico a lo largo de toda la Edad Media. En esta obra resulta curioso que un criado como Sempronio sepa citar a Aristóteles. ¿No has leído a Aristóteles? La mujer es la materia, y necesita al hombre, que es la forma.

Además, Sempronio le recuerda que la Fortuna ha sido generosa contigo, pues tus cualidades de dentro resplandecen con los bienes de fuera […], y por influjo de los astros, todos te aman. Es decir: que a sus virtudes sentimentales e intelectuales, parece unírseles otras más materiales o aparentes, como son su desahogada situación económica, su buena posición social y su belleza física. Pero nada de eso parece importar demasiado cuando se encapricha por Melibea y recibe de ella un duro rechazo. Quizás la falta de costumbre frente a una negativa femenina lo hace obsesionarse. Hará lo que sea con tal de cambiar la actitud de su amada. Y ese “lo que sea” será su perdición.

Frente al amor desmedido y la pasión incontrolable e impaciente de Calisto, Pármeno aparece como el siervo responsable y voz de la conciencia. Pero pronto se verá tentado por Celestina, y en su fuero interno se librará una batalla moral en la que terminará ganando el miramiento por el bien propio: ¡Oh, desdichado de mí! Por ser leal padezco mal. Otros ganan por ser malos y yo pierdo por ser bueno. ¡Así es el mundo! Su invectiva coincide con esa creencia popular (para algunos, ley) de que las buenas personas, acuciadas siempre por sentimientos de responsabilidad moral, deber o merecimiento, sufren penas que los malos esquivan sin remordimientos; así es que “los buenos” sufren por la angustia de apartarse de la virtud, mientras que “los malos” disfrutan de una vida sin ataduras éticas. Recordemos en este punto el tópico de la justicia poética, según el cual quien obra bien y de acuerdo a la Naturaleza, acaba siendo recompensado; mientras que quien obra indebidamente, recibirá algún castigo en forma de enfermedad o desgracia (relación con otros refranes: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”; “Quien siembra vientos recoge tempestades”…). Como ya veremos, esta es la idea que anidaba en el corazón y en la mente de Pleberio, padre de Melibea, quien tras la muerte de su hija reconoce que pensaba que la vida debía sonreírle, pues había seguido un camino recto y coherente. Nada, por tanto, hacía presagiar tan trágico final.

En Pármeno, pues, pesa la gran duda entre obrar bien y no encontrar ganancia alguna con el plan de Celestina, y obrar mal y sacar algún rédito favorable. Incluso cuando parece decidido (En adelante, escarmentaré. Le seguiré la corriente…), siempre ejerce de voz crítica ante las propuestas de Celestina o las atrevidas insinuaciones de Sempronio (que es mucho más desinhibido en asuntos morales: Yo, a la primera señal de peligro, abandono a mi amo. ¡Al diablo sus amores!). Y si hay algo que más decididamente mueve a Pármeno del lado de la vieja alcahueta, es la promesa de ésta de conseguirle la joven por la que él suspira: Areúsa. Esto nos lleva a la conclusión que desarrollamos en el siguiente punto.

DOS GRANDES MOTORES: SEXO Y DINERO.

Los dos grandes motores que mueven la obra (y alguno que otro pensará que también nuestro mundo real) son el sexo y el dinero.

Todo se inicia por la pretensión carnal y sexual de un joven hacia una muchacha. Y todos los que conspiran a su alrededor para ayudarle, lo hacen precisamente para obtener a cambio algún beneficio en forma de dinero, ropas, joyas u otro patrimonio material. Como decíamos antes, el defensivo Pármeno terminará cayendo en los arteros planes de Celestina a cambio de que ésta le consiga un encuentro sexual con Areúsa. Después de retozar con ella, sus objeciones a aprovecharse del mal de amor de su amo serán más tenues.

Por su parte, el interés de Celestina es principalmente económico y material, aunque tampoco renuncia totalmente a la gracia del sexo: Y aunque soy vieja, ¡Dios sabe que todavía siento muchos deseos! Si bien, a su edad, comprende que no le toca disfrutar de la práctica sexual, sí demuestra complacerle el contemplar la belleza de los cuerpos; incluso practica el voyeurismo (voyeur: persona que disfruta contemplando actitudes íntimas o eróticas de otras personas. Voyeurismo: actitud propia del voyeur): Acércate aquí, vergonzoso, que quiero ver qué eres capaz de hacerle, le dice a Pármeno cuando concierta un encuentro sexual entre él y Areúsa. A la alcahueta le gusta hablar de sexo, y reconoce que hay goce en intercambiar experiencias con los demás. No en vano, toda la obra está plagada de metáforas sexuales, y en muchas ocasiones hay que interpretar y saber leer entre líneas para extraer la verdadera intención erótica de ciertos comentarios.

Sexo y dinero parecen estar detrás de todos los actos que impulsan a los personajes. El caso de Calisto es claro: toda la obra gira en torno a su deseo incontrolado por Melibea. Pero cabe preguntarse qué habría ocurrido si fuera un personaje pobre o modesto. Desde luego, no parece probable que se sucedieran la cadena de acontecimientos que jalonan la historia. Como Calisto anda embelesado y con el oremus perdido por su pasión, todos traman a sus espaldas y tratan de aprovecharse de él.

El gancho inicial de Celestina para atrapar en su plan a Sempronio y Pármeno es la promesa de las muchachas que estos desean y una mejora en sus condiciones. Al final, la codicia parece cobrarse sus propias víctimas: los siervos de Calisto reclamarán el dinero que creen que les pertenece, y al negarse Celestina, la matarán. Pero acto seguido ellos mismos serán ajusticiados en mitad de la plaza por su crimen (quizás sea aquí aplicable ese otro refrán de “la avaricia rompe el saco”…).

EL GRAN PERSONAJE: CELESTINA

Es Sempronio quien presenta a la gran protagonista de la obra, cuando se decide por ayudar a su amo Calisto para que conquiste el amor de Melibea: Hace mucho que conozco a una vieja barbuda que se llama Celestina. Es hechicera, astuta y experta en toda clase de maldades. Creo que son más de cinco mil los virgos que se han hecho y deshecho en esta ciudad bajo su influencia. En efecto, como madama de un prostíbulo a las afueras de la ciudad, Celestina es facilitadora de muchachas jóvenes a hombres de toda condición. Pero también se encarga de “recomponer” el himen de las desvirgadas con tripas de algún animal, para aquellos hombres que desean casarse con una joven todavía inocente y casta.

Celestina es hábil con las palabras. Es capaz de engatusar para su causa a los demás y moverlos hacia sus propósitos. Generalmente lo consigue haciendo atractivas promesas, identificando los deseos de los demás y dejando entrever con sutileza la manera de proveérselos. Y, además, cuando alguien se le resiste no duda en hacer uso de sus conocimientos en brujería. Aunque hay controversia entre los críticos por el verdadero influjo que ejerce la brujería en la obra, de lo que no hay duda es de la creencia que Celestina sostiene en el poder efectivo de su conjuro. Y, desde luego, si no era intención del autor introducir el componente sobrenatural, ciertas cosas que ocurren encontrarían extraña explicación con la más pura casualidad: ¡Oh, diablo al que conjuré, qué bien has cumplido tu palabra! Te debo un gran favor, pues has amansado a la cruel hembra con tu poder, y me has permitido que le hable con libertad al provocar la ausencia de la madre. ¡Oh aceite de serpiente, oh blanco hilado, cómo os habéis unido para favorecerme! De hecho, podríamos considerar esta solución antinatural para unir a dos personas que no estaban destinadas a ello, como el desencadenante inicial del cúmulo de desgracias que, una tras otra, acontecen hasta el final.

En Celestina se dan ciertas aparentes contradicciones que la convierten en un personaje literario magnífico por su complejidad y rotunda humanidad. Por sus deseos, artimañas, engaños, aspiraciones, por sus quejas, por su forma de manejar a las personas que la rodean… Podemos encontrarnos leyendo sus intervenciones con una sonrisa pícara, entendedores de que la vieja no dice nada sin una intención previa: todo parece premeditado para alcanzar sus propósitos. Siempre comienza endulzando los oídos de su interlocutor; así lo hace por ejemplo cuando intenta ganar el respaldo de Pármeno y se inventa la historia del dinero que le dio a guardar el padre de éste; también lo hace con Melibea cuando ensalza su belleza, en un intento de despertar en ella la necesidad sexual propia de su edad: Dios no pudo hacerla [tu belleza] en balde, sino para almacén de virtudes… Además, gracias a su agilidad para improvisar, Celestina inventa la historia del dolor de muelas de Calisto, y consigue así de Melibea su cordón y la promesa de una oración que mejore el mal del muchacho. A la postre, esta reacción provocará una satisfacción en Calisto que, congratulado, obsequiará a Celestina con un regalo.

EL REFRANERO

La obra entera es pródiga en refranes y sentencias. Recogerlas es tarea inútil, pues vendría a coincidir prácticamente con copiar buena parte del texto total. Todos los personajes, en mayor o menor medida, hacen acopio del refranero a la hora de expresarse, aunque nuevamente es Celestina la que destaca en esta faceta. Por su edad y particular modo de vida, está muy apegada al saber popular confiscado en estas frases breves y didácticas. Es propio de los hombres equivocarse, pero es de seres irracionales persistir en el error; o No se posee nada con alegría si no se comparte con otro; o La mocedad ociosa acarrea la vejez trabajosa.

Solo con las sentencias de Celestina podría escribirse un libro de aforismos o adagios. Repasemos precisamente algunos de estos conceptos empleados para expresar enseñanzas en forma de fugaces afirmaciones:

ADAGIO: sentencia breve, comúnmente recibida, y, la mayoría de las veces, moral.

AFORISMO: sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte.

APOTEGMA: dicho breve y sentencioso; dicho feliz, generalmente el que tiene celebridad por haberlo escrito o proferido algún hombre ilustre.

MÁXIMA: sentencia, apotegma o doctrina buena para dirigir las acciones morales.

