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1NOTAS PREVIAS: para el presente comentario me baso en las siguientes ediciones de la obra:

-Ed. Cátedra, Letras Hispánicas, edición de Dorothy S. Severin (Sexta edición), 1992.

-Ed. Vicens-Vives, clásicos adaptados (Eduardo Alonso González y Francisco Antón García), 2013.

Por tratarse de un comentario didáctico para alumnos de bachillerato, dedicaremos especial mención a la edición adaptada y actualizada de Vicens-Vives. Cuando nos refiramos a un fragmento de la obra y citemos la página, primero anotaremos la de la edición adaptada, y acto seguido la de Cátedra. Por ejemplo: (p.20/p. 50).

Mucho se ha discutido y estudiado acerca de los autores de esta obra y su cronología, así como de la lengua empleada y sus particularidades, y no es interés de estas páginas añadir nada que no se haya dicho ya. 2De ahí que remitamos al interesado a estudios más profusos y especializados en dicha materia. En las líneas que siguen nos limitaremos a comentar aspectos generales relacionados con la lectura directa de La Celestina y su interpretación.

 

DEDICADO A…

Empezaremos llamando la atención sobre un concepto que aparece repetidas veces en la obra, y que suele causar extrañeza entre los jóvenes que lo leen; me refiero al de mancebo, cuya primera acepción, ya en desuso según la RAE, es “juvenil”. Aunque preferimos centrarnos en otros usos más habituales: el de joven o mozuelo; el de trabajador en proceso de aprendizaje que, a cambio de un salario comedido, ayuda al titulado (normalmente en una farmacia); y el de hombre soltero.

A la unión semántica de estas tres acepciones va dedicada la obra: es decir, a aquellos jovenzuelos inexpertos y solteros, que, estando en edades propias para la lid amatoria, deben precaverse de los dimes y diretes, sobre todo los procedentes de “sirvientes y alcahuetas”. Y, en último término (y esta es una apreciación muy personal), la obra parece encerrar la enseñanza de que no conviene desafiar la tendencia natural o las naturales disposiciones del hombre con tal de conseguir aquello que tanto se desea. Pero más adelante ahondaremos en esta cuestión.

AMOR DESMEDIDO. CONSECUENCIAS.

Aunque la historia parece empezar de forma muy casual, alusiones posteriores nos hacen pensar que, a pesar de que el encuentro de Calisto con Melibea es ciertamente fortuito (él corre en busca de su halcón, que se ha escapado; en su carrera llega al huerto de Melibea, tras saltar su alto muro), hay un conocimiento previo, incluso presumiblemente mutuo. Esto se hace evidente en dos pasajes. En el primero, Calisto enumera a Sempronio los motivos que, sumados a su belleza, le hacen perder el sentido por Melibea: Considera la nobleza y antigüedad de su linaje, su gran patrimonio… Es decir, que ella probablemente perteneciera a una familia noble bien conocida en la zona. Y el segundo y más definitivo ejemplo es al final, cuando Melibea, cercano ya el momento de su suicidio, resume a su padre Pleberio lo acontecido: Se llamaba Calisto, tú lo conociste bien, y conociste a sus padres virtuosos y de claro linaje.

El enamoramiento de Calisto por Melibea va más allá de la mera pasión: él deifica a su amada: Melibeo soy y a Melibea adoro. […] ¡Por Dios la creo, por Dios la tengo!

Calisto se sume en una profunda melancolía que linda con la locura. Su siervo Sempronio no puede entender esa pérdida de cordura: Sometes la dignidad del hombre a la imperfección de la débil mujer. Sempronio cita a ilustres pensadores que no apreciaban mucho el papel social de las mujeres, como Aristóteles y Séneca, y hace una larga declaración sobre los males que las mujeres engendran (p.51/p.96). Sabido es el notorio influjo del pensamiento aristotélico a lo largo de toda la Edad Media. En esta obra resulta curioso que un criado como Sempronio sepa citar a Aristóteles. ¿No has leído a Aristóteles? La mujer es la materia, y necesita al hombre, que es la forma.

Además, Sempronio le recuerda que la Fortuna ha sido generosa contigo, pues tus cualidades de dentro resplandecen con los bienes de fuera […], y por influjo de los astros, todos te aman. Es decir: que a sus virtudes sentimentales e intelectuales, parece unírseles otras más materiales o aparentes, como son su desahogada situación económica, su buena posición social y su belleza física. Pero nada de eso parece importar demasiado cuando se encapricha por Melibea y recibe de ella un duro rechazo. Quizás la falta de costumbre frente a una negativa femenina lo hace obsesionarse. Hará lo que sea con tal de cambiar la actitud de su amada. Y ese “lo que sea” será su perdición.

Frente al amor desmedido y la pasión incontrolable e impaciente de Calisto, Pármeno aparece como el siervo responsable y voz de la conciencia. Pero pronto se verá tentado por Celestina, y en su fuero interno se librará una batalla moral en la que terminará ganando el miramiento por el bien propio: ¡Oh, desdichado de mí! Por ser leal padezco mal. Otros ganan por ser malos y yo pierdo por ser bueno. ¡Así es el mundo! Su invectiva coincide con esa creencia popular (para algunos, ley) de que las buenas personas, acuciadas siempre por sentimientos de responsabilidad moral, deber o merecimiento, sufren penas que los malos esquivan sin remordimientos; así es que “los buenos” sufren por la angustia de apartarse de la virtud, mientras que “los malos” disfrutan de una vida sin ataduras éticas. Recordemos en este punto el tópico de la justicia poética, según el cual quien obra bien y de acuerdo a la Naturaleza, acaba siendo recompensado; mientras que quien obra indebidamente, recibirá algún castigo en forma de enfermedad o desgracia (relación con otros refranes: “Cría cuervos y te sacarán los ojos”; “Quien siembra vientos recoge tempestades”…). Como ya veremos, esta es la idea que anidaba en el corazón y en la mente de Pleberio, padre de Melibea, quien tras la muerte de su hija reconoce que pensaba que la vida debía sonreírle, pues había seguido un camino recto y coherente. Nada, por tanto, hacía presagiar tan trágico final.

En Pármeno, pues, pesa la gran duda entre obrar bien y no encontrar ganancia alguna con el plan de Celestina, y obrar mal y sacar algún rédito favorable. Incluso cuando parece decidido (En adelante, escarmentaré. Le seguiré la corriente…), siempre ejerce de voz crítica ante las propuestas de Celestina o las atrevidas insinuaciones de Sempronio (que es mucho más desinhibido en asuntos morales: Yo, a la primera señal de peligro, abandono a mi amo. ¡Al diablo sus amores!). Y si hay algo que más decididamente mueve a Pármeno del lado de la vieja alcahueta, es la promesa de ésta de conseguirle la joven por la que él suspira: Areúsa. Esto nos lleva a la conclusión que desarrollamos en el siguiente punto.

DOS GRANDES MOTORES: SEXO Y DINERO.

Los dos grandes motores que mueven la obra (y alguno que otro pensará que también nuestro mundo real) son el sexo y el dinero.

Todo se inicia por la pretensión carnal y sexual de un joven hacia una muchacha. Y todos los que conspiran a su alrededor para ayudarle, lo hacen precisamente para obtener a cambio algún beneficio en forma de dinero, ropas, joyas u otro patrimonio material. Como decíamos antes, el defensivo Pármeno terminará cayendo en los arteros planes de Celestina a cambio de que ésta le consiga un encuentro sexual con Areúsa. Después de retozar con ella, sus objeciones a aprovecharse del mal de amor de su amo serán más tenues.

Por su parte, el interés de Celestina es principalmente económico y material, aunque tampoco renuncia totalmente a la gracia del sexo: Y aunque soy vieja, ¡Dios sabe que todavía siento muchos deseos! Si bien, a su edad, comprende que no le toca disfrutar de la práctica sexual, sí demuestra complacerle el contemplar la belleza de los cuerpos; incluso practica el voyeurismo (voyeur: persona que disfruta contemplando actitudes íntimas o eróticas de otras personas. Voyeurismo: actitud propia del voyeur): Acércate aquí, vergonzoso, que quiero ver qué eres capaz de hacerle, le dice a Pármeno cuando concierta un encuentro sexual entre él y Areúsa. A la alcahueta le gusta hablar de sexo, y reconoce que hay goce en intercambiar experiencias con los demás. No en vano, toda la obra está plagada de metáforas sexuales, y en muchas ocasiones hay que interpretar y saber leer entre líneas para extraer la verdadera intención erótica de ciertos comentarios.

Sexo y dinero parecen estar detrás de todos los actos que impulsan a los personajes. El caso de Calisto es claro: toda la obra gira en torno a su deseo incontrolado por Melibea. Pero cabe preguntarse qué habría ocurrido si fuera un personaje pobre o modesto. Desde luego, no parece probable que se sucedieran la cadena de acontecimientos que jalonan la historia. Como Calisto anda embelesado y con el oremus perdido por su pasión, todos traman a sus espaldas y tratan de aprovecharse de él.

El gancho inicial de Celestina para atrapar en su plan a Sempronio y Pármeno es la promesa de las muchachas que estos desean y una mejora en sus condiciones. Al final, la codicia parece cobrarse sus propias víctimas: los siervos de Calisto reclamarán el dinero que creen que les pertenece, y al negarse Celestina, la matarán. Pero acto seguido ellos mismos serán ajusticiados en mitad de la plaza por su crimen (quizás sea aquí aplicable ese otro refrán de “la avaricia rompe el saco”…).

EL GRAN PERSONAJE: CELESTINA

Es Sempronio quien presenta a la gran protagonista de la obra, cuando se decide por ayudar a su amo Calisto para que conquiste el amor de Melibea: Hace mucho que conozco a una vieja barbuda que se llama Celestina. Es hechicera, astuta y experta en toda clase de maldades. Creo que son más de cinco mil los virgos que se han hecho y deshecho en esta ciudad bajo su influencia. En efecto, como madama de un prostíbulo a las afueras de la ciudad, Celestina es facilitadora de muchachas jóvenes a hombres de toda condición. Pero también se encarga de “recomponer” el himen de las desvirgadas con tripas de algún animal, para aquellos hombres que desean casarse con una joven todavía inocente y casta.

Celestina es hábil con las palabras. Es capaz de engatusar para su causa a los demás y moverlos hacia sus propósitos. Generalmente lo consigue haciendo atractivas promesas, identificando los deseos de los demás y dejando entrever con sutileza la manera de proveérselos. Y, además, cuando alguien se le resiste no duda en hacer uso de sus conocimientos en brujería. Aunque hay controversia entre los críticos por el verdadero influjo que ejerce la brujería en la obra, de lo que no hay duda es de la creencia que Celestina sostiene en el poder efectivo de su conjuro. Y, desde luego, si no era intención del autor introducir el componente sobrenatural, ciertas cosas que ocurren encontrarían extraña explicación con la más pura casualidad: ¡Oh, diablo al que conjuré, qué bien has cumplido tu palabra! Te debo un gran favor, pues has amansado a la cruel hembra con tu poder, y me has permitido que le hable con libertad al provocar la ausencia de la madre. ¡Oh aceite de serpiente, oh blanco hilado, cómo os habéis unido para favorecerme! De hecho, podríamos considerar esta solución antinatural para unir a dos personas que no estaban destinadas a ello, como el desencadenante inicial del cúmulo de desgracias que, una tras otra, acontecen hasta el final.

