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Perdonen que empiece tan pronto esgrimiendo mi ignorancia, pero… ¿cuándo empezó? ¿Cuándo la “ciencia política” dejó de ser el ámbito natural de la razón y de la fuerza de los argumentos, para convertirse en un vergel de torpes declamatio que pintan un mundo que ningún ciudadano encuentra por ningún lado?

Viendo una sesión de control al Gobierno en el Congreso me acordé de una cita que le venía al pelo. Es de Todorov; el hombre, preocupado en sus cosas, decía: Todo discurso está dirigido a una respuesta y no puede escapar a la influencia profunda del discurso réplica previsto. Volví a mirar al televisor: un diputado de la oposición hacía una pregunta dirigida a un miembro concreto del Gobierno. Era una interrogación, a priori, exenta de toda carga valorativa. Parecía concreta, objetiva, denotativa, no ambigua. El/la ministro/a interpelado/a tomó la palabra, agradeció la pregunta (todavía no he encontrado la ironía en dicho acto: soy un poco tardo) y respondió. Humildemente, nunca terminé de ver la respuesta directa a la cuestión suscitada. Será que no estoy ducho en estas lides y que mi capacidad para interpretar símbolos y alegorías está poco desarrollada. La cosa quedó ahí… de momento. El diputado opositor volvió a levantar su micrófono y retomó el turno. Entonces su tono aumentó, se había envilecido; las venas de su cuello se inflamaron (si me permiten la observación, no tanto por la conciencia apasionada de lo que decía, sino por sentir cerca el aliento de apoyo de sus compañeros de partido, que estaban esperando apenas a que terminara su intervención para aplaudir vehementemente; eso es lo que lo enardeció); si todo lo que estaba diciendo ese hombre era cierto, el mundo debería pararse un momento: tomamos aire y que continúe. Los creyentes que se santigüen. Creo que no le habían convencido las explicaciones dadas a su pregunta original (perdonen de nuevo, pero me parece que tampoco las escuchó demasiado: estaba preparándose mentalmente para su segunda intervención o contrarréplica). De nuevo, turno de respuesta y defensa del ministro, al que, todo sea dicho, lo pusieron lindo. Esta vez me prometí estar más atento: bucear entre líneas y encontrar los mensajes cifrados que supondrían la explicación que todos deseábamos oír.

Ustedes me perdonarán (espero), pero me vi incapaz. El interpelado no hizo alusión a ninguna de las nuevas incógnitas planteadas. En el colegio (público) me decían que la manera más idónea de contestar a una pregunta era partiendo de ella como inicio de respuesta. Por ejemplo: ¿cuál es el río más caudaloso de España? El río más caudaloso de España es… Bueno, pues parece que esa técnica solo te sirve en la escuela. Entre los adultos no cuela. Ni rastro de respuesta. No hubo ningún hilo conductor entre las imprecaciones previas y las devoluciones posteriores. ¿Y qué hizo, entonces (se preguntarán), el ministro? Pues tirar de hemeroteca, como en Sálvame, y entronizar la falacia más fácil de distinguir entre los educandos en lógica no formal: y tú más. El ministro sacó un papel en el que recogía aquellas barbaridades que el Gobierno anterior al suyo perpetró en relación al mismo tema. Es decir, que su razón de peso, su argumento, su muralla intelectualmente pergeñada para repeler la invectiva, no era desmontar una por una las acusaciones (que yo, iluso, deseaba falsas): no. Su mejor defensa fue un voraz ataque… Pero ataque al sentido común. ¿Soy tan raro porque no me consuele saber que ya antes otros cometieron ese mismo error que ha sido denunciado? ¿Por qué aplauden los que están detrás? ¿De verdad que no hay ninguno con un dedo de raciocinio y otro de vergüenza para agachar la cabeza y asumir responsabilidades?

¿Cómo podremos ser capaces de educar a los jóvenes en los colegios, en los institutos y en casa en el valor de las razones y en la necesidad de una moral basada en juicios sintéticos a priori, cuando disponemos arriba de la escala social del ejemplo bochornoso, no ya de los corruptos (que merecen capítulo aparte), sino de los injustos, los descerebrados, los ilógicos y los fundamentalistas ideológicos?