OTROS TEMAS TRATADOS

Hay que tener en cuenta y reconocer la importancia de los tópicos que, si bien no son del todo iniciados por esta La Celestina, sí al menos aparecen profundizados en ella. Por ejemplo, los perjuicios de la vejez frente a las bondades de una lozana juventud. En todo caso, claro está, el deseo último siempre es vivir; cuanto más mejor: Melibea: ¿Por qué hablas tan mal de la vejez, si todo el mundo desea llegar a viejo? Celestina: […] el niño desea ser mozo, el mozo viejo, y el viejo más viejo aún, aunque esté lleno de achaques.

En relación a la situación de los ricos y los pobres, se hace mención en varias ocasiones a la vida más relajada de los últimos que de los primeros, porque mientras que el pobre no tiene nada, el rico siente temor por perder lo que tiene. Al rico se le va el sueño, la alegría y el sosiego por el desagüe de los engaños y los falsos halagos. […] Al rico nunca le dicen la verdad, todos le dicen lisonjas, todos le envidian, sus hijos y nietos piden a Dios que se lo lleve al otro mundo para repartirse sus bienes… Paradójicamente esto lo dice Celestina, que pocas líneas antes acaba de reconocer que todo se mueve por dinero, y que ella mismo lo ansía y se mueve única y exclusivamente por él: ¡Mientras haya dinero de por medio, ya puede durar este pleito todo lo que haga falta! Y es que el dinero lo puede todo…

Hay un cierto platonismo sobrevolando la obra, en la consideración de la belleza como símbolo de virtud, lozanía, pureza e inocencia. En cambio, la fealdad, tan asociada a Celestina, con esa raja tantas veces nombrada en su cara, está asociada a la maldad, la brujería, la mala vida y las malas prácticas; es decir, la imperfección no solo física, sino también moral.

LOS MOTIVOS DE LA TRAGEDIA

Como los lazos que unen a los distintos personajes son inestables, por egoístas, artificiales y antinaturales, en cuanto algo falla, se produce un efecto en cadena que provoca la tragedia, y afecta a todos los participantes.

Pármeno y Sempronio no se llevan bien, pero Pármeno decide hacer las paces y hermanarse con él porque es convencido por Celestina de que su amistad hará bien al negocio que llevan entre manos.

También la relación de los siervos con Celestina es pura conveniencia. Así que, en cuanto la cosa se tuerce y la vieja avara se niega a compartir con ellos los obsequios de Calisto, se desata la tragedia y la matan.

También la relación de Calisto con Melibea es peligrosa, pues es producto de la brujería. Así que no tarda también en derrumbarse dramáticamente.

Toda la acción de la obra se inicia con un noble sentimiento, como es el enamoramiento de un hombre hacia una mujer. Pero la historia parece empeñada en demostrar que forzar la situación más allá de lo debido trae infortunio. Obsesionado con conseguir lo que ansía, Calisto contraviene la Naturaleza, y la Fortuna le da un escarmiento; pero no solo a él, sino a todos los que intentan sacar tajada de su locura de amor.

Además, la obra refuerza la idea de que lo deseado, una vez conseguido, produce una mesura en el individuo; y como el placer es normalmente corto y fugaz, luego sobrevienen los lamentos por las locuras llevadas a cabo en su consecución. Así, Calisto se arrepiente de no haber defendido a sus criados o de no haberse interesado por su ajusticiamiento en la plaza; pero este sentimiento de culpa le sobreviene después de haber satisfecho su deseo sexual con Melibea, no antes. Obviamente, la libido le ciega la razón. Después, cuando Calisto muere, es Melibea la que lamenta no haber disfrutado ni ser consciente de su felicidad: ¿Cómo no gocé más del gozo? ¿Cómo aprecié tan poco la dicha que tuve entre mis manos? ¡Ay, ingratos mortales! ¡Solo reconocéis vuestros bienes cuando los perdéis!

Las prostitutas Elicia y Areúsa, que también se habían aprovechado de las viandas que Pármeno y Sempronio le habían birlado a su amo para darse una opípara cena, urden finalmente venganza contra los enamorados, pues los ven responsables primeros de las muertes de Celestina y de sus amantes.

Curiosamente, los dos siervos de Calisto que aparecen en la obra tras la muerte de los dos primeros, parecen repetir el esquema de los anteriores. Ahora es Sosia el seducido por Areúsa. De él sacan las prostitutas la información necesaria para cobrarse venganza a través de Centurión (aunque éste, a su vez, también las miente a ellas, y obra a través de su amigo Traso). Mientras que Tristán ejerce ahora de Pármeno, intentando aportar cordura y prudencia: Sosia, amigo, no tengo mucha edad ni experiencia, pero esta mujer es una conocida ramera…

Al final, la muerte de Calisto no puede estar más rodeada de simbolismos. Cae de la escalera que, al subir, le permitía salvar el muro que lo separaba de su amada. Pero ese muro representa también el más elevado estatus de Melibea. Es decir, que de nuevo hace aparición un elemento no natural, además de la brujería, para conseguir el objeto de deseo: solo con la escalera podía Calisto alcanzar a la dama; y será esa misma escalera de la que caerá para morir descalabrado. Para colmo, el muro impide que Melibea se despida de su amado; solo en diferido, a través de los lamentos de sus criados, obtiene la trágica noticia de su muerte. Tal vez símbolo de que, por las diferencias sociales entre ambos (que deberían haber impedido su unión), ahora quedan condenados a no despedirse. El muro los separa también en la muerte.

Así que, en último término, parece obvio sacar como lectura el cuidado necesario a la hora de pretender alcanzar un fin, especialmente si éste es de índole amatoria. Recordemos que la obra está dedicada a los jóvenes enamoradizos: cuidado de no rodearse de ambiciosos compañeros o interesados ayudantes y embaucadores. Incluso (y esto ya tal vez constituya un atrevimiento muy subjetivo), parece lanzar el mensaje de que conviene no enamorarse de quien no se debe.

La obra termina con un planto (llanto) de Pleberio, padre de Melibea, en el que impreca a la vida y al mundo por engañar a sus moradores, y se rebela contra la existencia de los placeres, pues son trampas para que los hombres puedan creerse felices, y luego sufran desprevenidos las desgracias. Porque estas terminan, inevitablemente, por llegar, aunque uno tome precauciones y crea haber encauzado su vida de forma correcta.

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Bernarda Alba

La Bernarda del título es una mujer de sesenta años que, al comienzo de la obra, acaba de enviudar por segunda vez. Dueña de un carácter autoritario y despótico, ejercerá un férreo matriarcado sobre sus cinco hijas. Esto, unido al peso de las tradiciones en las zonas rurales y profundas de España (la obra transcurre en el interior de una casa en un pueblo español indeterminado) provocará una tensión entre las hijas más jóvenes que desembocará en trágico desenlace.

Bernarda entra en escena pidiendo silencio, y pidiendo silencio se marcha y se echa el telón. Y no es un silencio enunciativo ni asertivo: Bernarda manda callar a sus hijas, a sus criadas…al pueblo entero. Callar para que nada salga de casa, para que nada se sepa de lo que guardan sus gruesos muros.

Como lectores/espectadores, tenemos acceso privilegiado al mundo que Bernarda pretende hermético, alejado de la vista de los vecinos y del conocimiento de cualquiera. Lorca decía pretender que los tres actos de los que consta la obra fueran como tres instantáneas que captaran la esencia cruel y mezquina de una forma de ser y pensar (El poeta advierte que estos tres actos tienen la intención de un documental fotográfico, escribe). Ese es precisamente el atributo que le otorgamos a un álbum de fotos, por mucho que amarilleen sus esquinas: que las imágenes allí consignadas estén para recordarnos cómo éramos, de dónde venimos y el grado de evolución que hemos experimentado. ¿Ha cambiado la sociedad que Lorca pinta en La casa de Bernarda Alba? ¿Siguen pesando tanto los estereotipos? ¿Sigue imperando ese machismo descarnado? Si, desde nuestra perspectiva de lectores del siglo XXI, leemos y releemos La casa de Bernarda Alba, ¿qué nos da a entender? ¿Nos enseña realmente la forma de ser de una época, de una zona geográfica, de un determinado estrato social?

El subtítulo de la obra es significativo: Drama de mujeres en los pueblos de España. No se especifica el nombre del lugar en que se ambienta el texto, pero poco importa, porque precisamente el subtítulo aboga por ese deseo de universalidad (aunque sea una universalidad acotada por los márgenes de nuestras fronteras nacionales). De alguna manera, Lorca nos dice: esto podría ocurrir en cualquier pueblo que ustedes conozcan. ¿Y a qué drama se refiere la obra? Nos referiremos a varios, aunque presentan evidentes concomitancias entre sí: la autoridad despótica, el machismo, la violencia familiar intrínseca, una íntima desconfianza en el ser humano, una hipocresía de manual y una envidia patológica. Todo ello condimentado por un constante temor al qué dirán, y aderezado por un indisimulado deseo de saber de los demás. Y como trasfondo, unas pasiones cohibidas que, cuando estallan, se desbocan y provocan la tragedia.

A partir de aquí, empezamos a desbrozar las claves temáticas de la obra.

AUTORIDAD DE BERNARDA

Bernarda: No pienso. Hay cosas que no se pueden ni se deben pensar. Yo ordeno.

Un principio básico de todas las dictaduras, tanto estatales como familiares, es la imposición de la ley del silencio; esto es, el control de lo que se dice y de lo que se calla. Y hasta, cuando sea posible, de lo que se piense.

Incluso antes de la muerte de su segundo marido, cabría esperar de Bernarda un sometimiento férreo hacia sus hijas, aunque seguramente dependiente y subordinado al criterio del hombre. De hecho, en algún momento Bernarda dice explícitamente a las hijas que ya no pueden ir a decirle nada a su padre, haciéndolas conscientes de que ahora toda la ley está en su mano. Es decir, que ha mimetizado la postura masculina de mando. Si antes tenía que aguardar a la sombra del hombre, ahora que acaba de enviudar ya nada puede domeñar su autoridad.