En Celestina se dan ciertas aparentes contradicciones que la convierten en un personaje literario magnífico por su complejidad y rotunda humanidad. Por sus deseos, artimañas, engaños, aspiraciones, por sus quejas, por su forma de manejar a las personas que la rodean… Podemos encontrarnos leyendo sus intervenciones con una sonrisa pícara, entendedores de que la vieja no dice nada sin una intención previa: todo parece premeditado para alcanzar sus propósitos. Siempre comienza endulzando los oídos de su interlocutor; así lo hace por ejemplo cuando intenta ganar el respaldo de Pármeno y se inventa la historia del dinero que le dio a guardar el padre de éste; también lo hace con Melibea cuando ensalza su belleza, en un intento de despertar en ella la necesidad sexual propia de su edad: Dios no pudo hacerla [tu belleza] en balde, sino para almacén de virtudes… Además, gracias a su agilidad para improvisar, Celestina inventa la historia del dolor de muelas de Calisto, y consigue así de Melibea su cordón y la promesa de una oración que mejore el mal del muchacho. A la postre, esta reacción provocará una satisfacción en Calisto que, congratulado, obsequiará a Celestina con un regalo.

EL REFRANERO

La obra entera es pródiga en refranes y sentencias. Recogerlas es tarea inútil, pues vendría a coincidir prácticamente con copiar buena parte del texto total. Todos los personajes, en mayor o menor medida, hacen acopio del refranero a la hora de expresarse, aunque nuevamente es Celestina la que destaca en esta faceta. Por su edad y particular modo de vida, está muy apegada al saber popular confiscado en estas frases breves y didácticas. Es propio de los hombres equivocarse, pero es de seres irracionales persistir en el error; o No se posee nada con alegría si no se comparte con otro; o La mocedad ociosa acarrea la vejez trabajosa.

Solo con las sentencias de Celestina podría escribirse un libro de aforismos o adagios. Repasemos precisamente algunos de estos conceptos empleados para expresar enseñanzas en forma de fugaces afirmaciones:

ADAGIO: sentencia breve, comúnmente recibida, y, la mayoría de las veces, moral.

AFORISMO: sentencia breve y doctrinal que se propone como regla en alguna ciencia o arte.

APOTEGMA: dicho breve y sentencioso; dicho feliz, generalmente el que tiene celebridad por haberlo escrito o proferido algún hombre ilustre.

MÁXIMA: sentencia, apotegma o doctrina buena para dirigir las acciones morales.

OTROS TEMAS TRATADOS

Hay que tener en cuenta y reconocer la importancia de los tópicos que, si bien no son del todo iniciados por esta La Celestina, sí al menos aparecen profundizados en ella. Por ejemplo, los perjuicios de la vejez frente a las bondades de una lozana juventud. En todo caso, claro está, el deseo último siempre es vivir; cuanto más mejor: Melibea: ¿Por qué hablas tan mal de la vejez, si todo el mundo desea llegar a viejo? Celestina: […] el niño desea ser mozo, el mozo viejo, y el viejo más viejo aún, aunque esté lleno de achaques.

En relación a la situación de los ricos y los pobres, se hace mención en varias ocasiones a la vida más relajada de los últimos que de los primeros, porque mientras que el pobre no tiene nada, el rico siente temor por perder lo que tiene. Al rico se le va el sueño, la alegría y el sosiego por el desagüe de los engaños y los falsos halagos. […] Al rico nunca le dicen la verdad, todos le dicen lisonjas, todos le envidian, sus hijos y nietos piden a Dios que se lo lleve al otro mundo para repartirse sus bienes… Paradójicamente esto lo dice Celestina, que pocas líneas antes acaba de reconocer que todo se mueve por dinero, y que ella mismo lo ansía y se mueve única y exclusivamente por él: ¡Mientras haya dinero de por medio, ya puede durar este pleito todo lo que haga falta! Y es que el dinero lo puede todo…

Hay un cierto platonismo sobrevolando la obra, en la consideración de la belleza como símbolo de virtud, lozanía, pureza e inocencia. En cambio, la fealdad, tan asociada a Celestina, con esa raja tantas veces nombrada en su cara, está asociada a la maldad, la brujería, la mala vida y las malas prácticas; es decir, la imperfección no solo física, sino también moral.

LOS MOTIVOS DE LA TRAGEDIA

Como los lazos que unen a los distintos personajes son inestables, por egoístas, artificiales y antinaturales, en cuanto algo falla, se produce un efecto en cadena que provoca la tragedia, y afecta a todos los participantes.

Pármeno y Sempronio no se llevan bien, pero Pármeno decide hacer las paces y hermanarse con él porque es convencido por Celestina de que su amistad hará bien al negocio que llevan entre manos.

También la relación de los siervos con Celestina es pura conveniencia. Así que, en cuanto la cosa se tuerce y la vieja avara se niega a compartir con ellos los obsequios de Calisto, se desata la tragedia y la matan.

También la relación de Calisto con Melibea es peligrosa, pues es producto de la brujería. Así que no tarda también en derrumbarse dramáticamente.

Toda la acción de la obra se inicia con un noble sentimiento, como es el enamoramiento de un hombre hacia una mujer. Pero la historia parece empeñada en demostrar que forzar la situación más allá de lo debido trae infortunio. Obsesionado con conseguir lo que ansía, Calisto contraviene la Naturaleza, y la Fortuna le da un escarmiento; pero no solo a él, sino a todos los que intentan sacar tajada de su locura de amor.

Además, la obra refuerza la idea de que lo deseado, una vez conseguido, produce una mesura en el individuo; y como el placer es normalmente corto y fugaz, luego sobrevienen los lamentos por las locuras llevadas a cabo en su consecución. Así, Calisto se arrepiente de no haber defendido a sus criados o de no haberse interesado por su ajusticiamiento en la plaza; pero este sentimiento de culpa le sobreviene después de haber satisfecho su deseo sexual con Melibea, no antes. Obviamente, la libido le ciega la razón. Después, cuando Calisto muere, es Melibea la que lamenta no haber disfrutado ni ser consciente de su felicidad: ¿Cómo no gocé más del gozo? ¿Cómo aprecié tan poco la dicha que tuve entre mis manos? ¡Ay, ingratos mortales! ¡Solo reconocéis vuestros bienes cuando los perdéis!

Las prostitutas Elicia y Areúsa, que también se habían aprovechado de las viandas que Pármeno y Sempronio le habían birlado a su amo para darse una opípara cena, urden finalmente venganza contra los enamorados, pues los ven responsables primeros de las muertes de Celestina y de sus amantes.

Curiosamente, los dos siervos de Calisto que aparecen en la obra tras la muerte de los dos primeros, parecen repetir el esquema de los anteriores. Ahora es Sosia el seducido por Areúsa. De él sacan las prostitutas la información necesaria para cobrarse venganza a través de Centurión (aunque éste, a su vez, también las miente a ellas, y obra a través de su amigo Traso). Mientras que Tristán ejerce ahora de Pármeno, intentando aportar cordura y prudencia: Sosia, amigo, no tengo mucha edad ni experiencia, pero esta mujer es una conocida ramera…

Al final, la muerte de Calisto no puede estar más rodeada de simbolismos. Cae de la escalera que, al subir, le permitía salvar el muro que lo separaba de su amada. Pero ese muro representa también el más elevado estatus de Melibea. Es decir, que de nuevo hace aparición un elemento no natural, además de la brujería, para conseguir el objeto de deseo: solo con la escalera podía Calisto alcanzar a la dama; y será esa misma escalera de la que caerá para morir descalabrado. Para colmo, el muro impide que Melibea se despida de su amado; solo en diferido, a través de los lamentos de sus criados, obtiene la trágica noticia de su muerte. Tal vez símbolo de que, por las diferencias sociales entre ambos (que deberían haber impedido su unión), ahora quedan condenados a no despedirse. El muro los separa también en la muerte.

Así que, en último término, parece obvio sacar como lectura el cuidado necesario a la hora de pretender alcanzar un fin, especialmente si éste es de índole amatoria. Recordemos que la obra está dedicada a los jóvenes enamoradizos: cuidado de no rodearse de ambiciosos compañeros o interesados ayudantes y embaucadores. Incluso (y esto ya tal vez constituya un atrevimiento muy subjetivo), parece lanzar el mensaje de que conviene no enamorarse de quien no se debe.

La obra termina con un planto (llanto) de Pleberio, padre de Melibea, en el que impreca a la vida y al mundo por engañar a sus moradores, y se rebela contra la existencia de los placeres, pues son trampas para que los hombres puedan creerse felices, y luego sufran desprevenidos las desgracias. Porque estas terminan, inevitablemente, por llegar, aunque uno tome precauciones y crea haber encauzado su vida de forma correcta.

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Perlas escogidas

En un Prefacio sin desperdicio (publicado originalmente en The Fornightly Review, en 1891) a su obra El retrato de Dorian Gray, Oscar Wilde esboza su ideario estético, a base de aforismos o cohetes baudelairianos. De entre ellos, permítaseme la siguiente selección:

-El artista es el creador de cosas bellas.

-Revelar el arte y ocultar al artista es la finalidad del arte.

-Un libro no es, en modo alguno, moral o inmoral. Los libros están bien o mal escritos. Eso es todo.

-Ningún artista tiene simpatías éticas. Una simpawildetía ética en un artista constituye un amaneramiento imperdonable de estilo.

-Es al espectador, y no a la vida, a quien refleja realmente el arte.

-Ningún artista es morboso jamás. El artista puede expresarlo todo.

-Todo arte es a la vez superficie y símbolo. Los que buscan bajo la superficie, lo hacen a su propio riesgo. Los que intentan descifrar el símbolo, también lo hacen a su propio riesgo.

-Cuando los críticos difieren, el artista está de acuerdo consigo mismo.

-Todo arte es completamente inútil.

Y ya en la obra en sí, las perlas siguen abundando. He aquí una mínima remembranza de ellas:

-En cuanto a creer en las cosas, las creo todas con tal de que sean enteramente increíbles.

-La cosa más común nos parece deliciosa si alguien nos la oculta.

-Elijo a mis amigos por su buen aspecto; a mis simples conocidos por su buen carácter, y a mis enemigos por su intelecto.

-No puedo evitar detestar a mis parientes. Supongo que esto se debe a que ninguno de nosotros puede soportar la vista de otros que tengan sus mismos defectos.

-La fidelidad es a la vida emocional lo que la estabilidad es a la vida intelectual: una simple confesión de fracasos. (…) Hay muchas cosas que abandonaríamos si no temiéramos que otros pudiesen recogerlas.

-Las pasiones sobre cuyo origen nos engañamos a nosotros mismos nos tiranizan con más fuerza.

-Los jóvenes quieren ser fieles y no lo son; los viejos quieren ser infieles y no pueden.

-Las mujeres nos tratan exactamente igual como la humanidad a sus dioses. Nos adoran y están siempre molestándonos con alguna petición. (Sic)

-Las mujeres nos inspiran el deseo de ejecutar obras maestras y nos impiden siempre llevarlas a cabo.

-No hay más que dos clases de personas verdaderamente fascinadoras: las que lo saben absolutamente todo, y las que no saben absolutamente nada.

-Un hombre dueño de sí mismo puede poner fin a una pena con tanta facilidad como puede inventar un placer.

am_79213_5462968_974600-La tragedia de la vejez no consiste en ser viejo, sino en haber sido joven.

-Es la confesión y no el sacerdote quien nos da la absolución.

-Es la imaginación la que pone al remordimiento sobre la pista del pecado.

-Cuando una mujer se vuelve a casar, es porque detestaba a su primer marido. Cuando un hombre se vuelve a casar es porque adoraba a su primera esposa. Las mujeres prueban su suerte; los hombres arriesgan la suya. (…) Las mujeres nos aman por nuestros defectos. Si tuviésemos los suficientes, nos lo perdonarían todo, hasta nuestra inteligencia.

-¡Cuántas tonterías dice la gente sobre los matrimonios felices! Un hombre puede ser feliz con cualquier mujer mientras no la ame.