Hasta donde mis cortas entendederas llegan, un hincha de fútbol sí tiene razones para aplaudir y animar a su equipo aun cuando lo hace mal y va perdiendo. Pero… ¿en serio que también es aplicable al ámbito político? Y vuelvo, por tanto, a mi ignorante pregunta inicial: ¿Cuándo? ¿Cuándo pasó? ¿Cuándo empezó esta estúpida historia de politicastros a escribirse? Y sobre todo: ¿cuándo acabará de una maldita vez?

¡Ja, Todorov! ¡Ja! Ojalá tus investigaciones sobre los textos dialógicos no se hubieran quedado una vuelta por debajo de los políticos españoles. Es lógico que, cuando yo esté diciendo algo a alguien, esté pensando en las posibles respuestas y consecuencias que eso vaya a tener en mi interlocutor. El hecho de hacerlo habla de mi competencia social, de mi capacidad para predecir actitudes, de mis habilidades interactivas. Pero lo importante es lo que haga yo con esa respuesta esperada, y de qué manera la recoja y la articule en mi nueva intervención.

La cuestión es que yo era el único imbécil que no se enteraba de qué iba la película. Diputado y ministro se entendían y ya sabían qué intenciones guardaban y qué trastos se iban a tirar a la cabeza. Hablantes de un mismo idioma. Y al final, al menos en este país, el recurso falaz del y tú más siempre cuela, toda vez que si ha habido un Gobierno anterior, es fácil encontrar miserias en sus políticas que salvaguarden las presentes.

 

En un programa de un canal en que se antepone la ideología a la razón (hay varios, y de todos los signos políticos), uno de los (expertos) tertulianos argumentaba del siguiente modo:

“Aumentar la presión fiscal contra los grandes capitales es contraproducente. En Francia lo han hecho, y ahí están los resultados: la mayor parte de las grandes fortunas del país se han ido a otro sitio para tributar. En consecuencia, explicaba el tertuliano, Francia ahora percibe menos que lo que percibía antes de aumentar la presión fiscal a los multimillonarios, ergo es mejor no hacerlo”.

Deberes para casa, niños: ¿cuál es la falacia presente en dicho razonamiento?

Solución: cuando hablamos de economía, los principios que rigen no son los de la razón, y mucho menos los de una razón ética. Vamos, que no procures hacer un acto de justicia, si el resultado es contraproducente. Mejor déjalo como está, y te callas la boca.

 

Yo quiero un sistema educativo en el que el profesorado enseñe a sus alumnos a no pronunciar las barbaridades dialógicas de los políticos que los diseñan.

 

Me estoy haciendo del canal Divinity. No engañan.

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El chico de la última fila

Algunos recortes de esta obra de teatro:

-¿Tú también te sentabas en la última fila?

-Es el mejor sitio. Nadie te ve, pero tú los ves a todos.

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Juana – Ese chico necesita un psiquiatra. Puede ser peligroso. Es capaz de hacerles algo. Deberías cortar esto antes de que pase algo realmente malo.

Germán – Es un chico cabreado, solo eso. Un chico enfadado con el mundo. Y no es para menos. Mejor que saque su rabia así y no quemando coches. A mí me dan más miedo los otros. Esos sí que son peligrosos. Esos no respetan nada: ni la ortografía, ni la sintaxis, ni el sentido común. Aparte de Claudio, las que menos faltas tienen son dos chinitas que llevan seis meses en España. La última vez que los llevé al teatro me humillaron durante toda la representación. Y no se te ocurra criticarles, que se te echará encima la brigada de pedagogos.

Juana – Hablas de ellos como si fuesen una masa homogénea. Deberías acercarte a ellos sin prejuicios, sin condenarlos a priori.

Germán – ¿A los pedagogos?

Juana – A tus alumnos.

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Juana – Cero. Tres. Cero. Hombre, ¡un cinco! Dos. Cero… ¿Tan malos son?

Germán – Peores. El peor curso de mi vida.