El personaje de Poncia ejerce un curioso contrapunto. Su papel en la casa es ciertamente peculiar. Es criada de Bernarda desde hace muchos años y conoce los entresijos de la casa. En virtud de ello, a menudo se permite el lujo de encararse con Bernarda, aunque cuando la pone contra las cuerdas, la viuda se encarga de recordarle quién es quién: la pone en su sitio diciéndole que es una simple criada, y que está ahí para servir y callar. Y Poncia reconoce perfectamente su situación. En los prolegómenos de la obra se autodenomina una buena perra que sabe hacer lo que le piden. Pero su peculiar carácter le hace estar a la espera, como si el futuro pudiera brindarle alguna vez la ocasión de vengar cada uno de los gritos y desmanes de su señora. O, sencillamente, como ella argumenta, a lo mejor un día se harta y explotan todos sus sentimientos reprimidos.

Bernarda pronostica ocho años de luto, durante los cuales nada ocurrirá que ella no admita y, por supuesto, sin que ella lo sepa. Esa proclama será precisamente augurio de lo que ya está pasando y pronto se hará público, porque para cuando pronuncie esas palabras, Adela ya estará a escondidas intimando con Pepe el Romano. Bernarda se convierte, de este modo, en epítome perfecto de cómo un exceso de proteccionismo y supervisión suelen conllevar los mayores e inconfesables secretos. Todos sus esfuerzos represivos, que han provocado en alguna ocasión agrios desencuentros con Adela, no habrán servido de nada. Su inestable edificio de mutismo y terror inducido se desmoronará en cuanto todo salga a la luz.

MACHISMO

Bernarda: Aquí se hace lo que yo mando… Hilo y aguja para las hembras. Látigo y mula para el varón.

Posiblemente el machismo reflejado en la obra sea el más pernicioso: aquel que aqueja a la propia mujer; aquel que está tan profundamente arraigado en la sociedad que resulta invisible, pero que forma parte de su propia manera de verse e interpretarse en el mundo. Y ése no solo aparece en boca de Bernarda. También Poncia hace alarde de ello en varios comentarios. Por ejemplo, cuando recuerda que ella misma animó a su hijo para que contratase los servicios de una prostituta, pues los hombres necesitan estas cosas. O cuando trata de convencer a Adela de que espere su momento, porque su hermana Angustias morirá en el parto al ser vieja y estrecha de cintura, dando con ello una imagen de la mujer como “animal que pare”, y poco más.

Magdalena es, de las hijas, la que más explícitamente reniega del triste papel que la mujer parece condenada a representar en la sociedad. Malditas sean las mujeres, así responde cuando Bernarda esgrime las condiciones del luto por la muerte de su marido, y cuando la viuda sentencia con su lapidaria frase: Eso tiene ser mujer. Quizás cabe hacer esa distinción entre Adela y Magdalena: mientras que ésta última tiene una visión crítica, si cabe, por principios filosóficos o ideológicos del papel al que queda relegada la mujer, Adela se opone sencillamente porque contraviene sus intereses amorosos. Magdalena, por tanto, esgrime una crítica “intelectual” y “universal” (la mujer no debería estar así), y Adela una crítica “pasional o sexual” e “individual” (yo no quiero estar así).

LOS RENCORES Y ENVIDIAS. EL APARENTAR

Poncia: mucha puntilla bordada, muchas camisas de hilo, pero pan y uvas por toda herencia.

Una obsesión de Bernarda, bien clara desde su primera aparición en escena, es que nada trascienda al exterior de cuanto ocurra dentro de su casa. Es un celo excesivo y enfermizo por la intimidad. ¿Dónde están los límites? ¿Cuándo la defensa de lo íntimo y familiar pasa a convertirse en un problema serio que enajena? En el caso de Bernarda parece claro: no quiere que nadie sepa de los suyos, pero ella se muestra siempre interesada en los demás. Poncia nos lo advierte cuando dice: Treinta años lavando sus sábanas, treinta años comiendo sus sobras, noches en vela cuando tose, días enteros mirando por la rendija para espiar a los vecinos y llevarle el cuento. La intimidad se vuelve patológica en el caso de Bernarda cuando el que nada salga de aquí se vuelve literal, y la casa se convierte en un encierro claustrofóbico para sus hijas. Solo Angustias, la mayor de ellas, y porque está prometida, puede albergar ciertas esperanzas con respecto a su futuro inmediato. Bernarda permite y desea que entre información desde afuera, pero censura todo lo que salga de sus propios muros. ¿A qué se debe esa obsesión? Todo hace indicar que Bernarda fue, o se considera, perteneciente a una casta mayor que la de sus convecinos. Quizás pertenezca a una estirpe de aristócratas venida a menos. Sea esto cierto o no, poco importa. Lo relevante es que ella se siente por encima de la gente del pueblo, y no quiere que bajo ningún concepto ella y su familia se conviertan en objeto de atención y cuchicheo entre los pueblerinos. Se une a esto su propia filosofía de vida, donde parece que cualquier error condena al sujeto que lo comete de por vida, sin posibilidad para el resarcimiento: Es así como se tiene que hablar en este maldito pueblo sin río, pueblo de pozos, donde siempre se bebe el agua con el miedo de que esté envenenada. Sobreentendemos un pueblo pequeño, donde todo el mundo se entera de lo que ocurre en cada casa, en cada esquina, y es difícil quitarse los sambenitos y las etiquetas. De ahí la imagen simbólica del agua de pozo, en contra de la de un río: en un río el agua fluye; cada corriente es nueva; nada permanece (panta rei, decía Heráclito). Mientras que en un pozo el agua está estancada. Es difícil (por no decir imposible) olvidar o perdonar cuando lo hecho queda impregnado, siempre a la vista. Por eso, suponemos, Bernarda encierra a su anciana madre. No le preocupa que estando en el patio se pueda caer al pozo; sino que las vecinas la vean desde allí. Por eso la casa de Bernarda es una casa de muros gruesos y puertas cerradas: para no dar qué decir al que vive enfrente, que siempre, con su sola mirada, te puede recordar lo que has hecho y lo que no, y el motivo de tu vergüenza.

Entre las propias hermanas aparecen unas rencillas que, se antoja, vienen fraguándose desde hace tiempo. Angustias, la mayor, fue hija de otro hombre, primer marido de Bernarda. Las otras cuatro son hijas de Antonio María Benavides, que acaba de fallecer cuando comienza la obra. Por tanto, son hermanastras. Eso las sitúa en escalones diferentes, sobre todo cuando Angustias es única heredera del primer difunto. Las envidias no se hacen esperar. Además, parece corresponderle la mayor parte de la herencia de su padrastro, por ser la mayor. Y es justamente esa mejor situación económica la que la ha dispuesto como prometida del deseado Pepe el Romano.

María Josefa, madre de Bernarda, es un personaje de extrema peculiaridad, que al respecto del tema que aquí nos ocupa (rencores y envidias) hace una intervención interesante: Cuando mi vecina tenía un niño yo le llevaba chocolate, y luego ella me lo traía a mí, y así siempre, siempre, siempre. Tú tendrás el pelo blanco, pero no vendrán las vecinas. (…) Yo no quiero campo. Yo quiero casas, pero casas abiertas, y las vecinas acostadas con sus niños chiquitos, y los hombres fuera, sentados en sus sillas. Pepe el Romano es un gigante. Todas lo queréis. Pero él os va a devorar, porque vosotras sois granos de trigo. Está hablando con Martirio. Su inesperada y estrambótica aparición (lleva una oveja en brazos y le está cantando) encamina al espectador/lector a esperar una sarta de sandeces en boca de una anciana seguramente aquejada de demencia senil. Pero poco o nada de lo que dice resulta ser estéril. Muy al contrario, parece que cada una de sus palabras guardan la mayor sapiencia filosófica de la obra. Partiendo de una anécdota sencilla, aparentemente intrascendente, lanza una apropiada reflexión que viene muy al caso de lo que está ocurriendo en casa de Bernarda: tú te harás vieja, Martirio, pero no vendrán las vecinas. Porque nadie te conoce. Porque te corroe la envidia. Porque vivirás sola… y peor aún: morirás sola. La anciana demuestra haber sido plenamente consciente de todo lo que ha rodeado el día a día de la casa, a pesar de haber pasado buena parte del tiempo encerrada, como un animal que molesta. Añora la tranquilidad de no tener que ocultar nada a nadie, por eso clama por casas con puertas abiertas, que permitan también escuchar los sonidos de la calle. Es la mayor oposición a Bernarda; ni siquiera Poncia utiliza palabras más concisas ni certeras para reprender la actitud de la señora. Y para colmo, se permite dar la mejor y más oportuna imagen simbólica de Pepe el Romano: un gigante; un gigante que a todas tiene embelesadas. El que diga que terminará por devorarlas, seguramente quiera decir que sacará de cada una de ellas el provecho que quiere, para luego desaparecer; además de que provocará el distanciamiento más absoluto entre las propias hermanas. Así pues, sin aparecer en escena, María Josefa nos radiografía a Pepe el Romano. Su apodo, nuevamente, no es casual: “romano” nos lleva inmediatamente a rememorar el Imperio Romano, sinónimo de poder, de fortaleza. El Romano hace lo que quiere, porque tiene el poder para ello. Para colmo, Adela nos lo retrata de la siguiente manera: Él dominará toda esta casa. Ahí fuera está, respirando como si fuera un león. Es decir, que es comparado con el rey, el animal más fiero, poderoso e imponente. Quizás sin saberlo, la propia Adela ha explicado la situación de inferioridad en la que quedaría en esa relación, caso de consumarse.

LAS RELACIONES SENTIMENTALES EN UN ENTORNO REPRESIVO Y ULTRACONSERVADOR Bernarda: Las mujeres en la iglesia no deben mirar más hombre que el oficiante… Volver la cabeza es buscar el calor de la pana.

Adela comete un grave error: estar enamorada de quien no debe. Y Poncia intenta mediar, a su manera, para evitar que la situación desemboque trágicamente (como al final habrá de pasar). Intenta convencerla de que espere su momento. Las convenciones sociales, y por supuesto, Bernarda, no van a tolerar que Adela se inmiscuya en la relación de su hermana mayor, que es a quien le corresponde contraer matrimonio. Poco importa que parezca haber un consenso unánime en que se tratará de una relación breve, de pura conveniencia por parte de Pepe el Romano. La explicación de Poncia supone para el lector, si cabe, mayor impacto que el definitivo desencadenamiento de los acontecimientos: ¿quién dice que no te puedas casar con él? Tu hermana Angustias es una enferma. Esa no resiste el primer parto. Es estrecha de cintura, vieja, y con mi conocimiento te digo que se morirá. Entonces Pepe hará lo que hacen todos los viudos de esta tierra: se casará con la más joven, la más hermosa, y ésa eres tú.