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Aunque la obra trata el conflicto civil que aconteció en nuestro país y sus consecuencias en los años inmediatamente posteriores, podemos pensar que los temas tratados podrían sobrevolar todo relato que terciara sobre un conflicto bélico cualquiera. De hecho, lo primero que cabe comentar es la denominación común que comparten cada uno de los cuatro relatos que componen el volumen: derrotas (Primera derrota, Segunda derrota…) En efecto, para el autor, cada uno de los episodios certifica una derrota. ¿De quién o de qué? ¿Del bando republicano? ¿Del protagonista? Más bien podríamos decir que son derrotas del ser humano. Toda guerra es, en definitiva, un fracaso del hombre. Y aunque para nosotros estos relatos tengan una significación especial por estar ambientados en uno de los acontecimientos más tristes de la historia de nuestro país, no cabe duda de que cualquier lector, al margen de su nacionalidad, o de su cercanía o distancia cronológica con los sucesos relatados, debería disfrutar con esta magnífica lectura. Ocurre, no obstante, que disfrutar con este libro implica estremecerse, sufrir un pellizco en el ánimo y una sacudida en la conciencia que hace preguntarse cómo es posible que el hombre sea capaz de producir tanto dolor y tanto miedo a sus semejantes. En definitiva, nos hace volver a plantearnos por enésima vez el porqué de las guerras, aun sabiendo, con terrible anticipación, que nunca dejarán de producirse.

Primera derrota: SI EL CORAZÓN PENSARA DEJARÍA DE LATIR

Es, quizás, el más simbólico de los relatos, y el que probablemente contenga más carga metafórica del volumen, ya desde su propio título; no disponemos de datos históricos para corroborar que tenga un referente real (los otros relatos son fácilmente imaginables que acontecieran de manera más o menos similar a la descrita; incluso albergamos la seguridad de que en aquellos días de la (pos)guerra se produjeron hechos aún más atroces que estos que aquí se cuentan), pero su propuesta argumental es todo un desafío a la conciencia moral del lector.

El capitán Alegría, perteneciente al ejército nacionalista de Franco, se rinde al bando republicano horas antes de ganar la guerra. Poco después de que lo trasladen a Capitanía General, en Madrid, entran las tropas de Franco, convirtiéndose entonces en prisionero de los suyos.

Lógicamente, lo primero que cabe plantearse es si, como los republicanos piensan, Carlos Alegría es un desertor o más bien un loco. Pronto sabremos que ni lo uno ni lo otro, sino que se trata más bien de un idealista pacifista para quien la guerra no tiene sentido (o lo ha perdido). Desde bien pronto se dedicará a desmentir la posibilidad de que sea un desertor: Un desertor es un enemigo que ha dejado de serlo; un rendido es un enemigo derrotado (p.15). Es decir, que Alegría se considera derrotado aun cuando es su bando el que se adjudicará en poco tiempo la victoria. ¿Cómo es esto posible? Porque su “derrota” no coincide con el concepto de derrota que manejan los demás participantes en la guerra: nadie le ha apuntado con un arma, y las filas de los suyos no han sido derribadas por las hordas enemigas. ¿Entonces? Reniega del sentido con que sus compañeros han dotado a la batalla: el ejército nacional no quería ganar la guerra, sino simplemente matar a los republicanos.

Cuando el ganar pierde importancia y en su lugar solo queda el deseo de masacrar, ridiculizar o exterminar al oponente, el sentido originario de la disputa queda en el aire, cuestionado. Y si esto acontece en una guerra, en la que las piezas a mover no son fichas de madera sino vidas humanas: ¿cómo puede ser justificado? Alguien dijo que todas las guerras son civiles; y podemos argüir que por dos motivos: porque todos somos vecinos del mundo, de un mismo mundo que no entiende de fronteras ni de líneas pintadas sobre un mapa, y porque nadie es en esencia militar o “persona de armas”. Cualquiera tendría por actividad algo mejor y más productivo que portar y utilizar armas; y si hay alguna manera de justificar la violencia es únicamente para garantizar que nadie pueda perturbar la paz de todos. Ya se sabe: el conocido lema de “hacer la guerra para conseguir la paz”; no obstante, la lucha contra la injusticia no debería engendrar nunca una destrucción mayor que la que ya propiciaba dicha injusticia. El desafío será, por tanto, combatir los males y las diferencias con armas que, lejos de destruir sin más, deconstruyan creando nuevos horizontes (¿hay arma que se adecúe mejor a estas características que la educación?).

Nos adentramos con todo esto en un complejo debate en torno a si hay guerras justas e injustas, lo que sin duda excede la intención de nuestro comentario. Pero lo que sí está claro, y con ello damos respuesta a la cuestión inicial planteada, es que el capitán Alegría abandona la batalla y se rinde porque la guerra en la que participaba ha dejado de tener el sentido inicial de defender unos ideales frente a otros. Si alguien considerara lícito el empleo de las armas para defender sus afinidades políticas frente a las contrarias, inmediatamente perdería su crédito si solo le bastara la exterminación del adversario. Y en cualquier caso, aunque se diera por satisfecho con la capitulación del enemigo, siempre podríamos repetir las palabras de Unamuno: “venceréis, pero no convenceréis”; porque, en efecto, si una opción ideológica requiere del uso de las armas para hacerse valer, ya parece en origen ilegítima. Albert Camus decía que son los medios los que justifican el fin, invirtiendo así la conocida máxima maquiaveliana.

Y en relación a todo esto, podemos incluir algunas palabras más del mismo Unamuno en su célebre discusión con Millán Astray: la nuestra es sólo una guerra incivil. (… ) Vencer no es convencer, y hay que convencer, sobre todo, y no puede convencer el odio que no deja lugar para la compasión. El periodista Jean Daniel recordaba en un artículo de opinión en El País (06-05-2011) que, una vez que se ha decidido ir a la guerra, hay que tener en mente tres reflexiones: a) “Sí, a veces hay que resignarse a la guerra, pero sin olvidar nunca que, pese a la equidad de la causa, eso significa participar de la eterna locura de los hombres” (Barack Obama); b) “Cada vez que un oprimido toma las armas en nombre  de la justicia, da un paso en el campo de la injusticia” (Albert Camus); c) “La justicia, esa fugitiva que a menudo deserta del campo de los vencedores”.

Carlos Alegría representa con su rendición su negativa a participar en este horrendo juego, y a pesar de no participar de la causa republicana, no por ello desea ser partícipe de su masacre (…abominando de nuestro enemigo, no quiere sentirse responsable de su derrota, en p. 22). De la misma manera, Alberto Méndez añade un detalle que nos confirma que el gesto del capitán no significa que haya cambiado de bando, sino sencillamente que ya no siente defender los mismos valores: se rendía… pero en perfecto estado de revista (p.16). ¿Cuántos estarían hoy dispuestos a defender sus principios aun a costa de perder lo que tenía ganado o de pasar por loco? Todos aquellos que aceptan responder a la barbarie con la barbarie, utilizando las mismas armas que sus enemigos y traicionando así los valores por los que combaten (Jean Daniel de nuevo) deben recordar que la víctima, después de liberarse, puede convertirse en verdugo.

En la última página (p. 36) aparece recogida una reflexión del capitán Alegría: no llegarán como militares victoriosos, sino como extraños de la vida. Se refiere Carlos Alegría al bando vencedor al que él mismo perteneciera antes de darse por rendido. Cuando ganas algo tienes un motivo para celebrarlo: una victoria deportiva, un examen aprobado, la recuperación de la salud tras la enfermedad… Pero, ¿qué celebras después de vencer en una guerra contra hermanos, vecinos y compatriotas? Parece que solo una cosa: que al menos tú sigues con vida. Pero el capitán Alegría ya ha denunciado antes que no se conformaban con ganar la guerra, sino que pretendían acabar con los republicanos. ¿Quién puede sentirse satisfecho con una victoria así? Desde luego, si hubiere algún motivo que justificara alguna guerra, éste quedaría descalificado en cuanto la prioridad dejara de ser deshacer el agravio o la diferencia, y se convirtiera en una mera tarea que persigue la purga del adversario. En cualquier caso, soy de los que piensan que toda guerra engendra males peores que los que se pretendían erradicar en su origen. Y cuando se habla del sinsentido de las guerras nos referimos, precisamente, a que nunca nos parece que hayan motivos suficientes para declararlas; y sin embargo nuestra historia y nuestro presente (mucho nos tememos que también el futuro) están plagados de ellas.

Segunda derrota: MANUSCRITO ENCONTRADO EN EL OLVIDO

Parece que el título lleva afán parafraseador, pues es harto conocida la magnífica obra de Jan Potocki Manuscrito encontrado en Zaragoza (1804).

No será hasta el cuarto relato, Los girasoles ciegos, donde más datos se nos darán de los protagonistas de esta historia. Ella se llama Elena y huyó de Madrid con su novio, embarazada de ocho meses, al poco de terminar la guerra. Intentaban cruzar la frontera con Francia, porque él era un poeta simpatizante del bando comunista (publicaba poemas en Mundo Obrero). En el cuarto relato, los padres de Elena suspiran porque hayan conseguido escapar con vida, pero nosotros los lectores conocemos la verdadera conclusión de su huida en este brutal y dramático relato: Elena murió al dar a luz al niño, y el poeta y su hijo la sobrevivieron solo unos días más.

El relato está narrado mediante el recurso de “diario encontrado por el narrador”, aunque en este caso el narrador desaparece totalmente, dejando paso tras la presentación a esas páginas que el poeta dejó escritas.

En este capítulo estamos ante una nueva derrota del ser humano; una derrota que podríamos tematizar de la siguiente manera: …Morir no es contagioso, la derrota sí… (página 6 del diario del poeta). La esencial de la Guerra Civil que, en este relato, está plasmada en la necesaria huída por parte del poeta y su novia embarazada, es la persecución al pensamiento divergente, a los disidentes; el ánimo de imponer una forma de pensar a base de aniquilar las demás existentes (puede comentarse la delicada situación social en China, Cuba, o el País Vasco; casos en los que las diferencias ideológicas son a menudo acalladas con la violencia. Dictadura del miedo).

¿Cómo se corrige el error de estar vivo? Porque, en efecto, en la guerra, estar vivo parece eso: un error; porque es lo más difícil, lo menos común, lo que más se debe a la suerte, a la casualidad o a ambas. En circunstancias así estar vivo constituye un error porque es una insolencia, una falta de deferencia para con los caídos. Y a cada nueva víctima, el pecado de la vida se hace más difícil de llevar y soportar (puede tomarse como motivo de comparación la película La carretera, o su original versión literaria, de Cormac McCarthy. Véase en ambos casos el valor de una vida cuando todo lo que la rodea es muerte, miseria y desesperación; y analícese el espíritu de supervivencia en situaciones extremas).

He visto muchos muertos, pero no he aprendido cómo se muere uno. Porque nadie puede aprender de una experiencia tras la cual no caben enmiendas: solo se muere una vez. Y poca ciencia se puede hacer del morir visto en otros; en este caso adquiere toda su dimensión el dicho popular nadie escarmienta en cabeza ajena.

Podríamos hablar también en este relato del perdón. El poeta escribe: voy a contarle a mi hijo (…) que yo no hubiera dejado que mis enemigos huyeran desvalidos, que yo no hubiera condenado a nadie por ser solo un poeta. ¿Qué papel tiene un poeta en una guerra, un rapsoda entre las balas? ¿Qué función le corresponde desempeñar a los escritores comprometidos, o a los intelectuales en general? En el conocidísimo pasaje del mito de la caverna platónico (libro VII de la República) cabe interpretar la función de estas eminentes figuras de la sociedad: despertar o sacar de su aletargamiento a los demás. La principal objeción al autoritario punto de vista del filósofo clásico es que el intelectual no debe ejercer su fuerza e imponer su verdad de manera indiscutida; sino que, antes bien, deberá hacerse entender por el camino de la persuasión racional y modélica. Sí: el intelectual debe ser modelo o ejemplo a seguir con sus actos, y su legitimidad llegará por la vía ejemplarizante.