J – Eso ya lo dijiste el curso pasado. Y el anterior.

G (lee) – “El sábado estuve viendo la tele. El domingo estaba cansado y no hice nada”. Punto final. Les di media hora. Dos frases. Cuarenta y ocho horas en la vida de un tío de diecisiete años. El sábado, tele; el domingo, nada. (Pone un cero en el folio y se lo da a Juana; coge otro) No les he pedido que compongan una oda en endecasílabos. Les he pedido que me cuenten su fin de semana. Para ver si saben juntar dos frases. Y no, no saben. (lee) “Los domingos no me gustan. Los sábados sí me gustan pero este sábado mi padre no me dejó salir y me quitó el móvil”. (Pone en el folio un gran cero y lo deja en el montón de la derecha). Intenté explicarles la noción de punto de vista. Pero hablar a éstos de punto de vista es como hablar a un chimpancé de mecánica cuántica. Les leo el comienzo de Moby Dick, se supone que todos saben de qué hablo, que han visto la película. Les explico que la historia la cuenta un marinero. Pregunto: “¿Y si la hubiera contado otro personaje, por ejemplo el capitán Ahab?” Me miran asustados, como si les hubiera planteado el enigma de la esfinge. “Bueno, me vais a hacer una redacción contándome lo que habéis hecho este fin de semana. Tenéis media hora”. Y me entregan esto. ¿Qué fatalidad me condujo a este trabajo? ¿Hay algo más triste que enseñar literatura en bachillerato? Elegí esta profesión pensando que viviría en contacto con los grandes libros. Solo estoy en contacto con el horror. Y lo peor no es enfrentarse, día a día, con la ignorancia más atroz. Lo peor es imaginar el día de mañana. Esos chicos son el futuro. ¿Quién puede conocerlos y no hundirse en la desesperación? Los catastrofistas pronostican la invasión de los bárbaros y yo digo: ya están aquí; los bárbaros ya están aquí, en nuestras aulas.

El periodista y escritor Toni Montesinos me realizó la siguiente entrevista, que apareció publicada en su blog Alma en las palabras el 18 de junio de 2015.

Entrevista capotiana a A. Gómez-Cunningham

En 1972, Truman Capote publicó un original texto que venía a ser la autobiografía que nunca escribió. Lo tituló «Autorretrato» (en Los perros ladran, Anagrama, 1999), y en él se entrevistaba a sí mismo con astucia y brillantez. Aquellas preguntas que sirvieron para proclamar sus frustraciones, deseos y costumbres, ahora, extraídas en su mayor parte, forman la siguiente «entrevista capotiana», con la que conoceremos la otra cara, la de la vida, de Antonio Gómez-Cunningham.

Si tuviera que vivir en un solo lugar, sin poder salir jamás de él, ¿cuál elegiría?

Con el planeta Tierra me basto. Aunque si me pide que concrete, le diría que mi casa. Sobreentiendo que el hecho de que yo no pueda salir no implica que nadie pueda entrar, ¿verdad? En caso contrario, el lugar elegido sería mi conciencia. Los escritores somos ególatras y narcisistas… ¿Qué mejor sitio para estar eternamente que aquel en que reverbera nuestra propia voz? Y, si me lo permite, entre el rincón de la memoria y el de la imaginación, me quedo con el segundo. En el primero hay que limpiar constantemente, y da pereza.

¿Prefiere los animales a la gente?

Es tentador contestar que “según para qué”; pero en términos generales diría que no. Prefiero un abrazo a un ladeo de cola. Los animales pueden llegar a ser un buen complemento a las relaciones personales, pero nunca un sustituto. Siento lástima por los que afirmen con convicción que un animal pueda ser su mejor amigo (y diciendo esto, es posible que yo acabe de perder alguno).

¿Es usted cruel?

Por supuesto que sí. Y además, pertenezco a una peculiar estirpe de seres crueles: aquellos que, por reconocerlo, se sienten menos crueles que quienes no lo hacen. Sospechar que esto es connatural a la naturaleza humana no me hace ser condescendiente con la crueldad, ni abandonarme a la cómoda posición de asumirla sin presentar batalla. Además, no concibo la crueldad solo como la actitud agente de hacer mal a los otros, sino también como la posición paciente de congratularse en ver de qué males ajenos uno se libra. Y en contra de esto que digo, ¿quién se atrevería a tirar la primera piedra?