Adela hará una intervención memorable, en la que tomando como referente inmediato la Pasión de Cristo, se pondrá a sí misma de mártir por la causa  de todas las amantes: Todo el pueblo contra mí, quemándome con sus dedos de lumbre, perseguida por los que dicen que son decentes, y me pondré delante de todos la corona de espinas que tienen las queridas de algún hombre casado. En defensa de sí misma, idealiza su condición de amante, y se coloca en el papel de víctima. Esto solo tiene sentido entendida la relación que Pepe el Romano mantiene con su hermana como producto de una mera convención social, en la que prima más la imagen que el amor verdadero. Porque lo cierto es que ella es correspondida en secreto por el Romano. Y constantemente se hace mención de la fealdad de Angustias, y la impropia fijación de Pepe por ella; salvo el interés por sus caudales, no parece entendible su compromiso con la mayor de las hijas de Bernarda. Así que, Adela clama por todas aquellas mujeres que no pueden estar con quienes aman, por el miedo que los hombres tienen a la opinión pública y las familias a desatender las costumbres. Su relación solo puede ser en secreto y extramarital, porque “oficialmente” el hombre no se da a quien quiere, sino a quien debe.

En definitiva, Adela parece adoptar una peculiar actitud redentora, que algunos críticos han cristificado. De hecho, hasta la petición de Bernarda de que la descuelguen una vez que se ha ahorcado, parece referir ecos del desprendimiento de la cruz.

EL PESO DE LAS TRADICIONES

Bernarda: ¿Es este el abanico que se da a una viuda? Dame uno negro y aprende a respetar el luto de tu padre.

Bernarda impone, como manda la tradición, ocho años de luto, durante los cuales haceros cuenta de que hemos tapiado con ladrillos puertas y ventanas.

Que cada cual piense si la imposición proviene de Bernarda o de la propia tradición. Piénsese en si una persona está condicionada o determinada por el ambiente social en que crece y se desenvuelve; en si uno puede escapar de la fuerza de atracción de las costumbres. Calíbrese la fuerza necesaria para escapar de ellas, y las posibilidades reales de cada uno para conseguirlo. Piénsese, nuevamente, en si la época y el lugar también influyen a la hora de otorgar ciertas facilidades o dificultades para que cada individuo decida por sí mismo. ¿Cómo podemos saber si nuestras decisiones, gustos y fobias responden o no a injerencias socioculturales?

En la época descrita por Lorca en la obra, y en ese ambiente represivo y (posiblemente) analfabeto… (recordemos que se refiere el caso de un muchacha que mató a su hijo fuera del matrimonio, y que, una vez descubierto accidentalmente el cadáver, es apedreada) ¿Qué posibilidades reales presenta una mujer de sesenta años de no padecer un machismo congénito, o de no verse impelida a tomar las decisiones que toma?

Precisamente, a modo de contrapunto, aparece al comienzo del último acto el personaje de Prudencia. ¿Es casualidad su nombre? Prudencia ha tenido problemas con su hija. Pero su actitud es Yo dejo que el agua corra, en clarísima oposición a lo dicho justo antes por Bernarda: Una hija que desobedece deja de ser hija para convertirse en enemiga.

Recordemos que Bernarda había descrito el pueblo como un pueblo de agua de pozos, donde no hay río. En contraposición, Prudencia sí aboga por que los sucesos no se queden para siempre estancados en la memoria (una memoria, además, inmisericorde y rencorosa con una hija), sino que fluyan y se vayan. Dejar que el agua corra es, aquí, símbolo de perdonar y olvidar. Mientras que en el mundo de Bernarda nada pasa: todo queda y permanece. De ahí, parece obvio su temor a que la gente del pueblo sepa de cualquier minucia de su casa. Teme, bajo la consideración particular de su manera de ser y de vivir, que los detalles que trasciendan de su casa jamás sean olvidados por la gente del pueblo.

El suicidio final de Adela puede entenderse como un acto de frustración y rebeldía: frustración por no poder estar con el hombre a quien ama; y rebeldía porque Adela nunca aceptó las imposiciones sociales que marcaban las tradiciones del pueblo, ni la tiranía de su madre.

Las palabras finales de Bernarda son de una terrible fuerza; la fuerza que confiere el miedo producido por haber descubierto que ha precipitado justamente aquello que más temía. Intenta convencerse y convencer a los demás: ¡Mi hija ha muerto virgen! Y acto seguido: Llevadla a su cuarto y vertirla como si fuera doncella… Es prisionera de sus propias palabras: como si fuera doncella… Por lo tanto, no lo es. Ella, la hija menor de Bernarda Alba, ha muerto virgen. Se nombra a sí misma en tercera persona porque está reproduciendo las palabras justas que quiere que sean dichas por la gente del pueblo. Eso es lo que espera y pretende. Su mundo pende de un hilo: el mundo ordenado que intentó dominar dentro de los muros de su casa. Primero debe convencerse a sí misma; luego al resto de sus hijas; finalmente, al pueblo: ¿Me habéis oído? Silencio, silencio he dicho. ¡Silencio!

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Llenos de vidaJohn Fante (el protagonista de esta novela, no su autor) está casado con Joyce. Ella es hermosa e inteligente, pero está embarazada… Y se ha vuelto inestable, arisca, maniática y caprichosa. La hermosa casa en la que viven, gracias a los honorarios de Fante, que es escritor y guionista (curiosamente -sic- como el autor), está infestada de termitas que la están echando abajo. Así que, a John se le ocurre una idea: le pedirá a su padre, Nick Fante (que no es el padre del autor de esta novela, sino del John Fante personaje), hábil manitas y albañil, que se la arregle. Para ello deberá desplazarse hasta el domicilio de los padres, a los que hace más de seis meses que no ve.

Esta es la propuesta inicial de una lujosa tragicomedia llena de aciertos, de un autor de culto, para unos padre del realismo sucio cuya doctrina sentaría Bukowski; para otros, profeta de la Generación beat. Que si descripción peregrina del sueño americano venido a menos o intrascendente narración del american way of life. Para mí, inmejorable escaparate de aquellas miserias y grandezas del día a día que afectan por igual, con independencia del contenido de nuestras billeteras.

John FanteLos diálogos son un directo a la mandíbula, por su rapidez y aparente sencillez. La inteligencia asoma en cada línea; inteligencia para captar las sutilezas de las relaciones personales (padre/hijo, marido/esposa…) y del día a día. Toda una oda al mejor cine norteamericano de los 50; industria para la que, por cierto, también trabajaba Fante (el escritor y el personaje de esta novela).

Los personajes quedan definidos con unos pocos rasgos que exagera y explota el autor con maestría, quedando para el recuerdo el personaje de Nick Fante, padre, que a golpe de episodios pintorescos, como el inolvidable viaje en tren, queda convertido en un perfecto retrato, caricaturesco, eso sí, del histrionismo provinciano del anciano maniático y posesivo; talentoso para hacerse víctima o verdugo, según le convenga.

Y Fante, como todo buen hijo, siente las contradictorias ganas de matar a su padre y, acto seguido, recompensarle cumpliendo todos sus deseos. Porque, tras sus negativas a las seniles ocurrencias y caprichos del viejo, Fante reconoce la fragilidad de un anciano de campo a quien el mundo actual de la ciudad le sobrepasa. Como cuando el viejo se marcha ante la negativa de John de escribir sobre su tío Mingo:

“Sí, me eché a llorar. Quise darme golpes de pecho y decir mea culpa, mea culpa, porque vi el patetismo de la vejez, la soledad de los últimos años, mi Padre, mi anciano padre que había llegado de los Abruzos, campesino hasta la muerte, sentado en el banco, solo ante el mundo.”

Y el carácter tragicómico de la obra se hace especialmente patente cuando esas escenas entrañables, en que uno reconoce, junto al autor, la inocencia desvalida de un hombre anciano, se siguen de otras en que el padre demuestra sabérselas todas y ser un pícaro rencoroso.

Asombra la actualidad no solo de temas que aborda, sino sobre todo la manera en que lo hace. En relación al uso de medios profilácticos y la posición de la iglesia al respecto, enfrenta los usos y costumbres conservadoras de un viejo campesino a los de un hombre de mediana edad que trabaja en la ciudad, con una buena posición, y dedicado a una labor elitista, inmerso por tanto en las reglas del mercado capitalista.

[John Fante]

-Me gusta planificar mi familia.

[Nick Fante]

-Planifícala. Ponte a ello. Niños.

-Niños, claro. Muchos niños. Pero cuando yo quiera, papá. La Iglesia no admite el control de natalidad.

-¿Control de natalidad?

-No puedes impedir que vengan. Vienen y vienen.

-¿Y eso es malo? Eso es bueno.

-Ya no somos campesinos. Hay que parar en algún momento.

Entornó los ojos.

-No me gusta eso que dices.

-Un hombre debe estar en condiciones de decidir cuándo quiere un hijo.

-No me gusta eso, muchacho. Te lo digo claramente.

-Imagínate que vienen y no tenemos dinero.

(…)

-Con mis nietos no, ¿entendido? Déjalos en paz. Deja que vengan. Tienen tanto derecho a estar aquí como tú.

(…)

-No tiene nada que ver con los derechos. Es una cuestión de economía.

 

Y esto es literatura del 52, situada en un enclave geográfico en el que, por injerencias socioeconómicas, empezaban a plantearse cuestiones que chocaban frontalmente con el canon de lo políticamente correcto. No en vano, el catolicismo arraigaba con fuerza en Norteamérica en ese momento, y aquí, en nuestro país, un tema peliagudo como ese solo se discute y tiene cabida literaria desde hace dos días, como quien dice.

Todo está contado con un desenfado irónico que invita a la sonrisa, como la súbita religiosidad de su mujer, que él no se atreve a considerar sino como un antojo propio de su estado hormonal alterado.

Pero a su vez, cada uno de estos gags puede ser carne de un menú más profundo, para paladares que renieguen de sabores superficiales. Porque es condición propia del humor bien hecho el ser “humor inteligente”.