Que de las cuencas de mis ojos nazcan flores que irriten a quienes prefirieron la muerte a la poesía. Pasaje éste que nos invita a profundas reflexiones: alguien que aprecie la belleza, el arte, unos versos bien compuestos, una sinfonía de Beethoven… ¿puede gustar de la compañía de la muerte? ¿Puede un esteta disfrutar con un comportamiento violento y celebrar el aniquilamiento de un bando en la guerra? Nos gustaría pensar que no, pero la Historia (en mayúsculas) nos demuestra lo contrario. Siempre se ha dicho que la intelligentsia nazi, la misma que dictaba sentencias de muerte en atroces cámaras de gas, disfrutaba con Bach y con Wagner, y que frecuentaban las óperas y los teatros, y seguramente no hace falta remontarse a la negra crónica de Alemania para exponer ejemplos, porque aún que los tenemos más cercanos. ¿Cómo es posible? ¿Cómo alguien que sabe apreciar la belleza en una obra humana no es capaz de advertir el horror de otras? ¿Cómo el embeleso por el arte puede sustituir la consideración de la dignidad humana? Será que, en contra de lo que pensaban los clásicos, belleza y bondad no van de la mano: lo bello no es bueno, ni viceversa. Ambos son caracteres independientes en ámbitos estancos. ¿Acaso no recordamos aquella magnífica obra de Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray? La belleza externa de un cuerpo y la elegancia de sus maneras disfrazaban un alma marchita. Incluso otras obras más actuales juegan a difuminar en ciertos personajes el gusto por placeres elevados y delicados con personalidades psicóticas. Por ejemplo, American psycho, El silencio de los corderos, o El talento de Mr. Ripley. Más aún, viene siendo habitual el empleo argumental del asesinato como una obra de arte que algunos se afanan en ejecutar con la máxima pulcritud (os amigos del crimen perfecto, La soga  de Hitchcock, La huella de Mankiewicz…). En definitiva, y por triste que nos parezca, la historia nos demuestra que, aparte de que son muchos los que prefieren la muerte a la poesía, aún los hay que disfrutan con ambas, produciendo así una siniestra paradoja que no nos gusta aceptar.

Podemos hablar de la escritura como terapia, pues son muchos los ejemplos literarios en los que alguien necesita llorar por escrito, vertiendo a través de palabras escritas un dolor que de otra forma parece indescriptible (el poeta afirma no haber derramado ni una sola lágrima). Citemos algunos notables ejemplos: El hombre en busca de sentido, de Viktor Frankl, en el que relata sus durísimas experiencias en un lager; El año del pensamiento mágico, de Joan Didion, en el que la autora relata la pérdida de su marido y la enfermedad de su hija; Una pena en observación, de C. S. Lewis, que sirve de desgarradora liberación del escritor por la muerte de su esposa; una muerte que le hace plantearse incluso sus creencias religiosas. Y la lista podría ser muchísimo más amplia, porque es una constante en la historia de la literatura la purga del dolor a través de la transcripción literaria de lo sentido. En el caso concreto del poeta de este relato, escribir es la manera de mantener una cordura que se tambalea ante la atrocidad; es la manera de hacerse acompañar de su propia conciencia, asegurándose de que ésta no le ha abandonado; es, en definitiva, la manera de hacerse dueño de lo que piensa, porque a veces uno no sabe en qué cree hasta que no se lee. Además, la escritura sobrevive a la carne; la verdadera muerte es el olvido, y el deseo del poeta es dejar testimonio de su paso por el mundo. Ese es, tal vez, su mayor consuelo ante el miedo a lo inevitable.

Una última reflexión en torno a este capítulo: cuando el poeta lo da todo por perdido, cuando ya no quiere vivir, todo le da igual y nada parece afectarle demasiado. Está en un movimiento de caída libre hacia la muerte; una muerte indolora por evidente, por esperada. Una muerte que parece acoger casi con alivio. Pero de repente algo cambia: el poeta comienza a alimentar al niño; comienza a mantener a una vaca maltrecha para que los alimente. Recobra las ganas de vivir. El bebé, clara metáfora de la esperanza, alimenta con su mejora las ilusiones. Y, de la mano de estas nuevas fuerzas, llegan miedos habituales: tengo miedo de que el niño enferme, … de que muera la vaca… de enfermar… de que alguien descubra que estamos aquí arriba en la montaña. Tengo miedo de tanto miedo. ¿Acaso no es lo que ocurre en nuestra sociedad actual? Tenemos tantas cosas, que nuestros miedos se multiplican. Por eso se dice que el estrés, las depresiones y otras patologías psicológicas solo se dan en el primer mundo, y siempre como consecuencia de la voraz sociedad de consumo en la que nos encontramos. Donde no hay nada o muy poco, no se tiene tanto miedo a perder. Solo una sociedad como la nuestra, que incentiva la acumulación de bienes, puede considerar desgracia el no tener coche, televisor de plasma, la última versión del iphone, ipad y mil adelantos tecnológicos más. Para el hombre y la mujer actuales, vivir no es sobrevivir, sino bienvivir (se puede sacar a colación la tan cacareada cuestión de “la sociedad del bienestar”). Solo la muerte cercana y previsible, o una temprana fecha de caducidad, pueden cambiar nuestras exigencias: entonces lo superficial muestra su verdadera cara El fragmento citado de esta obra retrata especialmente bien estos asuntos: cuando tienes motivos por los que levantarte cada mañana, y el final se vuelve incierto, crecen los miedos.

Tercera derrota: EL IDIOMA DE LOS MUERTOS

En este tercer relato, Juan Senra es un republicano hecho prisionero por el bando franquista. Pendiente de ser condenado a muerte por el coronel Eymar, una casual declaración le salva momentáneamente: Senra conoció al hijo del coronel, Miguel Eymar, y éste le pide que le cuente de él.

En ese momento, el soldado Juan Senra se convierte en un trasunto de Sherezade, de Las mil y una noches, pues en cada sesión de declaración a la que es llamado, cuenta historias inventadas acerca de la vida del joven. La propia mujer del coronel hará acto de presencia, esperando oír noticias de su hijo. Ni que decir tiene que Senra no cuenta toda la verdad: Miguel Eymar fue ajusticiado a muerte por ser un vulgar bandido; pero la versión que cuenta al tribunal es que murió con todos los honores, como un héroe. Juan Senra comenzó una mentira prolongada y densa que, surgida de un instante de piedad, se convirtió en el estribo de su vida (p. 75). En efecto, se unen los dos hechos siguientes: Senra sabe que, para salir con vida, tiene que ganarse el afecto del coronel y de su mujer, ensalzando para ello la figura de su hijo muerto. Y además, aunque en bandos contrarios, reconoce especialmente el dolor de una madre, y se apiada de la señora, limpiando la memoria de lo que fue Miguel Eymar. Así que, como Sherezade, cada nueva historia o relato son minutos de vida ganados, y se convierten así en el ancla o estribo que le amarran a la sobrevivencia.

Pero llegan días en los que Senra se empieza a sentir culpable por la situación sostenida. El hijo del coronel era un canalla, y no merecía que su recuerdo fuera salvado; ni siquiera sus padres se merecían tener una idea tan distorsionada y buenista de su pasado. Y, por supuesto, Senra no soporta la idea de que su vida esté sostenida con un lazo tan débil: el de una mentira para la que ya no tiene fuerzas con que seguir alimentándola. De nuevo, aparece aquí el sentimiento de culpa por estar vivo frente a todos los compañeros de celda que van cayendo, fusilados tras la sentencia del inquebrantable coronel Eymar. Él sabe que el trato de favor del coronel para con él se debe exclusivamente a la mentira pergeñada en torno al hijo desaparecido.

Juan se horrorizó al pensar que, si estuviéramos vivos en la tumba, terminaríamos por amar a los gusanos. Tal es la facultad del hombre para acostumbrarse a todo. ¿Sí, incluso a vivir gracias a una mentira? Finalmente, el soldado republicano no soporta su situación y termina, con desesperación, contando la verdad delante del matrimonio, de la forma más cruda posible para los oídos de unos padres que habían sido engañados: Juan le dijo que había recordado la verdad, que su hijo fue justamente fusilado porque era un criminal, no un criminal de guerra, calificación en la que los juicios de valor cambian según el bando, sino un criminal de baja estofa, ladrón, asesino de civiles para robarles y venderlo después de estraperlo, muñidor de delincuentes y, lo que era peor, traidor a sus compinches […] fue un mierda y murió como lo que era. Todo lo que les he contado hasta ahora era mentira (p.100).

Al final, la única satisfacción de Senra fue saber que su sentencia coincidía con el conocimiento de la gris realidad de la vida y muerte de Migue Eymar por parte de sus padres: del rostro del coronel Eymar desaparecería para siempre esa mueca de satisfacción impune.

 

Cuarta derrota: LOS GIRASOLES CIEGOS

Se trata del relato que da nombre a la recopilación. Ya en la primera línea del mismo se alude a una superficial explicación del título, pues se trata de una metáfora de la desorientación. Un girasol ciego no podría seguir al sol, no tendría una luz que mirar, y se encontraría perdido, sumido en las sombras. El hermano Salvador, diácono que frustra su vocación sacerdotal por la atracción que siente hacia Elena, declara al final de su confesión: Seré uno más en el rebaño, porque en el futuro viviré como uno más entre los girasoles ciegos. Los apetitos humanos, la concupiscencia y el deseo sexual, han derrotado su fe, dejándole en una metafórica ceguera: sus ojos ya no siguen la luz de Dios, sino las tinieblas del mundo físico y carnal. El cuerpo ha vencido sobre el espíritu.

Formalmente, lo primero que llama la atención de este relato es que está compuesto de tres voces, cada una de ellas distinguida en el texto por la tipología de letra utilizada. Los fragmentos escritos en letra cursiva se corresponden con la carta-confesión del hermano Salvador a otro sacerdote; los que aparecen en negrita pertenecen a una especie de diario íntimo de Lorenzo adulto. Finalmente, los fragmentos restantes, que presentan una fuente de letra normal, se corresponden con la narración en estilo directo de los acontecimientos. Constituye, por así decirlo, el nudo en que se atan las confesiones del diácono y del niño.

El padre de Lorenzo, Ricardo Mazo, vive escondido en casa, para que los falangistas no lo cojan. Se piensan que está muerto, y todos en casa actúan como si así fuera. Incluso Lorenzo está adiestrado en la manera en que ha de responder a las insistentes preguntas de los curas profesores; y tienen establecido todo un modus operandi cada vez que alguien sube al ascensor, hasta que se resuelve la expectación de saber cuál es el destino del visitante (cabe desarrollar el tema “Vivir con miedo”, pudiéndose comparar, por ejemplo, con casos y estadísticas sobre mujeres maltratadas).

En este relato asistimos al último hilo conductor entre los cuatro relatos que componen el libro: la hija del matrimonio y hermana de Lorenzo, escapó de casa embarazada con un poeta al terminar la guerra y no volvieron a saber de ella. Evidentemente, se trata de la acompañante fallecida del poeta que protagoniza el segundo relato, Manuscrito encontrado en el olvido.

En la página 129 nos encontramos con un fragmento clave, que nos ofrece una de las mejores oportunidades para dar rienda suelta a nuestra opinión crítica:

—Que alguien quiera matarme no por lo que he hecho, sino por lo que pienso… y, lo que es peor, si quiero pensar lo que pienso, tendré que desear que mueran otros por lo que piensan ellos. Yo no quiero que nuestros hijos tengan que matar o morir por lo que piensan.

La declaración de Ricardo hace explícita la terrible crueldad de una dictadura en la que expresar sin tapujos tu opinión puede llevarte al calabozo o al cadalso. Cabe hablar aquí, pues, de la censura y de la dictadura del miedo (ver más arriba).