¿Tiene muchos amigos?

Sí. Y además,  de los buenos; es decir, de aquellos que uno no cree haber hecho nada para merecerlos. Y sin embargo, ahí están. Si pudiera concretar con facilidad a qué se debe mi amistad con determinadas personas, quizá con la misma facilidad podría perderlas: bastaría con que dejasen de cumplirse los motivos o razones antes aducidos. En la vaga inconsistencia de causas y finalidad, reside su grandeza.

¿Qué cualidades busca en sus amigos?

No creo que uno busque cualidades a priori, sino que posiblemente encuentre coincidencias a posteriori. Jamás me he planteado una suma o enumeración de atributos inexcusables para que alguien entrase a formar parte de mi círculo. Pero sí es cierto que, reflexionando sobre la gente que me rodea, puedo trazar un itinerario de concurrencias: buen sentido del humor, aprecio por la charla y la discusión, divertimentos comunes que nos retrotraen a la infancia, honradez… Y, muy especialmente, un afín sentido de la amistad: tengo tan buenos amigos, porque todos coincidimos en lo importante que es tener buenos amigos.
¿Suelen decepcionarle sus amigos?

Nadie es infalible, pero debo responder que no. Sospecho que la mayor parte de las veces, los fallos de los amigos están relacionados con nuestro inevitable afán de transformar y malear a cuantos nos rodean, y la natural resistencia que oponen. Uno (equivocadamente) puede perder amigos si no consigue hacer de ellos lo que pretendía. Pero, una vez vencida o agotada esa fase de querer ejercer nuestra voluntad de poder, surgen amigos que rara vez decepcionan. En el peor de los casos, alguno podría demostrar que, transcurrido un tiempo, jamás mereció ostentar ese rango. Debe de ser una situación realmente triste, y nunca la he vivido.

¿Es usted una persona sincera? 

Si digo que no, estaría dando pábulo a la paradoja del mentiroso.

Esta es, posiblemente, una de las preguntas que más injustamente pueda responder alguien en referencia a sí mismo. Desde luego, si no soy sincero, debo engañar muy bien, porque hasta yo me lo creo.

¿Cómo prefiere ocupar su tiempo libre?

Abarcando el universo, que para mí consiste en: estar con mi pareja y con mi hija, con mi familia, con mis amigos, leer, escribir, escuchar música, componerla, ver cine y hacer deporte. También me gustan los juegos de mesa y los videojuegos. En mi tiempo libre suelo estar muy ocupado.

¿Qué le da más miedo?

Sin duda, la muerte. Soy tanatofóbico. El resto de temores (que los tengo) están a mucha distancia de éste.

¿Qué le escandaliza, si es que hay algo que le escandalice?

El imperio de estupidez al que estamos sometidos. En muy diversos ámbitos observo que los cargos directivos y decisorios suelen estar tomados por personas con un alarmante nivel de incompetencia. Es un escándalo que, por cotidiano, nos pasa inadvertido (o acaso hemos aprendido a convivir con ello). Creo que fue Asimov quien dijo algo así como: “pobre época aquella en la que haya que luchar por las causas evidentes”. En nuestra época, para colmo, hay que luchar para demostrar que ciertas causas son evidentes. Escandaloso.

Si no hubiera decidido ser escritor, llevar una vida creativa, ¿qué habría hecho?

Profesionalmente, lo mismo que sigo haciendo aun siendo escritor; es decir, dedicarme a la docencia, pues soy profesor. La creatividad es la mejor forma de robarle tiempo a la muerte, por eso no concibo una vida (la mía) sin ningún interés artístico. Qué le vamos a hacer; los que tenemos estas manías y obsesiones somos así: queremos reproducir o imitar todo aquello que, hecho por otros, nos deleita. Constantemente nos asalta la decepción de no haber sido nosotros quienes tuviéramos la magnífica idea o el gran acierto de acometer cierta obra. Sí, el creativo es muy envidioso.