Todas las escenas parecen sacadas de una comedia de situación, y a cada cual mejor:

-presentación, inestabilidad emocional de la mujer embarazada y aparición del problema.

-encuentro con los padres del protagonista.

-viaje de vuelta en tren

-entrada del padre en casa y análisis de desperfectos

-conversación con el cura

-parto fallido

El último episodio, no listado arriba, corresponde a una escena que rompe la tónica general de la obra, pues toda la negatividad que el Fante protagonista parece atraer hacia sí de todos los personajes participantes: su mujer, su padre, el médico, el cura… se disuelve finalmente, quedando una especie de reconciliación. También metafísica, pues parece que el personaje decide abrazar finalmente la causa de Dios. ¿Será por eso que su disparatada historia se resuelve positivamente?

Lean a Fante; lean Llenos de vida. No les defraudará.

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Creo que somos multitud los que, preocupados por la salud, nos preguntamos: ¿qué estamos haciendo mal? ¿Qué podemos hacer y qué debemos evitar para quedar exentos de padecer algún tipo de cáncer, o enfermedad degenerativa? ¿Es algo que, realmente, esté en nuestras manos?
Se habla de tantos factores contribuyentes, que parece que a uno no le quede más remedio que rendirse y encomendarse al azar para no contraer ni ser portador en potencia de ninguna enfermedad importante. Obviamente, conocemos desde hace tiempo hábitos de vida saludables que ayudan a minimizar las probabilidades: no fumar, no consumir alcohol ni drogas, practicar deporte o ejercicio físico, descansar entre 6 y 8 horas diarias, beber abundante agua, llevar una alimentación equilibrada… En fin, recetas que han pasado a formar parte del acervo popular, y que cualquier persona sin formación específica en ciencias de la salud conoce y puede administrar. Sin embargo, o bien el hecho de saber esto no va de la mano de su práctica, o bien hay algo, tan importante o más que lo dicho, que no tenemos tan en cuenta. Porque lo cierto es que las incidencias de tumores malignos, pacientes de alzhéimer y enfermedades neurodegenerativas aumentan en la última década, según la OMS. Desde hace años se nos ha instruido convenientemente sobre la importancia del estrés, la presión laboral, los disgustos emocionales y económicos. De todo ello ha dado buena cuenta la literatura (por llamarla de alguna manera) de autoayuda, que da instrucciones sobre cómo pensar positivamente, cómo evitar la depresión, cómo soportar a tu jefe tirano y déspota, y cómo activar y liberar la energía de tus chakras a través de la meditación. Insisto en que la preocupación por estas cuestiones ha sido y es tal, que la proliferación de libros que las abordan copan los primeros puestos en las listas de ventas. Así, no son muchas las editoriales que se abstienen de traducir y publicar alguna obra dedicada a estos menesteres, por los pingües beneficios que dispensan.
Una de ellas, de las editoriales que suelen aprovechar el filón de lo actual, es Aguilar, que con varios años de retraso nos trae los escritos del ínclito japonés Hiromi Shinya. Libro, por otra parte, apadrinado por Mercedes Milá (sic), a quien probablemente le debemos buena parte de las ventas del libro tras promocionarlo en Gran Hermano (así nos va…).
Empezando por lo más evidente, decir que la portada del libro me parece digna de censura; cuanto menos, de una censura intelectual. “La dieta del futuro que evitará las enfermedades cardíacas, curará el cáncer, detendrá la diabetes tipo 2, combatirá la obesidad y prevendrá padecimientos crónicos degenerativos”. Por mucho menos se han empapelado a muchos gurús, habladores y payasetes de televisión, que al menos distraen y hacen reír. Pero el libro de este cirujano japonés tiene muy poca gracia. Precisamente porque juega a dar respuesta a las cientos de miles de personas que, como tú y como yo, nos preguntamos por esas razones que no alcanzamos a entender, de por qué enfermamos (sin que creamos haber hecho nada para merecerlo). Un libro con esas pretensiones, y con la tirada de ventas que éste ha conseguido, merece sin duda una atención por parte de los especialistas, para que adviertan al público de perfil cultural bajo (que es el que compra este tipo de productos y los lleva a encabezar las listas de ventas) de las mentiras y verdades que contiene. El asunto lo merece. Porque me parece extremadamente peligroso que se mezclen sin orden ni compás verdades como puños (algunas de las cuales ya las hemos citado al principio) con otras tan dudosas que la comunidad científica (al menos los expertos que se han pronunciado sobre el libro de marras) echa por tierra.
Atendiendo al estilo (porque, si es un libro, debe tenerlo, sea cual sea el género al que se adscriba), La enzima prodigiosa es lamentable. Hay errores de traducción sonrojantes (remover por quitar o extirpar, lo que es un claro ejemplo de traducción perrera del “remove” inglés). La estructuración de ideas y el nivel descriptivo es paupérrimo (lo que no me sorprende, pues es la nota habitual en este tipo de libros). Constantemente se repiten y solapan ideas que ya han sido expuestas anteriormente. Para colmo, aunque el volumen no llega a las 200 páginas, podría haber quedado resuelto en menos de 50. Pero, claro está, eso no se podría haber vendido a 18€ el ejemplar.
Como decía, las ideas contenidas en La enzima prodigiosa se pueden resumir en muy pocas líneas. A saber: nada de alcohol, proteínas ni leche. Evitar la carne, y tomar, preferentemente, verduras y frutas muy frescas. Tan frescas que casi nos propone tomar las peras sin cortarlas del árbol. Vamos, que para decir que hay que limitar el consumo de carne y productos industriales, y dar prioridad a las verduras y alimentos ecológicos (una suerte de veganismo es su propuesta), no hace falta ser un eminente endocrinólogo. Porque no dudo de que lo sea. Ahí está su importante papel como pionero de la técnica colonoscópica y su demostrada valía en la profesión médica, ejercida a caballo entre Japón y EE.UU. Al César lo que es del César. Ahora bien, el 90% de la fortaleza de los argumentos que aporta se deben exclusivamente a eso: a su propia experiencia médica. Olvídese el lector de citas constantes o referencias a otros investigadores o estadísticas que apoyen lo que dice. Tal vez sea porque los lectores habituales de este tipo de libros rehuyen de ese tipo de asuntos (¡ni que estuvieran leyendo un artículo científico!). Aquí lo que hay es mucha anécdota y mucha alusión al ejercicio de la medicina llevado a cabo por el propio Shinya. Es decir, argumento de autoridad autorreferencial: el summum del egotismo.
Así que, aparte de las verdades de Perogrullo (que no habrían hecho de este libro vender 2 millones de ejemplares… ¿o sí?), las afirmaciones problemáticas que rompen con algunos de los tópicos asumidos son: el no a la leche, el no a las proteínas y su teoría sobre las enzimas madres. Lógicamente, es esta teoría la que sustenta sus noes a determinados alimentos, y sus síes a otros.
Básicamente consiste en lo siguiente: las enzimas prodigiosas (o enzimas madre, término preferible por parecer un poco más científico y menos milagrero) son enzimas “comodín” que nuestro organismo tiene en cantidad finita y limitada. A pesar de que no hay constancia científica de su existencia (Shinya asegura que de aquí a poco se demostrará, así que toda su dieta se sustenta en una teoría que, de quedar refutada, caería irremediablemente), el médico japonés habla de un potencial enzimático, es decir, de la cantidad concreta que cada individuo posee de ellas, de tal modo que de su carestía y agotamiento dependería el contraer buena parte de las enfermedades que aquejan al ser humano. Puesto que nuestro cuerpo requiere del uso constante de las enzimas para gran diversidad de procesos, estas enzimas tendrían un valor innegable, pues acuden a la ayuda y rescate de aquellas que la requieran. Y, al usarse, se gastan. Por tanto, si le damos a nuestro organismo digestiones pesadas, obligándolo a trabajar sobre moléculas que requieren un gran esfuerzo enzimático (por ejemplo, con alimentos que según Shinya nuestro cuerpo no necesita, como la leche de vaca), estaremos acabando con nuestras enzimas madre. El resultado final es que nuestro organismo sufrirá un deterioro apresurado al verse obligado a incidir sobre los radicales libres que son la clave de nuestra oxidación y consiguiente envejecimiento.
Moraleja: no hagas trabajar demasiado a tus enzimas, e incluso renuévalas con una alimentación adecuada, y así echarás de tu cuerpo sin grandes esfuerzos las sustancias de deshecho resultantes de otros procesos químicos internos que nos hacen envejecer y, a la postre, morir.
Insisto: todo es una teoría. Ello no implica nada negativo, puesto que todos los grandes avances científicos empiezan como tal. Incluso el doctor tiene la honestidad de proponerte que lo pruebes: “hazte una colonoscopia antes de iniciar la dieta de la enzima prodigiosa, y luego otra, tres meses después de llevarla a cabo. Verás los resultados”, llega a afirmar.
Lo que dice el doctor Shinya no es nada nuevo. Es más, se apunta a la moda de científicos holísticos, para los cuales el ser humano es un todo continuo (adiós, Descartes) donde mente y cuerpo forman un conjunto empático en el que lo bueno y lo malo para uno de ellos, revierte correspondientemente en el otro. Así que, tampoco escatima el japonés en añadir a sus recomendaciones alimentarias una buena dosis de positivismo y equilibrismo vital. Mens sana in corpore sano.
Todo comenzó con la muda de Shinya de Japón a EE.UU. Al llegar a yanquilandia, su mujer y sus hijos comenzaron a enfermar. El médico investigó las razones, a la búsqueda de posibles soluciones. No llegó a tiempo de encontrarla para el lupus de su esposa, pero sí para la dermatitis atópica de su hija y los problemas de colon de su hijo. La acusada fue la alimentación, y especialmente, la leche. Es cierto que se ha escrito largo y tendido sobre los más que posibles perjuicios de este alimento para el ser humano. De hecho, la intolerancia a la lactosa parece también haber sufrido una explosión de incidencias en el primer mundo (últimos estudios llegan a afirmar que esta intolerancia es natural, y que lo extraordinario es su tolerancia). Y argumentos como que la lactasa (enzima responsable de su rotura para el posterior metabolismo) disminuya con el paso de los años, parece indicar que el propio cuerpo no necesita de ella una vez adultos. Desde hace muchos años se viene escuchando aquello de que los humanos somos los únicos animales que consumimos leche después de pasadas las primeras fases del desarrollo (lactancia).
En definitiva, no hay muchos “peros” que poner a este asunto de la leche, salvo dejar dicho que cada cual estudie la reacción de su propio cuerpo ante la presencia de lácteos en su dieta. Shinya lo tiene claro: consumir con frecuencia leche y derivados de ella son serios condicionantes para tener una mala salud y desarrollar enfermedades serias.
Mi gran desconfianza hacia este tótem moderno de las “dietas milagro” (hay uno nuevo cada dos o tres años) viene de la mano, fundamentalmente, de dos factores:
1º en su página web (http://enzymefactor.com/index.php) puede el interesado encontrar los correspondientes productos “milagro” a una dieta que, “a priori” se basaba fundamentalmente en comer productos tan frescos como se pudiera. Repito, que leyendo su libro no he dejado de pensar en que su propuesta es un veganismo sin más, al que se le viste con un entramado teórico por demostrar. Y, como suele ocurrir en estos casos, sus recomendaciones más importantes solo consiguen ser utopías incluso para el lector más ganado para su causa: ¿cómo evitar sustancias conservantes en muchos alimentos? ¿Cómo tomar el pescado y las verduras tan frescos como para evitar todo rastro de oxidación en sus capas externas? Todo parece abocarnos a necesitar un huerto detrás de nuestras casas, y una barca con las redes echadas y la plancha dispuesta. Por cierto, olvídense del agua del grifo, fuente de microbios y bacterias que poco bien harán a nuestro cuerpo. Su propuesta es agua embotellada de alta calidad o, en su defecto, las jarras ionizadoras que alguna vez se han dejado ver por La Tienda en Casa (seguro que de aquí a poco también se ofertarán en su página web). En fin, todo un merchandising al servicio de una dieta milagrosa. Sus botecitos con suplementos enzimáticos (enzimas de rejuvenecimiento, se llaman) pueden adquirirse por el módico precio de entre 50 y 60$ (aproximadamente). Vamos, una baratija cuando se trata de vivir eternamente. En definitiva, si no sigues sus instrucciones, es que eres un humano débil a quien no le importa morir joven.
2º una deplorable afirmación, carente de fundamento científico, que resultará esperanzadora para enfermos de cáncer. Prácticamente llega a asegurar que, mientras que no se trate de un caso terminal, el cáncer puede revertir o estancarse siguiendo estrictamente sus directrices. ¿Cómo puede tolerarse este tipo de insinuaciones, sin profundos estudios a sus espaldas que avalen lo que dice? Cualquier paciente que lea este libro, siguiendo las explicaciones de Shinya, se convencerá de haber perdido buena parte de sus enzimas prodigiosas, razón por la cual creerá haber enfermado. ¿Cuánto no invertirá un enfermo en las dichosas cápsulas milagrosas del doctor? La estafa está servida: te cuento por qué has enfermado, y te vendo el remedio. Incluso se permite el lujo de animar a los pacientes a abandonar sus sesiones de quimioterapia (porque hacen más daño del que pretenden sanar), en favor de su dieta. Lamentable y enjuiciable.
Epílogo: este análisis es fruto de la lectura de este libro en formato digital, descargado ilegalmente de una página cuyo nombre omitiré. ¡Bendita piratería, que nos libra de pagar por estas memeces!