La maestría de Alberto Méndez en el manejo del lenguaje literario nos deja pasajes magníficos, como las sutiles y esquivas descripciones del acto sexual entre Ricardo y Elena (p. 129-130) o el descubrimiento del sexo por parte de Lorenzo (p. 145); también esa creciente lascivia en el hermano Salvador, que cada vez muestra una fijación más obsesiva en Elena (p. 139): Le confieso, Padre, que tras tantos años de inviernos y sequías, noté formarse en mí los brotes de una flor capaz de dar su fruto. Pensé en preterir mi vocación de pastor para formar parte del rebaño. El diácono parece indicar con estas palabras un reverdecimiento de sus deseos carnales, hasta el punto de recordar que se planteó abandonar su vocación. Ya antes ha hecho explícita su obsesión por la carne, y a la propia Elena le expresará su deseo de encontrar a alguien con quien formar una familia (p. 140): … de todas las lecturas de la Sagrada Biblia, de todas mis horas piadosas, sólo quedaba una frase de los Salmos en mi memoria: Son tus pechos dos crías de gacela paciendo entre azucenas.

El relato también deja muestras de las consecuencias que tuvo en la infancia de los niños la consideración del sexo como tema tabú, y la trascendencia de nociones como culpa y pecado, tan frecuentemente asociadas a las prácticas sexuales y, en general, a todo aquello que implicara placer del cuerpo (p. 146: La salud tenía que ver con el sacrificio mientras que la enfermedad sobrevenía siempre por la satisfacción de los instintos. Algo se nos ocultaba a los niños, que no sabíamos qué hacer con nuestro cuerpo). En las páginas 115 y 116 insistía en el problema que le supone el deseo: solo unos pocos elegidos no tienen que decidir entre lo divino y lo pecaminoso- Y él, que se siente tentado (porque, como dice, posee el Pecado Original herencia de Adán y Eva), lleva consigo la maldición: la atracción sentida hacia los otros (hijos de Adán). Viene a decir que es difícil distinguir lo bueno de lo malo, lo que sigue a Dios de lo que se aparta de Él. La atracción por el pecado de la carne, tan propia del ser humano que es, se sitúa en ese limbo intermedio: ¿cómo podría renunciar a su condición animal?

Precisamente, la actuación final del diácono es la más puramente animal; aquella en la que ya no media la represión cultural, la civilización: intenta satisfacer sus deseos rijosos por la fuerza. No solo, pues, no renuncia a su condición animal, sino que la desata de los necesarios corsés cívicos y morales, y le da carta de libertad, amparado por su privilegiada situación en la escala social de la época.

 

Córdoba, marzo de 2011.

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Planilandia, la obra de Edwinn Abbott Abbott, ha sido considerada usualmente como una novela para matemáticos experimentados o, cuanto menos, para neófitos educandos en la materia. El propio subtítulo de la obra, Una novela de muchas dimensiones, juega precisamente con la propuesta geométrico-metafórica del autor. Pero su implementación en ciertos niveles educativos como lectura recomendada (incluso obligada) le ha permitido llegar más allá de la vista de estudiosos de las ciencias exactas, para recalar en manos de, entre otros, filósofos y humanistas, que no han tardado en descubrir y comentar las obvias coincidencias y pertinentes analogías con el célebre mito de la caverna platónico. La obra, que data de 1884, es contemporánea de otro gran clásico de las fábulas matemáticas, Alicia en el País de las Maravillas, y comparte con éste las inquietudes científicas propias de la época (victoriana). Así pues, aparte del interés lógico-matemático de sus propuestas, ambas obritas coinciden en tratar metafóricamente los usos y costumbres de su tiempo, siempre en clara actitud crítica. Incluso, en la obra que nos ocupa, con mucha mayor corrosividad, mostrando una sociedad distópica representada por figuras geométricas divididas en castas sociales jerarquizadas muy cerradas. Así, es el número de lados de los ciudadanos de Planilandia el que determina el estamento al cual pertenecen, y a través de la descendencia es como las familias evolucionan positivamente, pues normalmente los neonatos experimentan una mayor apertura de sus ángulos y la aparición de un nuevo lado por generación. Con todo, el nivel más alto de la jerarquía está representado por los Círculos (clase gobernante y sacerdotal) y  el más bajo por las líneas rectas (las mujeres de Planilandia).

La novela se divide en dos partes: Este mundo, que describe algunos detalles reseñables de esta extraña sociedad, y Otros mundos, en la que el protagonista, narrador en primera persona (un cuadrado perteneciente a la clase media), relata la venida de un ser extradimensional a su mundo y las consecuencias que tendrá en su vida. En la primera parte se satiriza acerca de la idiosincrasia de los habitantes de Planilandia: la pésima consideración hacia la mujer, la construcción de las viviendas, el clima, los métodos de reconocimiento mutuo, las revueltas sediciosas y sus sofocaciones, las medidas genocidas para depurar a la población y limitar el número de isósceles (soldados agresivos, dañinos e insensatos) y, sobre todo, la limitada visión de estos seres planos que viven condenados en las dos dimensiones de su mundo.

Pero será en la segunda parte cuando mejor se aprecie la intención reivindicadora por parte del autor de un cambio de ser, de estar y de pensar en la sociedad, y donde más pertinente se hace el comentario paralelo de la famosa metáfora del libro VII de la República de Platón. El Cuadrado narrador recibe la inesperada visita de una Esfera, procedente -como no podía ser de otra forma- del mundo de las Tres Dimensiones o Espaciolandia. Según cuenta la Esfera, cada mil años es enviado un habitante de Espaciolandia a Planilandia para adoctrinar a un elegido acerca del verdadero mundo de las Tres Dimensiones que su limitada percepción le impide concebir. La actitud inicial del Cuadrado es defensiva y cerril, negando la posibilidad de un mundo más allá del que tiene frente a sí. La Esfera trata de convencerle de que existe una tercera dimensión ignota para los habitantes de Planilandia, y que es justamente la altura. “Hacia arriba no es lo mismo que hacia el Norte”. Pero ante la reiterada negativa del Cuadrado, la Esfera lo eleva por la fuerza, obligándole a ver su propio mundo desde la altura, contemplando así la verdadera situación de Planilandia y sus confines. Por fin, tras la majestuosa visión, se hace consciente de la nueva verdad, y comienza a endiosar a la Esfera, atribuyéndole cualidades divinas y redentoras, tanto de índole cognoscitivas como éticas. La Esfera rebaja su proselitismo con un breve pero certero ejercicio de docta modestia: Si un carterista o un asesino de nuestro país [Espaciolandia] pueden ver todo o que hay en el tuyo, no hay razón, entonces, para que tú no aceptes como un Dios a una carterista o un asesino. Esta omnividencia, como tú la llamas […] ¿te hace más justo, más misericordioso, menos egoísta, te inclina más al amor? No, en absoluto. Entonces, ¿cómo es que te hace más divino? El Cuadrado siente deseos inmediatos de transmitir sus conocimientos recién adquiridos a sus congéneres, pero la Esfera le avisa de los serios peligros que comporta tal tarea. La casta sacerdotal de los Círculos de Planilandia lleva siglos eliminando y encarcelando a todos aquellos que, adoctrinados en anteriores visitas por seres tridimensionales, han querido revelar a los demás la ignorancia en que viven. Pero, una vez de regreso a su anodino mundo bidimensional, el Cuadrado no podrá remediar su ímpetu por transmitir tan elevado conocimiento y ganar adeptos a la causa de la Verdad, lo que le llevará a la cárcel por el resto de sus días.

Como anunciaba antes, cualquiera que conozca, aunque de oídas, el mito de la caverna del filósofo griego, habrá podido advertir las notables similitudes entre ambas historias. La imagen de unos prisioneros atados de pies, manos y cabezas, obligados a mirar sólo en dirección a una pared rocosa sobre la que se proyectan unas sombras que toman por la realidad verdadera, es afín a la situación de ignorancia en que viven los habitantes de Planilandia. El momento en que alguien libera a uno de los prisioneros de la caverna a la fuerza (porque el preso se resiste a ser liberado. Ha nacido y crecido en cautividad; no añora la libertad; no sabe qué es, y por tanto no puede desearla) y lo obliga a salir al exterior para que conozca el mundo real, el cielo, las estrellas y el mismísimo Sol, es fácilmente comparable con la vehemencia con que la Esfera se lleva al Cuadrado, elevándolo contra su voluntad, para forzarlo a ver lo que está más allá de sus ojos. Entonces, el prisionero de la caverna platónica, al igual que el Cuadrado de Planilandia, se queda embelesado ante la magnificencia de lo que ve, y comprende las tinieblas en las que ha vivido (tinieblas de la razón). Y una vez alcanzado el más alto conocimiento, hay un impulso por transmitirlo. Para Platón, esta era la necesaria consecuencia social del ser filósofo: el preso liberado se convierte en un sabio que, inmediatamente, capta la naturaleza de su nueva misión en la vida: sacar a los demás de su ignorancia. Es la máxima socrático-platónica. Por eso, el prisionero-filósofo decide volver al interior de la caverna, y al igual que le sucederá al Cuadrado, quienes ahora le escuchan se ríen y se mofan de él, lo toman por loco, por delirante, y llegan a sentirse tan importunados por sus alucinaciones que lo agreden, lo intentan matar o lo encarcelan. Como es bien sabido, fue de esta forma como Platón rindió sentido homenaje a su maestro Sócrates, condenado a beber la cicuta precisamente por hacer las veces de Cuadrado que, habiéndose elevado por encima del limitado mundo de nuestros sentidos amodorrados, había captado las verdaderas esencias que rigen nuestra existencia. Así que, la moraleja final es igualmente trágica: luchar contra las verdades cansadas de la tradición, contra las imposiciones del contexto, y cortar las ligaduras con que nosotros mismos nos atamos a la realidad circundante, son acciones peligrosas y ajenas al reconocimiento, pero encomiables en sí mismas. Al fin y al cabo, ésa es la tarea y la razón de ser olvidada del intelectual.

Para terminar, señalar el meritorio episodio en que el Cuadrado, apenas aceptada y asumida la noticia de las Tres Dimensiones, interroga a la Esfera acerca de la posibilidad de una Cuarta, una Quinta, y una Enésima Dimensión por encima incluso de Espaciolandia, y barrunta como posibilidad la existencia de seres más allá de los planos y de los sólidos. Y ante esto, la respuesta de la Esfera es, paradójicamente, la misma de desprecio y negación con que el Cuadrado había abandonado su mundo originario. Sirva esto para llevar aún más al extremo la crítica mordaz al dogmatismo, a la ceguera intelectual y a las limitaciones de una perspectiva estrecha e intransigente. ¡Qué fuertes son los parecidos de familia que corren entre la humanidad ciega y persecutoria en todas las Dimensiones! Puntos, Líneas, Cuadrados, Cubos, Extra-cubos, todos somos susceptibles de los mismos errores, todos somos por igual esclavos de nuestros respectivos prejuicios dimensionales, dirá en el Prefacio a la Segunda Edición revisada Edwin Abbott, defendiéndose de algunas críticas recibidas. La Esfera se muestra, por tanto, como un ser superior al Cuadrado sólo por contingencias irresolubles, por haber nacido en un plano superior, pero el Cuadrado demuestra estar en mejor disposición de ascender por el arduo camino del conocimiento, siguiendo la consigna socrática del sólo sé que no sé nada.

Sirva de punto final la dedicatoria del propio autor: A los Habitantes del ESPACIO EN GENERAL […] dedica esta obra un modesto natural de Planilandia, con la esperanza de que, así como él fue iniciado en los Misterios de las TRES dimensiones habiendo antes conocido SOLAMENTE DOS, del mismo modo los Ciudadanos de esa Región Celestial aspiren a ascender cada vez más hacia los Secretos de las CUATRO, CINCO O HASTA SEIS dimensiones, contribuyendo con ello a ensanchar LA IMAGINACIÓN y al posible desarrollo del infrecuente y excelente don de la HUMILDAD entre las Razas superiores de la HUMANIDAD SÓLIDA.