¿Practica algún tipo de ejercicio físico?

Sí. Entreno periódicamente en un gimnasio, y procuro llevar una vida sana.

¿Sabe cocinar?

De manera funcional, sin alardes. No tengo paciencia para hacer platos laboriosos. Sobrevivo.

Si el Reader’s Digest le encargara escribir uno de esos artículos sobre «un personaje inolvidable», ¿a quién elegiría?

No soy mitómano, lo que no significa que no admire a mis grandes referentes culturales. Si tuviera que dedicarme a hacer semblanzas, optaría por personajes extraños, o perdidos en la historia, o arrinconados por la memoria, o malinterpretados. Heráclito, Campanella, Francisco Giner de los Ríos…
¿Cuál es, en cualquier idioma, la palabra más llena de esperanza?

Mañana.
¿Y la más peligrosa?

Culpa.

¿Alguna vez ha querido matar a alguien?

No. Pero sí podría pensar en personas que hubiese preferido que no hubieran nacido.
¿Cuáles son sus tendencias políticas?

No me gusta hablar de tendencias ni de ideologías. Encorsetan al individuo; le ponen un techo y un suelo, y lo obligan a no salirse de esos márgenes. Manifestar una tendencia equivale a señalarse como ortodoxo de una bandería o facción, y por mi formación (o deformación) humanística, no me siento cómodo perteneciendo a la doxa estándar o generalizada de una corriente. Quisiera decir que me debo a la razón; y ésta, unas veces se viste de izquierda, y otras… de centro izquierda; pero no mucho más lejos. Quiero que quede claro que hablo de una izquierda teórica, porque la puesta en práctica socialista de este país necesita una revisión urgente.

Si pudiera ser otra cosa, ¿qué le gustaría ser?

Algo con la facultad de transformarse en lo que soy ahora, añadiéndole todo lo bueno que alguna vez pude tener y perdí, y sazonándolo con aquello bueno que no tengo y pudiera alcanzar. Parafraseando a Píndaro, me conformaría con llegar a ser  el que soy. No es poca cosa.

¿Cuáles son sus vicios principales?

Aquellos que me apartan de los míos y, aun así, me aportan una indecible satisfacción: leer a solas, escribir encerrado en mi biblioteca, escuchar música a un volumen muy alto…

¿Y sus virtudes?

La coherencia. Y que tengo una capacidad ilimitada de esfuerzo para hacer lo que considero que es bueno y está bien, para los míos y para mí.

Imagine que se está ahogando. ¿Qué imágenes, dentro del esquema clásico, le pasarían por la cabeza?

Probablemente pensaría en alguna manera literaria de anotar el suceso en mi libreta, para trasladarlo luego a alguno de mis proyectos. Pero después, cuando el aire faltara de verdad, y si es cierto eso de que tu vida discurre ante los ojos justo antes de morir, desfilaría por mi cabeza una entretenida película tragicómica. Somos afortunados aquellos que vemos compensadas alegrías y tristezas. Proclamo, así, mi nietzscheano amor fati.

Link de la entrevista:

http://almaenlaspalabras.blogspot.com.es/2015/06/entrevista-capotiana-antonio-gomez.html

 

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Propiedades de los textos. Coherencia y cohesión

Dónde: Salamanca, paraninfo de la Universidad de esta ciudad.

Cuándo: 12 de octubre de 1936.

Qué: celebración de la “fiesta de la raza” (hoy, Fiesta Nacional de España).

Quiénes: entre otros, los ilustres: Carmen Polo (esposa de Franco), José María Pemán, Francisco Maldonado de Guevara, Millán-Astray…

Este último hace la siguiente intervención:

[País Vasco y Cataluña]  “son cánceres en el cuerpo de la nación […]  El fascismo, que es el sanador de España, sabrá como exterminarlas, cortando en la carne viva, como un decidido cirujano libre de falsos sentimentalismos.