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Piense conmigo el lector ocioso: ¿qué sería de algunas obras literarias si, en lugar de haber visto la luz en el momento en que lo hicieron, su escritura y/o publicación se hubiesen desplazado en el tiempo, a épocas menos propicias para su reconocimiento y su recepción? Estoy convencido de que muchas de las grandes obras de todos los tiempos mantendrían el tipo sin titubeos ni flaquezas, pero no puedo albergar la misma certeza con otras. Y no necesariamente por demérito de ellas, sino por falta de acomodo con los tiempos y los lectores.

Probablemente sea un ejercicio improductivo, pero imagínense qué cantidad de laureles le corresponderían en la actualidad a los casos de un Hercules Poirot, Miss Marple o Sherlock Holmes, entre el marasmo multiformato de historias de detectives, forenses y policías. El cine, las series televisivas y la promiscuidad del género en literatura probablemente los harían pasar por enésimas revisiones de temas sobreexplotados, que trataran de buscar su trozo del pastel aportando sutiles líneas de originalidad en un panorama de agotamiento generalizado del género.

Pero el ejemplo es trasladable a muchos otros casos: en un momento en que estamos asistiendo a una reivindicación del género épico-fantástico, gracias a nobles ejemplos como la saga de Geralt de Rivia de Sapkowski, o la aún inconclusa trilogía de Patrick Rothfuss, o Malaz: el libro de los caídos, todos ellos liderados por la ínclita saga de George R. R. Martin, Canción de Hielo y Fuego… ¿qué sería hoy de la aparición en estanterías, por primera vez, de una desconocida trilogía de un tal señor Tolkien? ¿Acaso no se entendería como el intento de aprovechamiento por parte de alguna editorial, de sacar partido a un momento de especial aceptación de este tipo de historias?

¿Y qué sería de las seminales Drácula, Carmilla, La Familia del Vurdalak El Vampiro de Polidori? Seguramente pasaran por ser estelas deudoras de un ramalazo de literatura de terror copada por vampiros incapaces de domeñar su libido (y eso que carecen de corriente sanguínea). Y las desventuras sicalípticas de Justine (Marqués de Sade)  no serían más que el intento de seguir el rebufo de las dichosas 50 Sombras de Grey, que hoy se muestran como triste modelo a seguir de la literatura erótica (para mujeres).

Siempre cabrá aducir que sin aquellas obras que abrieron camino, nunca habrían llegado a ver la luz las novedades literarias que hoy siguen sus pasos (unas más alejadas que otras, y con disparidad de acierto). Pero como ejercicio mental, quizás este what if…? contribuya a reconocer la importancia del momento en el surgimiento de unas obras y su consecuente recepción. Sobre todo, creo yo, en aquellas que pertenecen a géneros, como el terror, la sci-fi y la fantasy, en los que son tal vez más acuciantes la progresiva pérdida de inocencia del lector y la acumulación de tópicos. En estas lides, el perro viejo abomina de lo archiconocido, de lo que inmediatamente refiere a casos pasados más lujosos. Porque el buen conocedor de estos géneros suele ser más dado a venerar los ejemplos del pasado (a los que idolatra como obras de culto) que los contemporáneos (a los que suele mantener en suspenso hasta ver cómo los trata el paso del tiempo).

Y es que se me hace imposible valorar un libro como Elsewhere, sin pensar en que mi opinión sobre el mismo variaría notablemente si, en lugar de tratarse de una obra de 1999, lo fuera de dos, tres o cuatro décadas atrás. Porque la historia que narra, en el año en que sale a la luz, empieza a estar trillada. Es el mismo año en que vimos en cine El sexto sentido, si bien aún faltaría algo más de un año para el estreno de Los otros, película con la que sin duda tendrá muchísimos puntos coincidentes (¿de verdad, Amenábar, que no leíste el libro de Blatty?). No es mi intención spoilear al improbable lector de esta reseña, pero quien haya visto sendos filmes, probablemente ya se esté haciendo una idea acertada del giro argumental que se pretende en el desenlace.

Mi propuesta de ejercicio mental de imaginar qué habría sido de ciertas obras si vieran la luz por primera vez hoy, no me parece un asunto menor. Porque independientemente del momento en que fueran escritas, la recepción por parte del lector en la mayoría de los casos no ocurre en ese mismo período. Hay que contar con el tiempo transcurrido en la traducción a otros idiomas y su posterior publicación en países lejanos al de origen. Súmesele a esto los meses, lustros o décadas que pueden pasar hasta que una persona elige la obra y acomete su lectura. ¿Es justa la valoración que un lector actual puede hacer de una novela que fue escrita generaciones atrás? ¿Acaso no corre el riesgo de que buena parte (o algunos o todos) de los valores que atesora queden anacronizados, descontextualizados en su época? No me parece, insisto, una cuestión menor, y la teoría de la recepción lectora ya cuenta en su haber con estudios sobre ello. El lector medio puede ser muy etiquetador, y puede enjuiciar una obra como imitadora de otra solo porque la ha leído o visualizado después de aquella. Y este hecho, que quizás para algunos no pase de ser algo anecdótico, puede suponer y de hecho supone, el ostracismo de algunas obras y el éxito vertiginoso de otras. En muchas ocasiones, nuestro inevitable desconocimiento como consumidores, nos hace conceder laureles a trabajos que han tenido como principal acierto el beber de fuentes tan maravillosas como olvidadas.

Elsewhere participa, junto a historias como Carnacki, de Hodgson, Emergo, Polstergeit, House of Haunted Hill o La Guarida, de un subgénero en sí mismo dentro del terror: las casas encantadas. Y en los casos citados (además de otros muchos) siempre coincide que la situación paranormal del caserón o vivienda en cuestión requiere de la presencia de un experto o de un grupo multidisciplinar de parapsicólogos, videntes, médiums y demás fauna, para liberar la residencia de apariciones fantasmales y hechos inexplicables, o para demostrar que eran enfermizas imaginaciones de sus propietarios.