Pues lo dicho. Amén.

Abril, 2009.

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Si no me equivoco, ésta puede ser una de esas obras clásicas mundialmente reconocidas que, junto a El Quijote y alguna más, no ha sido tan leída como su fama haría pensar. De la inmortal novela de Cervantes se cuenta que es, posiblemente, el libro más “odiado” en España, debido a que se trata de una obra académica de estudio y referencia constante (situación análoga a la que se da en Inglaterra con Shakespeare). Digamos, para entendernos, que una gran mayoría de sus lectores (al menos entre los jóvenes) lo han sido “obligados” por cuestiones de estudios, y que al menos otro alto porcentaje lo protagonizan todos aquellos que leyeron los resúmenes de sus compañeros para afrontar el examen o comentario de texto con garantías de éxito. Es decir, que la fama y el conocimiento público mundial de El Quijote es inversamente proporcional al número de sus lecturas o, cuanto menos, a la calidad de las mismas. Y cierto es que, “obligando” a leer con trece años las andanzas del hidalgo caballero, poco se puede conseguir. A lo más, un amplio grupo de jóvenes desesperados y vengativos que, en cuanto el sistema educativo se los permite, se desentienden de los libros en general y de los mamotretos en particular.
Pero como esto es una crítica literaria y no una crítica al sistema educativo vigente, no voy a hacer más hincapié en la absurdez en que consiste mandar a leer una obra tan vasta a unas edades en que uno necesita poco para desistir de empresas que aparenten dificultad (más aún si la complicación no es sólo aparente, sino real). Por eso, simplemente quiero que sirva esta introducción para expresar mi opinión de que, puestos a elegir, la obra del matemático Lewis Carroll sería mucho más recomendable como proposición de lectura, toda vez que el conocimiento universal que predomina sobre ella es debido a dibujos animados, largometrajes de dudosa fidelidad y versiones acortadas para dormir a los niños por las noches. Y si alguien objeta que Alicia es un cuento demasiado infantil para ciertas edades, yo simplemente le recordaría, como dijo aquél, que no es que los libros infantiles estén escritos para niños, sino que son libros que también los niños pueden leer. Es decir, que se trata de una etiqueta englobadora, abarcadora y de apertura, no acotadora o que reduzca el ámbito de sus propias posibilidades. Alicia en el País de las Maravillas es un cuento de hadas que, además de disfrutarlo usted, se lo puede dar a leer a sus hijos, porque —por utilizar términos televisivos o cinematográficos— es apto para todos los públicos.
Y sí, tal y como empecé diciendo, tengo la sospecha de que muchos conocen a Alicia y alguno de sus episodios o personajes (como el ínclito gato de Cheshire), pero que muy pocos son los que realmente se han acercado a la obra desde sus mismas páginas, leyendo con los propios ojos todos esos matices y detalles que el señor Carroll apuntaba entre suceso y suceso, y con la descripción de alguna que otra impagable reflexión de la niña.
Alicia es, ya lo saben, un viaje psicotrópico, un totum revolutum de la conciencia, lo más parecido al sueño enajenado de un loco. Las primeras cincuenta páginas Alicia se las pasa casi todo el tiempo cambiando de tamaño, sin encontrar una estatura adecuada a cada una de sus intenciones, quizás simbolizando la frustración de hacernos demasiado mayores para jugar a lo que nos apetece con la libertad de un niño, y de ser demasiado pequeños para gozar de las libertades y privilegios de los adultos; es decir, la impotencia propia de ser seres limitados, incapaces de frenar el devenir caprichoso de nuestra natural composición. Sin embargo, a veces las vivencias de Alicia nos pueden recordar a los sueños lúcidos del onírico (por decir algo) Jodorowsky. Alicia ignora estar soñando, cierto, pero a menudo las cosas producen el efecto que ella prevé (como cuando entra en la casa del conejo para coger sus guantes y un abanico), o cuando no, se materializan las propias dudas de la niña (por ejemplo, ante los posibles efectos que causará ingerir la parte izquierda o derecha de la seta de la oruga fumadora).
Precisamente porque todo es un sueño, la categorización del relato nos podría llevar a una paradoja, pues siendo ésta sin duda una de las obras más representativas del género de los cuentos de hadas, quedaría fuera de dicha denominación según la caracterización de Tolkien. Para el inglés, el cuento de hadas debía ser “real” en su irreal coherencia, esto es, verídico dentro de la ficción, acontecido y no imaginado o soñado. El cuento cuyo desenlace se resuelve en un mal / buen sueño, no es un cuento de hadas. He ahí la paradoja: que siendo santo y seña del género, parece no pertenecer a él. El onirismo literario de Carroll venía de lejos: se le atribuye el inventar un artilugio para escribir a oscuras, cuando las musas inspiradoras acuden en mitad de la noche; se trata del nictógrafo. Lewis Carroll se lamentaba de tener buenas ideas durante sus sueños y no disponer luego de tiempo para anotarlas. De ahí que diseñara este peculiar aparato para escribir desde la cama.
Carroll hace uso de un recurso que desde lejos viene siendo habitual: encarnar en figuras animales arquetipos de conductas humanas a las cuales, de este modo, se les hace crítica veladamente. Es el caso de las fábulas de Esopo, Samaniego y compañía, de Orwell en Rebelión en la Granja, de Art Spiegelman en Maus, de Víktor Pelevin en La Guerra de los Insectos, de la reciente Las Ovejas de Glennkill, de Leonie Swann, etc. De hecho, en el arte de los cómics hay ya todo un género establecido, el furry, en el que animales antropormóficos viven situaciones y poseen características reconocibles por todos, pero en el que la caracterización faunística proporciona la metáfora en la que se salva la referencia objetiva y directa, que no es siempre apta para todos los públicos. Las caricaturas zoomórficas alivian el peso y la trascendencia enjuiciatoria de la problemática social encriptada. Es decir, que Alicia, como los ejemplos antes expuestos, puede albergar un estilo naíf en apariencia, pero sólo en apariencia, pues su fingida ingenuidad encierra más de una verdad dolorosa.
Como muchos sabrán, el origen de esta historia es cuasi fortuito: Charles Lutwidge Dodgson (el verdadero nombre de Lewis Carroll) la inventó para amenizar un paseo en barca con tres niñas (conocidas son las tendencias paidófilas del autor), una de las cuales se llamaba Alice (su predilecta, y cuya relación con el profesor inglés inspiró a Nabokov para dar vida a su historia entre Humbert y Dolores en Lolita) y, seguramente, contento con el resultado, se ocupó más tarde en verterla al papel escrito. Alicia es una historia voluntariamente inconexa y deslavazada como un sueño. Pero tampoco hay que negar que a todo esto, a esa loca sucesión de episodios asonantes entre sí, puede contribuir la falta de rigor y oficio literario, pues como ya se sabe, Carroll no era escritor sino matemático, y de hecho Alicia en el País de las Maravillas y A través del espejo (su continuación) son sus dos únicas aportaciones novelísticas, ya que todo el resto de su producción lo conforman obras de carácter técnico-lúdico sobre sus queridas matemáticas. A este respecto suele citarse la anécdota de la reina Victoria, quien entusiasmada con la Alicia de Carroll, pidió que le trajeran todas sus obras para devorarlas. Cuál no fue su sorpresa cuando se encontró frente a libros que en nada se asemejaban a los mundos de ensueño de Alicia, y que trataban de números y teoremas.
Ahora bien, en el debe de la obra cabe hablar de la traducción. Traduttore traditore, como reza el clásico adagio italiano. Uno de los recursos más importantes utilizados por Carroll en esta obrita son los juegos lingüísticos, cuestión ésta que difícilmente puede ser bien resuelta y trasladada a otros idiomas que no sea el original en que fuera escrito. Las homonimias y homofonías salen descuadradas y desvirtuadas al ser vertidas —en nuestro caso— al castellano, con lo que Alicia pierde un alto porcentaje de su interés. Es decir, que quien no tenga la suerte de poder degustarla en su versión original quedará ante una obra mediana, ignorando los motivos que la hayan convertido en el clásico que es. Otromás, Alicia es una crítica mordaz sobre temas de la sociedad inglesa en tiempos de Carroll. Esto, unido al ya comentado tema de la traducción, hace que la obra no salga demasiado bien parada cuando se la lee deslocalizada y anacrónicamente. Digamos que no resiste demasiado bien el paso del tiempo ni la foraneidad. ¿No atenta esto contra la noción misma de lo que consideramos clásico?

Octubre, 2007.

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Pretendemos aquí establecer un diálogo con la obra de Unamuno, extrayendo las cuestiones principales que contiene y divagando a partir de ellas. Sin pretender distorsionar la esencia temática del texto, sí nos permitiremos actuar como lectores activos que completan el significado de lo dado, hilando un discurso que nos lleve de la literalidad explícita plasmada en palabras por el autor, a la interpretación abierta e implícita producto de nuestro bagaje cultural y nuestra realidad cotidiana. Porque si trabajamos textos como éste, es porque aquello de lo que hablan, aunque se disfrace de ficción y adquiera nombres inventados, trata de nosotros mismos.

RESUMEN

Ángela Carballino nos narra en primera persona las bondades del padre don Manuel Bueno, cura de la aldea Valverde de Lucerna, y cómo éste oculta a todo el pueblo una tremenda verdad: su duda dogmática. Mientras que don Manuel predica y convence para la causa cristiana a todos los aldeanos, estos viven ajenos al drama personal del padre que ha perdido la fe. Solo cuando Lázaro, hermano de Ángela, regresa al pueblo tras una larga estancia en América, y entabla una estrecha amistad con el párroco, don Manuel le hará en secreto su confesión.

Tema 1: LA DUDA

Si Dios existe y me ha creado: ¿podría enfadarse porque no creyera en él? ¿Importa eso más que la actitud que tenga hacia los demás? ¿Podría un padre tolerar que su hijo amase a todos menos a él? Si Dios existe y es perfecto, y nos ha dotado de libertad de fe (cuestión ésta obvia y demostrable, puesto que unos creen y otros no), ¿podría enojarse por el uso legítimo del derecho a no creer? ¿O habría que tener “temor de Dios”?

¿Don Manuel está avergonzado por su duda? ¿Y es ella motivo para avergonzarse? ¿Es la duda un síntoma de inteligencia? ¿Todas las dudas?

Está claro que, como decía Sócrates, la duda nos pone en camino del saber, pues solo quien sospecha aquellos vacíos de su cultura y su conocimiento pondrá medios para rellenarlos. Y conforme se avanza en el descubrimiento de la realidad, ésta nos muestra más rincones y recovecos sobre los que la luz de nuestra razón aún no se ha posado. De ahí que solo sé que no sé nada: cuanto más avanzo, más me percato de cuánto podría avanzar, y la sensación de ignorancia aumenta conforme se destapan nuevas posibilidades y ámbitos de conocimiento. Por otra parte, sería insensato dudar acerca de si es de día o de noche, o de si lo que estamos comiendo es carne o pescado. Es decir, que aunque determinadas dudas nos harían pasar por estúpidos (seguramente con razón), otras, mucho más trascendentales, nos encaminan a una incansable búsqueda del conocimiento. Huelga decir que esta duda sí es positiva y deseable, pues solo los que creen saberlo todo en relación a una cuestión actuarán con intransigencia y no admitirán objeciones a sus opiniones. Precisamente una opinión se diferencia de una certeza en que la primera es flexible y está supeditada a ser convalidad o refutada; mientras que la segunda no admite réplica. Tumbar ésta última es más ruidoso, estruendoso y doloroso; mientras que uno se repone rápido de una opinión propia que se viene abajo. ¿Nos damos cuenta de cuántas certezas creemos poseer? ¿Sabemos distinguirlas de nuestras opiniones más o menos fundadas? ¿No será esta la clave de muchas de nuestras habituales discusiones? Cuando decimos “yo creo que…” o “a mi entender…”, ¿realmente estamos expresando una opinión? De ser realmente así, no nos sentaría tan mal que nos llevasen la contraria. Lo que ocurre es que, aunque hablemos empleando una de esas fórmulas, estamos expresando certezas propias; unas certezas que seguramente nos moleste mucho tener que cambiar. Problematizar sobre lo que tenemos asumido, sobre aquello de lo que ya estamos convencidos, es difícil. ¡Las ideologías políticas! ¡Las creencias religiosas! Son palabras mayores. A veces, con la apelación al argumento de la fe se esquivan discusiones fundamentales. Muchos no se dan cuenta de que profesan determinada ideología o religión por costumbre no problematizada. En estos casos, plantarse un día frente al hábito y hacerle una simple pregunta: ¿por qué?, puede ser una sana actividad para nuestra inteligencia. Si a partir de esa cuestión y de todos los argumentos y razonamientos subsiguientes volvemos a la misma conclusión que antes, abracémosla mientras no encontremos motivos para lo contrario; y si el pensamiento y las pruebas nos llevan a cambiar lo que siempre habíamos supuesto… ¿Seremos capaces de adoptar una nueva postura? ¿Somos flexibles a mudarnos de creencias?