Unamuno interviene:

Estáis esperando mis palabras. Me conocéis bien, y sabéis que soy incapaz de permanecer en silencio. A veces, quedarse callado equivale a mentir, porque el silencio puede ser interpretado como aquiescencia”. “Quiero hacer algunos comentarios al discurso -por llamarlo de algún modo- del profesor Maldonado, que se encuentra entre nosotros. Voy a ser breve. La verdad es más verdad cuando se manifiesta desnuda, libre de adornos y palabrería.  Dejemos aparte el insulto personal que supone la repentina explosión de ofensas contra vascos y catalanes”. “Yo nací en Bilbao, en medio de los bombardeos de la segunda guerra carlista. Más adelante me casé con esta ciudad de Salamanca, tan querida, pero sin olvidar jamás mi ciudad natal. Y aquí está el señor obispo, catalán, para enseñaros la doctrina cristiana que no queréis conocer, y yo, que soy vasco, llevo toda mi vida enseñandoos la lengua española, que no sabéis”.

Interviene Millán-Astray:

¿Puedo hablar? ¿Puedo hablar?“ (Se pone en pie, exaltado. Va acompañado de legionarios armados)

¡Sí! ¡Cataluña y el País Vasco, el País Vasco y Cataluña, son dos cánceres en el cuerpo de la nación! ¡El fascismo, remedio de España, viene a exterminarlos, cortando en la carne viva y sana como un frío bisturí! ¡Viva España! ¡Viva la muerte!.”

(Entre los presentes en la sala hay quienes saludan con el brazo en alto, dirigiéndose al retrato de Franco que preside la sala. Entonan el “cara al sol”). Algunos gritan: “Viva Cristo Rey”).

De nuevo interviene Unamuno:

“Acabo de oír el grito necrófilo e insensato de “¡Viva la muerte!”.  Esto me suena lo mismo que “¡Muera la vida!”. Y yo, que me he pasado toda la vida creando paradojas que provocaron el enojo de quienes no las comprendieron, he de deciros, con autoridad en la materia, que esta ridícula paradoja me parece repelente. Puesto que fue proclamada en homenaje al último orador, entiendo que fue dirigida a él, si bien de una forma excesiva y tortuosa, como testimonio de que él mismo es un símbolo de la muerte”. “Y otra cosa:  El general Millán-Astray es un inválido. No es preciso decirlo en un tono más bajo. Es un inválido de guerra. También lo fue Cervantes. Pero los extremos no sirven como norma. Desgraciadamente hay hoy en día demasiados inválidos. Y pronto habrá más si Dios no nos ayuda”. “Me duele pensar que el general Millán-Astray pueda dictar las normas de psicología de las masas. Un inválido que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, que era un hombre, no un superhombre, viril y completo a pesar de sus mutilaciones, un inválido como dije, que carezca de esa superioridad del espíritu, suele sentirse aliviado viendo como aumenta el número de mutilados alrededor de él”.

Millán-Astray interviene:

¡Muera la inteligencia!”

Pemán dice:

¡No! ¡Viva la inteligencia! ¡Mueran los malos intelectuales!”

De nuevo, Unamuno:

¡Este es el templo de la inteligencia, y yo soy su supremo sacerdote! Vosotros estáis profanando su sagrado recinto. Yo siempre he sido, diga lo que diga el proverbio, un profeta en mi propio país. Venceréis, pero no convenceréis. Venceréis porque tenéis sobrada fuerza bruta; pero no convenceréis, porque convencer significa persuadir. Y para persuadir necesitáis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil pediros que penséis en España. He dicho”.

Algunos militares desenfundan sus armas. Carmen Polo tiene que escoltar a Unamuno hasta su casa, acompañado de gritos e insultos.

Ese mismo día, Unamuno es despedido como concejal de Salamanca. Franco lo aparta del cargo de rector de la universidad, y lo arresta domiciliariamente, hasta la fecha de su muerte, poco después, el 31 de diciembre de ese mismo año (apenas dos meses después del altercado del paraninfo).

Adoro las listas.

Soy el tonto de las listas.