En este caso el protagonismo se reparte entre Joan Freeboard, una agente inmobiliaria, Terence Dale, un famoso escritor ganador del premio Pulitzer, la vidente Anna Trawley, y el doctor Case. Freeboard tiene como misión conseguir vender la mansión Elsewhere, la cual goza de un oscuro pasado sembrado de asesinatos y suicidios que la convierte en un producto difícil de colocar en el mercado. A la vendedora se le ocurre invitar a dos expertos en temas sobrenaturales para desmentir las falsaas historias que sobre Elsewhere se cuentan. Además, traza un acuerdo con el director de la revista Vanities para que el afamado escritor Terence Dale escriba un artículo sobre la experiencia. Como es de esperar, los ruidos extraños y las apariciones inexplicables no tardarán en sucederse, creando el temor entre los presentes. Además, no puede faltar la figura del experto en el Más Allá (el doctor Case) que sembrará dudas entre los escépticos con discursitos en los que pretende demostrar que la realidad empírica es en sí misma un misterio en el que hemos decidido creer sin cortapisas:

…lo que propongo es que el universo mecanicista y maquinal de la ciencia materialista constituye probablemente la mayor de las supersticiones de nuestra época. ¿Sabe usted lo que nos dicen los físicos cuánticos? Ahora dicen que los átomos no son cosas, que en realidad son “procesos”, y que la materia es una especie de ilusión; que los electrones son capaces de moverse de un punto a otro sin pasar por el espacio intermedio, y que los positrones son en realidad electrones que, al parecer, viajan por el tiempo al revés, y que las partículas subatómicas son capaces de comunicarse entre sí a billones de kilómetros de distancia sin que exista ninguna conexión de causa y efecto entre ellas. ¿Existen los fantasmas? ¿Están con nosotros aquí y ahora? ¿En esta sala? ¿Al lado mismo de usted, quizá? ¿Quién podría decirlo? Pero, en un mundo como el que acabo de describir, ¿hay lugar, en realidad, para algo que pueda calificarse de sorprendente?

Se trata de una lectura entretenida, de personajes planos y estereotipados, con sobreabundancia de diálogos rápidos y directos. No es que consiga poner los pelos de punta ni inquietar, pero al menos, ayudada por su extensión (menos de doscientas páginas), invita a ser leída del tirón. Insisto en que el giro final sorpresa lo será solamente para aquellos que no sean muy duchos en lecturas y cine de este género. En todo caso, el desenlace es tramposillo como pocos, con muchos agujeros inexplicables, y una sensación de inconexión entre los sucesos ocurridos y la supuesta resolución y explicación de los mismos.

Odio decirlo así, pero cumple como lectura veraniega…y poco más. Triste bagaje para el autor de la inolvidable El exorcista, de quien la mayoría recordará su versión cinematográfica, no así su también estimable original literario del que este señor es responsable.

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Alice trabaja en PopCo, la tercera empresa mundial de juguetes, en el departamento de I+D, y es la encargada de una línea de productos dedicada a la temática de espías y detectives privados. Acude a una de las anuales convenciones de la multinacional, donde les proponen a un selecto grupo de empleados que desarrollen una gama de juguetes para el sector de público objetivo más complicado: las niñas adolescentes. Al mismo tiempo, alguien intenta ponerse en contacto con ella a través de unos códigos cifrados que misteriosamente van apareciendo en su habitación…

Desde hace ya muchos años, lo que le exijo a un libro para que dedique mi tiempo a terminarlo, es exactamente lo mismo que le exijo para que entre en mi selecta lista de “tres” o “cuatro estrellas”. Mi intención abarcadora y mi habitual resistencia a dejar historias a medias han cedido con el tiempo. Son tantas las lecturas pendientes, tantas las obligaciones que se hacinan junto a mis inclinaciones más ociosas en un reducido espacio de tiempo, que no tengo más remedio, como la mayoría, que seleccionar bajo criterios cada vez más estrictos y disuasorios. El resultado puede no ser el mejor, pero es el jugo de mis esfuerzos, el producto de mis inclinaciones, mis manías y obsesiones. ¿Y cuáles son esas exigencias? Tal vez podría dar rodeos para terminar explicándolo con otras palabras más apropiadas, pero, en esencia son: que me produzca deleite estético por su forma (algo muy difícil de describir a estas alturas, porque es un placer subjetivo, siempre; y sesgado), que me enseñe cosas del mundo que me rodea (en sus diferentes estados: material, psicológico, metafísico…) y que me divierta. No voy a decir que estas tres exigencias están en orden de preferencia; y ni siquiera diré que me conformo con una o dos de ellas, porque hasta ahora, en los años que hace que me he impuesto este criterio, la presencia de una ha co-implicado la de las otras dos. Podría argumentar largamente las razones que me llevan a decir esto, pero solo diré que el deleite formal me enseña, y al aprender me divierto. Criticable o no, son mis requerimientos. Y no me extrañaría que algún día cambiaran. Seguramente para verse reducidos en uno o dos puntos… O quién sabe, a lo mejor para multiplicarse, hasta hacer que solo terminara uno o dos libros al año.

Pero ciñéndome al presente, lo cierto es que los libros de Scarlett Thomas cubren con precisión y garantía mis exigencias, convirtiéndose, para quien esto escribe, en uno de los mejores ejemplos de literatura joven europea, plenamente consciente del tiempo en que escribe y describiendo como nadie el mundo que nos rodea.

Quizás para algunos sea un ejemplo de literatura pop que bebe demasiado del eclecticismo propiciado por las nuevas tecnologías de información. Pero para mí es eso lo que la convierte en referente obligado de la literatura actual. Porque, a diferencia de otros ejemplos de ingrato recuerdo, Scarlett Thomas, aunque adopte elementos y argumentos claramente posmodernos, no propone una revolución new age de la novela, sino que solo cambia los hábitos con que reviste una historia de estructura, en fondo y forma, clásica. Pero las reflexiones en primera persona de la protagonista, las descripciones y los diálogos se nutren de realidades de nuestra época que otros omiten por considerar antiestéticos en una novela.

Se permite varias páginas para explicar, con ejemplos, distintas técnicas de cifrado (desplazamiento César, tabla de Vigenère…); se permite descripciones como: “En la oscuridad, el edificio principal parece el lugar al que se llega tras atravesar un bosque infestado de bandidos en un juego de rol”. Se permite citar anécdotas del tipo: “Dice la leyenda que la PlayStation de Sony fue inventada por personas que apenas conocían el mundo de los videojuegos”. Se permite plantear jueguecillos de pensamiento lateral que muchos conocemos desde pequeños, o curiosidades científicas, o diálogos sobre la realidad virtual…

Con todo esto, y según quién lo lea, Scarlett Thomas puede pasar por una friki que no escatima a la hora de usar sus hobbies para llenar páginas. Yo, sin embargo, lo considero una digna forma de tomar los referentes culturales de una época. La elite artística biempensante parece a veces defender que tomar hechos y usos presentes en una obra literaria es de mal gusto. Cuando es ni más ni menos lo mismo que muchos venerados y clásicos autores hicieron en su momento. La única diferencia es que para nosotros sus referencias pertenecen a un pasado lustroso (sí, parece que en literatura “cualquier pasado fue mejor”…). En esta tesitura, escribir como lo hace Thomas no solo me parece digno de elogio, sino necesario. Otros argüirán que esta escritura pop y/o posmoderna es claramente comercial y carente de belleza lírica intrínseca. No estoy en absoluto de acuerdo. PopCo contiene pasajes de una delicadeza sobrecogedora que, además, como buena parte a cumplir por mis exigencias lectoras, hacen pensar. No hay nada malo inherentemente al hecho de tomar el presente como motivo literario. ¿Cómo se podría abordar en el futuro una historia literaria sin la aparición de móviles, tablets, videoconsolas, Facebook, twitter, etc.? Es como si en los albores del siglo XX nos plegáramos a no considerar como elementos literaturizables el avión, la radio, o el televisor, y parecieran de mal gusto que se les diera cobertura en las páginas de un libro. Escribir novelas sobre esta época obviando esos productos sería solo posible si los personajes que las protagonizaran vivieran en una burbuja intemporal y a-espacial.