En este punto concluimos que la duda de don Manuel es una “duda sana”, muy humana, muy lícita, porque pone en entredicho asunciones tradicionales, esas que la costumbre ha puesto y ya nadie se para a cuestionar.

Don Manuel, incluso, puede alegar que hasta el Hijo de Dios dudó: “Padre, ¿por qué me has abandonado?” ¿Cómo, si no, pudo el Hijo del Hombre temer a la muerte?

Una cosa es cierta: puede dudarse del contenido doctrinal de una religión, pero no de su fehaciente realidad. Y en cuanto a la función de las religiones… “Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más verdadera es la suya, la que le ha hecho.” Inevitable recordar las palabras de Montaigne en sus Essais: ser cristiano es como ser perigordiano; es decir, una cuestión geográfica, y no tanto de fe. El lugar en que nacemos y el contexto en que nos criamos, si bien no nos determina, qué duda cabe que nos condiciona a la hora de profesar determinada religión. Pensemos en lo siguiente: un senegalés que jamás haya salido de su país… ¿está condicionado o determinado a que le gusten las procesiones de Semana Santa? Evidentemente no; ni una cosa ni la otra. ¿Y un sevillano? En este caso, tenemos que decir que está condicionado, pero no determinado. Es decir: por el hecho de nacer y vivir en una ciudad en la que se profesa un gusto y admiración por una realidad o hecho concreto, parece obvio que se cuentan con muchas papeletas para compartir esa filia. Por eso, podemos afirmar que el sevillano está condicionado. Pero… ¿podemos decir que no cabe la posibilidad de que a un sevillano no le gusten las procesiones de Semana Santa? Resulta evidente que no, que no podemos hacer tan tajante afirmación. Por eso, no diremos que en su caso está determinado. Retomemos ahora la afirmación de Montaigne: ¿estamos condicionados o determinados a ser cristianos? Históricamente, España ha sido y es un país eminentemente católico, como buena parte de Europa. Esto condiciona y aumenta la posibilidad, aunque por supuesto no determina a todos sus habitantes a serlo.

Pues bien, tener presente estas cuestiones puede hacernos re-pensar algunas de nuestras posiciones; la finalidad del ejercicio sería llegar a una conclusión razonada por nosotros mismos, y no a una simple cuestión de confianza en la tradición (independientemente del resultado final alcanzado). Es por eso que la actitud de don Manuel nos puede parecer desafiante: porque ha ejercido su derecho a contravenir la norma, lo usual. Ha roto con los convencionalismos; y pensar suele ser una actividad peligrosa y, a veces, hasta censurable. Deberíamos, pues, revalorizar el pensamiento crítico, autodidacta e independiente, alejado de modas y fuerzas externas impositoras.

Tema 2: POSTURAS ANTE LA CREENCIA

Lázaro, una vez que ha muerto don Manuel, hace una exposición filosófico-existencial que sirve de genial epítome a la obra: “…hay dos clases de hombres peligrosos y nocivos: los que convencidos de la vida de ultratumba, de la resurrección de la carne, atormentan como inquisidores que son, a los demás para que, despreciando esta vida como transitoria, se ganen la otra, y los que no creyendo más que en éste… esperan no sé qué sociedad futura y se esfuerzan en negarle al pueblo el consuelo de creer en otro… de modo que hay que hacer que vivan de la ilusión.”

Aquí quedan explícitas dos posturas “nocivas”. En la primera de las que cita, resuena la crítica marxista a la religión, como invento de los poderosos para someter al pueblo. ¿Acaso no es el esclavo que sueña con poseer en otra vida las gracias que le son negadas en ésta, el que más en silencio soporta su condición? Y la segunda postura explicitada por Lázaro nos recuerda a Nietzsche: eterno combatidor de la religión, con la que habría que acabar a través de la llegada definitiva del superhombre. Nietzsche, desde lo expuesto por Lázaro, sería un peligroso exterminador de creencias que haría temblar una mayoría de conciencias que no están capacitadas para reevaluar sus bases ideológicas.

Nótese que son dos perspectivas extremistas, puesto que no toleran sus opuestos. Pues bien, frente al tirano fundamentalista que discrimina y atenta contra los descreídos (instituciones y actitudes inquisitoriales), y el categórico abolicionista de creencias injustificadas, podemos considerar otras cuatro posturas menos radicales (y por eso, suponemos, Unamuno no las considera nocivas).

Primera. El escéptico o agnóstico; que no niega… ni afirma. Solo investiga. Coincide esta postura con la que defendieron los positivistas cientificistas del XIX: lo trascendental, esto es, aquello que excede las posibilidades del conocimiento empírico, no puede ser objeto de estudio y experimentación; por ello, sencillamente no tiene sentido para ellos especular sobre la existencia o no de “otra vida” o de un ser divino.

Segunda. El creyente, sin más apelativos, sea éste practicante o no, que vive conforme a su fe y participa de los valores éticos y morales de su religión, de sus fiestas y de sus ritos. Cabe hablar, dentro de este grupo, de una corriente que cada vez parece contar con más adeptos: la conforman las congregaciones o personas individuales que disienten de la ortodoxia, y que aunque mantienen su creencia en la figura divina y en la existencia y sobrevivencia del alma, se encuentran alejados de la Iglesia como institución. Otros participan de la Iglesia Católica Apostólica Romana y tienen al Papa por Sumo Pontífice. También cabe mencionar que entre los creyentes hay quienes tienen un conocimiento histórico más o menos interesado y profundo en las raíces de su religión, y quienes mantienen una fe acrítica y carente de fundamentos sólidos, que jamás han aderezado siquiera con una mínima lectura de sus textos sagrados.

Tercera. El ateo. Niega rotundamente a Dios y todo lo que supone su existencia. Si a un creyente cabe cuestionarle acerca de los motivos por los que cree, a un ateo cabe cuestionarle por los motivos por los que descree. El creyente siempre podrá argüir contra el ateo que, al igual que no hay razones científicas o empíricas que demuestren la existencia de Dios, tampoco las hay de su inexistencia. Y si los primeros terminan aduciendo en pro de su postura el argumento de la fe, puede decirse que también los ateos “profesan una fe” en la inexistencia de Dios. En contra de los ateos, los creyentes suelen exponer una curiosa analogía: imagina que nos lanzamos al mar a pescar con una red cuyos agujeros son de diez centímetros; al cabo de los años, creeríamos poder concluir que no existen peces más pequeños, porque éstos siempre se escaparon del cedazo. ¿Sería acertada nuestra conclusión? Parece claro que no. De igual manera argumentan los creyentes contra los ateos y contra los positivistas: sencillamente no disponemos de las herramientas adecuadas para descubrir empíricamente a Dios. Dicho de otra manera: que un experimento jamás nos permitirá decir “esto es Dios” o “aquí está, lo hemos encontrado”.

No obstante, es digno destacar que la ciencia cada vez nos invita con más vehemencia a abandonar el concepto de Dios como única explicación plausible del origen del mundo. Así por ejemplo lo hace Stephen Hawkin. Quizá ocurre que las explicaciones científicas en torno al origen del Universo son tan complejas que a muchos les parecen tan increíbles como la suposición de un ser divino o Primer Motor del Mundo.

Cuarta. Por último, parece abundar cada vez más una cuarta postura “no nociva”. Nos estamos refiriendo a aquellos para los que la religión, las creencias y, en general, todo lo que huela a metafísica, filosofía y pensamiento abstracto, carece de interés. Podríamos llamarlos a-creyentes, o a-rreligiosos (permítasenos los neologismos). Casi todos conocemos en nuestro entorno a algún miembro de este grupo; por lo general se muestran esquivos ante estos temas en que resulta necesario remontar la conciencia del suelo que pisan sus pies. Desviar la atención hacia cuestiones que escapan a su controlado y hermético mundo material les enoja e inoportuna. Casi nunca se les oirá decir un sí o un no tajante ante la dichosa pregunta: “¿tú crees?” Podrían confundirse con un agnóstico o escéptico más, aunque los diferencia un matiz importante: en realidad los a-creyentes nunca se han parado a pensar en esta cuestión, porque nunca les ha resultado necesario para nada, ni les ha apretado la curiosidad. El mundo, tal y como lo perciben, podrá parecerles más o menos entendible, más o menos inocente, más o menos confuso o injusto; pero, sencillamente, filosofar es una actividad para la que no parecen estar programados. ¿Es cierto que el número de los a-creyentes aumenta progresivamente? Si es así, ¿a qué se debe? ¿Está relacionado con la creciente laicización de la sociedad? Y, ¿es esta laicización de la conciencia un paso atrás, o un necesario paso adelante en la madurez de la humanidad?

En mi opinión, pensar más allá de lo evidente, más allá de lo superficial y material que nos circunda, no debe quedar como un privilegio de minorías, ni como un entretenimiento de ciertas castas sociales. Lázaro dice: “[el pueblo] cree sin querer, por hábito, por tradición. Y lo que hace falta es no despertarle. Y que viva en su pobreza de sentimientos para que no adquieran torturas de lujo”. Como en Un mundo feliz de Aldous Huxley, o en Fahrenheit 451, de Bradbury: mejor no ser conscientes de la realidad; el poder evita el autodidactismo del pueblo. Pensar y hacerse conscientes de lo terrible de la muerte es una tortura de lujo porque solo se la pueden permitir los seres pensantes, los que filosofan y sopesan estas cuestiones. ¿Acaso no ocupaba don Manuel su tiempo para evitar disponer de minutos a solas con su razón? Eternamente empleado en tareas, la mente no divaga. La cotidianidad hace naufragar en cuestiones intrascendentes a una conciencia viajera que guste de explorar. “Pensar ocioso es el peor de los vicios”, dice don Manuel. Y esta declaración sembrará en Ángela una sospecha que no se hará efectiva hasta la revelación de su hermano: don Manuel tiene dudas.

En conclusión, y si se me permite el atrevimiento, yo diría: ni Descartes (“pienso, luego existo”) ni Ortega (“pienso porque vivo”); ya va siendo hora de abrazar el siglo XXI con un nuevo y fundamental ismo: un neovitalismo que pregone un vivir pensando para ser el que debo ser.

Tema 3: LÁZARO Y SU SIMBOLISMO.

¿Qué significa el nombre de Lázaro? En la tradición cristiana, su nombre es símbolo de resurrección. “Levántate y anda, Lázaro”, dijo Jesús en uno de sus milagros al difunto.