Enumero cientos de productos, cientos de obsesiones (algunas un poco ridículas, otras demasiado ridículas) con un estúpido e improbable orden de preferencia. Cosas que me gustarían comprar y hacer, así como las que ya tengo y ya he hecho. Es absurdo, lo reconozco, el hecho de tener que apuntar bajo el epígrafe “Lo que comprar con mucho dinero” una Gibson Les Paul, como si acaso me fuera posible olvidar que la quiero.

Pero es que, en el fondo (y en la superficie), la soberana estupidez de las listas reside en apuntar más bien todo aquello que uno nunca olvidará. Las listas son nuestro backup de los deseos. Esa es, al menos, la esencia de mis listas: decirme por escrito lo que sé que apetezco. La lista es el horizonte para el coleccionista. Y son sus riendas, y su techo. Todos ellos conceptos necesarios para no quedar abrumado por la sospecha temible de una ambición ilimitada. El tonto de las listas codicia más que nadie, pero su ambición es sana, porque está definida, constreñida. Quiere lo que aparece en sus listas y respira aliviado por todo lo que no merece figurar en ellas. Es libre allí donde no hay inventario ni catálogo; pero donde realmente se siente humano es en el margen acotado de sus quereres enumerados.

Los principios de las listas son esperanzados. El tonto que las hace y repasa siempre está tanteando posibilidades de elaborar unas nuevas que recojan un muestrario de productos distinto al que ya tiene anotado. A veces, no obstante, un mismo objeto participa, a la vez, en más de una lista. Son objetos clave, muy preciados, porque adquirirlos equivale a más de un tachón. Momento impagable.

El desarrollo de una lista es más lento y fatigoso, pues consiste en la recapitulación de elementos obvios. Uno suele albergar la sensata idea de terminar rompiendo la lista iniciada al grito de ¡menuda estupidez! (la línea entre lo estúpido y lo imprescindible es delgada en el tonto de las listas), pero solemos reponernos de esta bache emocional. Terminamos adorando, cual becerro de oro, nuestra febril creación.

El procedimiento del tachón es el de la sublimación de la lista: “Apuntarme a un gimnasio” en “Tareas que hacer cuando disponga de tiempo libre”. ¡Zas! Raya roja de parte a parte; suficientemente ancha y rotunda como para aclarar su consecución; suficientemente limpia y clara como para dejar al aire el nombre de la realidad vencida. Este momento de la supresión supone, en mayor medida que la propia y real consecución de la tarea pendiente, la cumbre del bienestar del hacedor de listas. ¡Qué satisfecha y sardónica risilla al eliminar los números pendientes en mis colecciones de cómics! Ellos, allí, guardados en su correspondiente estantería, vírgenes, impolutos, sin manos aún posadas sobre sus páginas, sin ojos gastando sus viñetas. Pero el número que los cataloga, indexa e identifica está felizmente anulado de la lista. ¡Uno menos! (por conseguir). ¡Uno más! (por leer).

Claro. El adorador de las listas es un individuo maníaco, completista, un lunático que necesita apuntar sus necesidades y apuntalar sus preferencias, no sea que por azaroso acontecimiento se olviden, desestimando con ello lo que decía Hemingway: que lo que se olvida demuestra el desinterés que nos provoca. El hacedor de listas cuestiona su propia actividad, pero nunca lo suficiente como para poner su continuidad en peligro.

Cada persona es un mundo. Cada mundo tiene sus límites. Cada límite está fijado por voliciones y preferencias. El demente completista se aferra a su mundo y lo siente como propio cuando lo define; y el mundo de un coleccionista está definido en virtud de sus listas. Lo que se encuentra en ellas es el ser, la posibilidad, lo lógico, la potencia y el acto. Lo omitido anida en el caos, en  el mundo imposible del no ser, de lo ilógico, de lo impensable.

Toda lista muestra su imperfección al ser susceptible de sufrir añadidos. Pero no hay mundos perfectos. El coleccionista es un loco: un loco que sueña con tachar todas las entradas de sus listas infinitas.

Si el hombre no pudiera distinguir entre los hombres y las ranas, no existirían los cuentos de los príncipes encantados convertidos en ranas.

(Tolkien)