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Resulta difícil no estar de acuerdo con la mayor parte de los argumentos de Vargas Llosa; y más que con sus argumentos, con sus conclusiones. Hay que estar muy ciego o muy imbuido del mundanal ruido para no ser capaz de advertir que el mundo que hoy conocemos es, en lo que se refiere a la comunicación, la relacionalidad y la interactuación (entre personas, y de las personas para con el mundo físico que les rodea), o muy distinto o diametralmente opuesto al que vivenciaron nuestros padres o abuelos. Vargas Llosa hace una disección de la civilización del espectáculo, insisto, certera especialmente en cuanto a conclusiones, como que es imposible concebir el concepto de cultura de igual manera que hace décadas, y que ello se debe en buena medida al pensamiento débil posmoderno y su relativización constante. Sin embargo, hay veces en que los argumentos aportados por el peruano se me antojan parciales y generacionalmente sesgados. Me explico. El autor hace mención fugaz a ámbitos de la cultura posmoderna a los que parece que adjudica parámetros negativos sin demasiados fundamentos. Y sinceramente, da la sensación de que ni maneja, ni comprende, ni se ha informado debidamente a la hora de abordarlos en un libro, el suyo, en el que por su vocación y finalidad debería hacerlo de una manera mucho más seria. Me refiero al nuevo concepto de gratuidad que se viene desarrollando en paralelo al auge de internet, o la liberalización de la cultura, o las novedosas y “altruistas” muestras de financiación de productos culturales (crowfunding), o la popularización de medios de ocio a los que ya cabe denominar “ocio de masas”, tales como los videojuegos (uno de los sectores industriales que más producen), o los cómics, que en absoluto pasan ya por ser una vulgarización de las novelas, y merecen su deslinde como el teatro del cine, o la fotografía de la pintura. Eso por no mencionar que todo estudio que se precie sobre la posmodernidad (porque, en el fondo, hablar de civilización del espectáculo no es sino evaluar los daños de la posmodernidad en la cultura secular) debería acometer un riguroso y serio trabajo de investigación sobre las tribus sociales, el maltraído término del frikismo y la expansión de las redes sociales. Y además, Vargas Llosa da buena muestra de que no le interesa el abordaje de estas cuestiones cuando desestima el trabajo de Frédéric Martel, Cultura Mainstream, precisamente porque en él, el sociólogo francés sí dedica páginas a algunos de los asuntos mencionados, y no a los acontecimientos que constituyen la cultura del pasado que Llosa venera. Sí; el peruano sabe que esas realidades existen, pero lo sabe de la misma manera que un guiri sabe que hay flamenco en Andalucía y Fallas en Valencia. Curiosamente él mismo comenta con gracia la depauperación del concepto de “visita cultural” a los países extranjeros, donde uno acude a museos y emplazamientos que el buen sentido atribuye como “de necesidad”. Pero, efectivamente, ocurre que uno que ni entiende, ni aprecia, ni se informa de lo que ha visto, sí se precia luego de haber estado allí, in situ, delante de aquellas magníficas obras cuya historia, trascendencia y significados desconoce. Pues precisamente él, Vargas Llosa, parece haber cometido el mismo error con los mencionados aspectos insobornables que todo estudio sobre la cultura del espectáculo debe contener. Ha cumplido el trámite con ellos, ha pagado el peaje, los ha mencionado… que equivale a decir que ha ido al Louvre en París; pero ha denotado no estar informado previamente de lo que allí iba a encontrar, ni haber solventado su ignorancia después. Todos somos misoneístas. Todos veneramos la época de nuestra mocedad. Pero es terrible que un intelectual no sea capaz de hacer un ejercicio de alteridad, y buscar con fundamento valores objetivos que demuestren y expliquen que los contenidos de la cultura del pasado son intrínsecamente mejores que los de nuestra poscultura. ¿Por qué una caja de cerillos de la que cuelga una cuerdecita, que simula ser un vagón de tren, es mejor juguete -o más sano, si lo prefieren- que jugar on-line a Warcraft con decenas de miles de usuarios? ¿Por qué escuchar un serial en la radio de los años 50 es mejor, más sano, o es un representante más decoroso de la cultura deseable, que seguir un blog, un fanzine digital o un podcast? El medio no es lo definitivo. No, no estoy negando a McLuhan. El medio condiciona, es buena parte del mensaje, conlleva un apreciable cambio en los usos y costumbres, y seguramente (como algunos estudios anuncian) produce mutaciones en nuestro cerebro que generaciones venideras podrán comparar y apreciar. Pero, insisto… que me demuestren que todo discurso apocalíptico sobre los elementos de nuestra cultura posmoderna no responde a un mero berrinche misoneísta y nostálgico que se podría resumir en “qué lástima que los jóvenes de hoy no sean ni puedan ser como lo fui yo”. El ensayo de Vargas Llosa es inteligente e interesante, hasta que se hace demasiado evidente lo que le falta. Y también cuando dedica demasiadas páginas a asuntos que ya hoy son vox populi. En los capítulos referentes a la cultura religiosa y la laicización, dice verdades como puños… que ya hemos escuchado mil veces. Por supuesto, es de resaltar que un intelectual de su talla repita hasta la saciedad la necesidad de un Estado independiente de la religión, y en el que los poderes fácticos garanticen la libertad individual y privada de seguir la doctrina que se quiera y de que se celebren los cultos que cada cual considere oportunos. De hecho, es tal su liberalismo en este sentido, que ni siquiera ve con malos ojos la existencia de pseudo-sectas posmodernas como el Cientificismo de Hubbard. Todo ello a cambio de una neutralidad absoluta del Estado, que no debe tomar parte a favor de unas religiones por encima de otras, ni velar por que en centros educativos públicos, por ejemplo, luzcan símbolos religiosos, o los/as alumnos/as puedan acudir con elementos que representen sometimiento y represión (tales como el velo islámico). En ese punto, chapeau por Llosa. Todos los que amamos las Humanidades suscribiríamos la mayor parte de los motivos por los que el premio Nobel se reconoce en las últimas páginas “melancólico”: la cultura ya no es lo que era. Ya no hay tanta consideración por ella como antes. Sencillamente, porque lo que ahora se entiende como cultura no coincide con los parámetros pretéritos. Hoy, alguien que sepa moverse con agilidad por la red de redes, que esté al tanto de los trending topic de la semana, y que sepa dónde buscar con acierto la información que requiere entre el totum revolutum de la web, al margen de los conocimientos profesionales que le puedan permitir ganarse su sustento, puede considerarse una persona culturalmente activa, incluso intelectualmente inquieto. Si va a viajar y visitar un museo, puede informarse previamente de todos y cada uno de los rincones y cuadros que va a presenciar con una simple búsqueda en google. Ya no hace falta acudir en medieval peregrinación a la biblioteca de la ciudad para rebuscar en mamotretos empolvados. No dudo que aquello tuviera su encanto y su magia (que los tiene), pero no hay ningún argumento objetivo que lo convierta en una acción más noble ni mejor en sí misma (a menos que se considere que, al caminar hacia la biblioteca, también se está uno ejercitando físicamente. Es decir, que maldigamos de paso el invento del coche y de los servicios públicos de transporte). Que nadie se llame a engaño. Ya he dicho antes que buena parte de la pataleta que los humanistas chapados a la antigua podamos sufrir contra los nuevos usos no es más que una reacción nostálgica; una sensación de que el mundo va perdiendo su encanto. Cuando comparamos los dibujos animados que acompañan a los infantes de hoy con los que animaban nuestras tardes de asueto, también encontramos motivos para echarnos las manos a la cabeza. No creemos que sean ni la mitad de buenos que los que nosotros disfrutábamos. Lo lamentamos por ellos… Pero ahí están, pegados a sus Dora, Pepa Pig y High School… No somos objetivos para valorar a cada uno en su tiempo, porque no sabemos desprendernos del juicio melancólico sobre nuestro pasado. Seguro que cuando estos jóvenes de hoy sean padres, aborrecerán los divertimentos de sus hijos, y les parecerán menos “sanos” que los que ellos gozaron. La historia se repetirá, porque los medios lúdicos se suceden: cajas de cerillos y muñecas de trapo; rayuela, canicas y elástico; trompo, yo-yos y Gi-Joes; videoconsolas y móviles… ¿y después? Ahondar en las críticas hacia una era en virtud de su percepción distinta de principios y valores con respecto a las anteriores es, sin duda, un tema complejo en el que hay que deslindar perfectamente lo que lleva explícito una merma en la calidad de la cultura, y lo que no supone más que un cambio en las costumbres y las consideraciones sobre ella. Saber buscar y encontrar información veraz y pertinente en internet puede ser tan apasionante como perderse entre las estanterías de una biblioteca. Yo mismo, que no soy ningún admirador de los e-books, aunque me rindo y me seguiré rindiendo ante el tacto y el olor de la celulosa, no considero que el fin del mundo esté cerca porque toda mi biblioteca pudiera quedar contenida en un pendrive de 16 gigas de almacenamiento. No es difícil imaginar que también los antiguos que leían legajos cosidos o pergaminos pudieran ver con desconfianza la llegada del libro encuadernado. De la misma manera que el mundo de la dramaturgia recelaba del recién llegado cinematógrafo. Y al final, ambos ejemplos se han convertido en parte fundamental de la cultura que hoy defendemos y que creemos acosada y extorsionada. Eso sí, ¿cómo no estar de acuerdo con que mucha gente solo busca un uso lúdico de la cultura, es decir, que solo buscan divertirse? Es evidente. Y que los usos cada vez menos complejos de ella están haciendo que cualquier signo de complejidad sea rechazado sistemáticamente. Y no soy de los que piensa que la alta cultura y la intelectualidad se hayan girado para dar la espalda al mundo; más bien creo que es la cotidianidad la que ha desplazado y condenado a la alta cultura al ostracismo. Y como consecuencia de esto he apreciado varias reacciones que me parecen ciertamente curiosas: algunos intelectuales, que intentan resistirse a la desatención circundante, buscan medios para no perder comba: más apariciones en televisión, presencia en los medios que la gente consume hoy (blogs, twitter, facebook…). También es notorio el número de intelectuales que se han lanzado al mercado editorial con obras alejadas de los sesudos ensayos que solo serían aptos para una minoría cualificada. Y de la mano de los anteriores ejemplos, el que me parece más notable es el uso de la filosofía como elemento enriquecedor de argumentos y guiones novelísticos y cinematográficos. Desde hace varios años, hay ejemplos ampliamente aceptados en la cultura popular de obras que gozan de un gran reconocimiento, y que son tomadas por intelectualizaciones de géneros que normalmente pasarían por vulgares. Por ejemplo, la película Matrix se convirtió en todo un film de culto por mezclar en la misma baraja unos efectos especiales descomunales y un guión con claras referencias metafísicas que el boca-oreja remitió a una traslación de la caverna platónica al cine de acción (cuando en realidad era más bien un plagio del “Cerebros en una cubeta” de Hilary Putnam). Desde entonces y para siempre ya ha quedado como un hito del séptimo arte: la sublimación del cine de acción. Pero no es en absoluto el único ejemplo. Otras películas como Origen, Blade Runner o Inteligencia Artificial, han supuesto que los aportes intelectuales en ciertas películas de géneros que son del gusto del espectador medio alcancen el estatus de culto. Son, a mi juicio, perlas de alta cultura que buscan sembrar semillas en terrenos normalmente abonados para la pura diversión sin pretensiones. También en literatura hay clarísimos ejemplos de esto que digo. Autores como Jostein Gaarder han alcanzado un reconocimiento internacional por mezclar sin tapujos ni sutilezas argumentos filosóficos con aventuras juveniles. Es el caso de la ínclita obra El mundo de Sofía. Todo ello me lleva a la conclusión de que la alta cultura, moderadamente administrada, se está convirtiendo paradójicamente en elemento embellecedor. ¿Se puede considerar acaso un uso fraudulento? ¿Puede tomarse por vulgarización? A esto se une un hecho incontrovertible: la cantidad de libros editados que buscan ser introducciones al público medio de complejas elucubraciones filosóficas. Hay libros de chistes filosóficos, de introducción a la historia de las ideas en Occidente, de filosofía implícita en series de éxito (Los Soprano, Los Simpson, Juego de Tronos…), etc., y al parecer se venden bastante bien. Es decir, que efectivamente creo que nos encontramos en un momento en que la alta cultura goza de prestigio y vende, pero solo cuando se da en pequeñas pastillas fáciles de tragar. Sospecho que la historia de la filosofía y los hitos literarios son gallinas de huevos de oro cuando los productores y los escritores se acercan a ellos y liban un néctar digerible para el lego. Por todo ello, y como además presumo de ser optimista, cerraré esta reseña pensando que no es que la cultura se haya plegado exclusivamente a sus apariciones más divertidas y ligeras (como denuncia Vargas Llosa), sino que, en tiempos de vacas flacas, sobrevive como puede, aguantando el chaparrón, y a la espera de épocas mejores. Tras el paseo, quizás, vuelva fortalecida.

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