En el caso del hermano de Ángela, su renacimiento se debe a una paradójica causa: don Manuel le ha convertido no a través del convencimiento firme en sus creencias, sino mediante el reconocimiento de su angustiosa duda. “Él me hizo un hombre nuevo, un verdadero Lázaro, un resucitado”, dirá. Parece como si Lázaro cobrase aquí conocimiento de sí. Como el Augusto Pérez de Niebla, podemos jugar a pensar que aquí advierte su condición de personaje de novela, cuyo simbólico nombre encierra un motivo literario que entonces (y solo entonces) cobra sentido: Unamuno lo llamó Lázaro porque sabía qué haría con él, qué papel representaría en su historia. Y el personaje, aquí, parece haberlo comprendido.

Soy de la opinión de que el momento de la comunión de Lázaro significa la traición de ambos (él y don Manuel) a ellos mismos. Don Manuel ha perdido la fe, y ofrece la comunión (para que abrace así la religión) a Lázaro; éste, por su parte, ha confundido seguramente la fe en Dios con la fe en don Manuel. Al cura, transido y consumido por la situación (pues no cree en el propio sacramento que está impartiendo), se le cae la hostia de la mano; Lázaro la recoge y se la da a sí mismo. Ambos se traicionan. Unamuno riza el episodio con el canto de un gallo, en clara alusión al pasaje bíblico de las negaciones de san Pedro. Posteriormente, una vez que Ángela se entere de la duda que aflige a don Manuel Bueno, dirá que aquella comunión fue un sacrilegio.

Tema 4: QUE SEAN FELICES. EL MIEDO A LA MUERTE.

Cuando Lázaro le cuenta a su hermana Ángela el terrible secreto de don Manuel, lo hace en estos términos: “No trataba, al emprender ganarme para su santa causa (…), arrogarse un triunfo, sino que lo hacía por la paz, por la felicidad, por la ilusión si quieres, de los que le están encomendados.” Los papeles se invierten: el cura se confiesa ante el feligrés. Y don Manuel lo hace ante Lázaro quizás porque por la vida que éste último ha llevado (por haber vivido en el extranjero, por tener estudios y una sólida formación académica) puede ser el único en soportar la carga de la verdad; si el pueblo llano, si la gente inculta y apegada a sus creencias supiera de las dudas de don Manuel… “La verdad es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal; la gente sencilla no podría vivir con ella.” Sin duda son estas unas palabras que expresan una crudeza nietzscheana. La religión, la fe y, en definitiva, la creencia en la existencia de Dios se sustenta, según el filósofo alemán, en el miedo a la muerte. Y este miedo, producto del reconocimiento de la certeza absoluta, en la previsión infalible de su advenimiento, angustia y paraliza: todos sabemos que vamos a morir, por eso los débiles de espíritu necesitan inventar a Dios y la vida ultraterrena.

Por otra parte, el hombre necesita constantemente algo que saciar. Aquí se nota la profunda huella de Schopenhauer y su vitalismo pesimista en Unamuno; esa carestía es la que nos hace vivir; es nuestro motor. El hombre es un ser que busca satisfacer todas sus necesidades, pero que se convierte en un ser pobre y angustiado si lo consigue. Homero escribía: “Los dioses urden las desgracias de los hombres para que estos tengan algo que contar”.

Alguien dijo alguna vez que todo el que está a punto de morir, reza. ¿Acaso no es un síntoma de nuestra humanidad buscar amparo y consuelo cuando todo nos parece perdido? Independientemente de lo que creamos o no, es indudable que la idea de alma es bella; y también el que sea juzgada por nuestros actos; y que un ser omnisciente y omnipotente vele desde las alturas. Será por eso que, aunque uno haya vivido ajeno a la religión, no son pocos los que la abrazan cuando se sienten cercanos al final. Porque esta belleza consuela.

“Yo estoy para hacerlos felices [a mis feligreses], para hacerles que se sueñen inmortales y no para matarlos.” Sembrar la duda en conciencias confiadas es peligroso. Bien lo sabía Descartes, cuando afirmaba en su Discurso del método que no todo el mundo estaba preparado para partir de cero (tabula rasa) para alcanzar de manera clara y distinta lo indubitable. No todo el mundo está capacitado para hacer una suspensión intelectual de sus bases ideológicas y poner entre paréntesis sus creencias. Esto haría tambalear sus cimientos, y quizás más de uno terminaría por derrumbarse. ¿Es esto lo que creía don Manuel? Eso se desprende al menos de sus palabras: “Y esto hace la iglesia, hacerlos vivir.” Coincide, pues, don Manuel, con la visión de Marx: la religión es el opio del pueblo; es lo que impide que el esclavo se rebele; es lo que hace que el desgraciado se someta a su situación, siempre anhelante de esa recompensa futura en forma de vida más allá de la muerte. Curiosamente, nos consta que Unamuno poseía en su biblioteca un ejemplar de El capital de Marx anotado, y se transluce su lectura en la postura de don Manuel. “Opio, sí. Démosle opio [al pueblo], y que duerma y que sueñe. No obstante, el propio Unamuno hará una apostilla final en la última página de la obra de significativo alcance: si el pueblo se hubiese enterado de las dudas de su santo don Manuel, “el pueblo no sólo no lo habría entendido, sino que no lo habría creído.”

Don Manuel actúa como un verdadero “padre”; se consuela con consolar a los demás; no tiene fe, y por ello tiene miedo. Y como ha experimentado ese miedo, pretende que su pueblo crea, y difunde su falsa fe. Y la fuerza y la calidad con que lo hace nos recuerda a la actitud sofista denunciada por Platón: predicando una apariencia de verdad. “[Don Manuel Bueno] es demasiado inteligente para creer todo lo que tiene que enseñar”, dirá Lázaro. Esto nos suena a esa vieja máxima de haced lo que yo diga, pero no lo que yo haga. Y ahora, claro, cabe hacernos la misma pregunta que Platón: ¿es esto lícito? ¿Cómo podríamos evaluar la actitud de don Manuel? ¿Es tan “santo” como lo pinta su pueblo? ¿O es, sin más, un farsante, un embaucador, un hipócrita? Contestar a estas preguntas podría acercarnos a la ética kantiana: si su fin es bueno, y en tanto en cuanto actúa de la manera más alejada a sus propias inclinaciones (que sería cantar a los cuatro vientos su incredulidad y buscar consuelo en otros como él), sencillamente porque hace lo que siente que debe hacer por respeto al “deber puro”, don Manuel actúa de manera acertada. Es decir, que en este caso la mentira es lícita, puesto que redunda en un bien social, y querría el párroco que su máxima se hiciera universal: que todo el que no crea y pueda hacer que los demás crean, lo haga. “Si se te ocurren dudas, cállatelas a ti mismo”. Cabe decir que el lema o leit motiv de don Manuel es “hay que vivir y dar vida”, de ahí que continuamente pregone el contento de vivir. Además, ¿qué significa, si no, el propio título de la obra? ¿Por qué es mártir don Manuel? Porque ha asumido su duda y la está sufriendo por todos. ¿No fue esa la tarea de Jesucristo? ¿Ser crucificado para expiar la culpa del mundo? Es en este sentido en el que don Manuel queda santificado. A pesar de su dolor, a pesar de su angustia… A través de él, el pueblo expía sus pecados. Se preguntará un ateo confeso: si no hay un Dios que me haya puesto en este extraño lugar con un motivo, y si me existencia no persigue otro fin que el perpetuar el ciclo de la vida: nacer, crecer, morir… ¿No deberíamos buscar la felicidad por encima de todo, sin encomendarnos a promesas suprarracionales? De nuevo, el bigote de Nietzsche asoma tras estas cavilaciones.

Seguramente la mejor conclusión la constituya las palabras finales de Ángela: “San Manuel Bueno, mártir, que sin esperar la inmortalidad los mantuvo en la esperanza de ella”. Cuando no te queden esperanzas, vive al menos para procurársela a los demás.

Tema 5: SI DIOS NO EXISTE…

… todo está permitido, decía Dostoievski. ¿Cuál es el fundamento último del bien moral para un ateo? Si no hay “temor de Dios”, si uno no confía en las palabras reveladas de las Escrituras, ni en el decálogo, ni en el premio o castigo ultraterreno… ¿En qué apoyarse para configurar unos principios éticos mínimos? En el intercambio epistolar entre Umberto Eco y Carlo María Martini recopilado bajo el título En qué creen los que no creen, el arzobispo de Milán le plantea esta cuestión al famoso escritor. Para los cristianos, el fundamento último de la buena voluntad es Dios. Es él y su palabra quien sienta las bases éticas y morales a través de los mandamientos, ejemplificados en la figura del Hijo y sus profetas. Pero, ¿y un ateo? ¿Cuál es su referente moral? Para responder a esta cuestión podríamos citar las éticas materiales (hedonismo, epicureísmo, eudaimonía aristotélica…) o las éticas formales (Kant, la teoría de la justicia de Rawls…). Independientemente de la creencia en Dios o no, ¿cabe definir el Bien y la acción buena? Podríamos traer a colación de nuevo el imperativo categórico kantiano: obrar conforme al deber; y su criticada regla de oro: hacer que tu máxima se torne ley universal (Bernard Shaw le hará una jocosa observación: no todos deseamos las mismas cosas ni tenemos los mismos gustos). ¿No sería un error actuar bien solo por “temor de Dios”? Si nuestros buenos actos van encaminados a salir airosos en el juicio de nuestras almas: ¿no es entonces nuestra buena actitud una obra egoísta que consigue el bien para el prójimo como efecto colateral del bien propio que deseamos? En este sentido, parece más plausible que el bien y la acción justa tengan como referentes primero y último al propio hombre en esta vida. Cabe en este punto citar a cualquiera de los defensores del iusnaturalismo y, quitándole su carga religiosa, convenir en que hay una serie de principios, valores y derechos compartidos por el mero hecho de ser pertenecientes a esta especie; y a esto, súmesele las leyes positivas establecidas para sentar las bases de una sociedad ordenada mediante reglas explícitas. Es decir, que de manera parecida a santo Tomás de Aquino, podríamos decir que las leyes humanas naturales son implícitas, y se vuelven explícitas al redactarse en forma de leyes, normas y decálogos.

El caso paradigmático que nos ocupa es el propio don Manuel Bueno; toda la primera parte de la obra se encarga Unamuno de hacernos ver y comprender la magnitud de su bonhomía, para que luego, ante el golpe que supone la verdad que guarda, se nos plantee claramente la escisión entre creencias y moralidad: uno puede tener una moralidad cristiana sin creer en el dios cristiano. Es decir, que el amor al prójimo no es coto exclusivo de los fieles devotos, y no está por tanto vedado a los ateos ni a los escépticos.

Tema 6: ÁNGELA, LA EVANGELISTA.

No es la protagonista Ángela Carballino; solo actúa como una evangelista, como alguien que se limita a transcribir la vida y obra de otros. Y solo al final se permite esbozar sus propias dudas. Escribe de don Manuel para que no se olvide, porque el olvido es la verdadera (acaso la única) muerte, y parece adquirir su misión cuando su hermano Lázaro está llegando a su fin: “No siento tanto tener que morir, como que conmigo se muere otro pedazo de alma de don Manuel”. Ángela sabe que si su confesión llega a ciertas manos, se anulará la beatificación de su amado don Manuel. A pesar de ello, no puede evitar continuar con su febril tarea.

Salvo la apostilla final de Unamuno, en la que el autor juega a mezclar ficción y realidad (“¿Cómo vino a parar a mis manos este documento…?”), toda la obra es la necesaria confesión de Ángela para compartir, acaso con el papel, la terrible certeza que solo ella conoce: la falta de fe de don Manuel Bueno.

¿Quién no ha sentido alguna vez la necesidad de compartir algo para lo que no cree conocer a nadie capaz de comprenderlo? Ahí surge, a menudo, la necesidad de verter palabras de tinta sobre el papel, para que éste sirva de confidente. Los tan habituales diarios surgen así como escapatorias sentimentales de intimidades inconfesables, o como confirmaciones y afianzamientos de razones difusas en la mente, que se concretan y delimitan al ser trascritas en papel.

 

Córdoba, febrero de 2011.

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