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Posts Tagged ‘Reseñas cómics’

portadaResulta inevitable comparar Barrio Lejano con otra obra del mismo autor, El almanaque de mi padre, pues ambas comparten no ya solo el tono (muy característico en toda la obra de Taniguchi), sino incluso el argumento y leit motiv de la historia. Aquí nos encontramos a un protagonista, Hiroshi Nakahara, que buscará los motivos que llevaron a su padre, Yoshio, a abandonar a su familia cuando él era un adolescente de 14 años.

En esta ocasión, para contar este relato entre el hijo que siempre ha juzgado la actuación de su padre con reproche, Jiro Taniguchi se vale de un hecho fantástico que acontece a las pocas páginas de iniciarse la obra. Siendo adulto y padre de familia, Hiroshi realiza un viaje de negocios. Su vida no está atravesando un buen momento; tiene problemas con la bebida, lo que está provocando un distanciamiento entre él y su familia. Al subir al tren se da cuenta de que se ha equivocado, y ha tomado uno que va camino del pueblo en que nació y vivió con sus padres. Una vez en él, y con la intención de tomar el que le lleve de vuelta a su destino, hace tiempo para pasarse por el panteón funerario donde reposan las cenizas de su madre. Y es allí y en ese justo momento donde acontece el episodio fantástico que da cuerda a la historia. Hiroshi se queda dormido y, al despertar, se ve convertido de nuevo en el adolescente de 14 años que fue, pero manteniendo los recuerdos y experiencias de sus reales 48 años. El pueblo vuelve a cobrar ante él la vida e imagen de antaño, y vuelve a reencontrarse con todos sus compañeros de instituto, sus vecinos y, por supuesto, su familia. En esas circunstancias, cae en la cuenta de que pocos meses después del instante de pretérito en que parece haber aterrizado, acontecerá la desaparición de su padre, por lo que aprovechará la coyuntura para hacer de su regreso al pasado la oportunidad para deshacer y evitar el trágico abandono.Jiro Taniguchi

En este contexto diegético se desarrolla la historia de Hiroshi, que revivirá algunos pasajes de su vida adolescente pero con la conciencia del adulto que en verdad es. Lo de menos es el motivo por el que tiene lugar tan fantástico hecho; tanto es así, que ni siquiera se nos llega a explicar el porqué de la transformación. Ni falta que hace, pues la historia no necesita, para lo que se propone, resultar coherente ni tejer una excusa que lo explique. Jiro Taniguchi se lanza a contarnos la historia que muchos hemos jugado a imaginar: si volviera a vivir aquellos años... ¿Acaso alguien no ha fantaseado alguna vez con la posibilidad de revisitar momentos del pasado, pero con la experiencia presente? ¿Cuántos apaños habremos ideado, cuántos errores habríamos evitado? Todo aquel que tiene memoria se siente rey de un paraíso perdido. Todos seríamos mejores si tuviéramos una segunda oportunidad. ¿O no? Barrio Lejano no se muestra tan optimista, desde luego, aunque la tónica general sea amable y haya pasajes donde Hiroshi tenga motivos para sentirse afortunado. Pero, en general, sus páginas rezuman la idea de que, si bien evitaríamos incurrir en ciertas torpezas, caeríamos bruscamente en otras, con lo que al fin y al cabo la experiencia, que desde la distancia pensamos que es el flotador que nos salvaría de todo, podría convertirse asimismo en una carga que nos hiciera hundirnos donde la liviandad de la inocencia adolescente nos sacaba a flote. Y el espaldarazo definitivo a esta idea queda reforzado con la inevitable despedida del padre. Es decir, que, a pesar de todo su esfuerzo, de su madurez y de sus conocimientos previos, el Hiroshi adolescente no consigue evitar que, nuevamente, su padre se vaya de casa. Y esta es, a juicio de un servidor, la lectura más juiciosa y esperanzadora. Sí, esperanzadora he dicho. Porque todos conocemos a alguien (o más de uno) que parece hacer de su vida el lamento de lo perdido, o la queja por lo errado, o el sueño por lo perdido. Y esta obra habla precisamente de que el esfuerzo más enjundioso y productivo debe hacerse en presente de indicativo, que son el tiempo y el modo en que los actos cambian de verdad los acontecimientos.

La coda final de la obra se muestra reveladora: la historia vivida, el reencuentro con los seres queridos perdidos de la infancia, el volver a ver la vida desde la particular perspectiva de un chico de 14 años, le permiten al protagonista dotar de valor y significado a la vida adulta que parecía estar descuidando. Porque Hiroshi retorna, en las páginas finales, a su estado natural de adulto, y la única explicación para este nuevo acontecimiento es implícita: ha vuelto al presente cuando ha tomado conciencia de qué hacer con él. De esta manera, toda la historia narrada queda como una suerte de sueño revelador (o lúcido, que diría Jodorowsky); de esos que de vez en cuando uno tiene, y está seguro de haber aprendido algo que ignoraba antes de meterse en la cama.

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Si hay alguien en este hipócrita y prejuicioso mundo que aún conserva reticencias a la hora de enfrentarse a un cómic, novela gráfica o tebeo (llámenlo como quieran: con el término made in USA, con el que pretende ennoblecerlo, o con el castizo), es porque desconoce absolutamente el medio. Me refiero, especialmente, a aquellos que se tienen por buenos lectores, de paladares exquisitos, y que no han sabido o querido romper su resistencia ante obras escritas con dibujos. No niego que pueda haber motivos para una inicial desconfianza o un justificado escepticismo ante las posibles bondades de las historias gráficas; y ello se debe a que considero que venimos culturalmente indispuestos para asumirlas como ejemplos de arte consagrado. Este condicionamiento negativo lo venimos lastrando desde la infancia por distintos motivos, pero yo voy a detenerme en el involuntario protagonismo del avance por las distintas etapas educativas.

Desde pequeños estamos acostumbrados a que nuestros libros de texto vengan ilustrados desde la primera hasta la última página, para hacer más simpático y agradable a la vista el paseo por la materia. Siempre recordaré con especial desagrado los manuales de inglés, que pretendían hacernos colegas de un grupo de chavales de edades similares a las nuestras, y que a lo largo de quince lecciones se veían envueltos en todo tipo de situaciones absurdas. Con aquello de que “la letra, con monigotes, entra mejor”, terminamos hasta las narices de Paul, John, Sarah y Jodie, y llegaba uno a la mayoría de edad para enfrentarse a libros de texto sin dibujos (la experiencia me dice que para muchos jóvenes solo son objetos de deseo cuando los encuentran fuera de su alcance). El paso de la inmadurez a la pubertad, al menos en el ámbito educativo, lleva aparejado un radical cambio en la edición de los libros de texto. Desprenderse de los simpáticos dibujitos es sinónimo de haber crecido. Eso por no hablar de que las novelas que ven leer a algunos padres, profesores y hermanos mayores no tienen más imagen que la de sus portadas. De esta manera se hace evidente la carga connotativa que desde bien pequeños acompaña nuestra percepción de los dibujos de tebeo. El desierto de la página blanca visitada por huellas negras de tinta, y solo por ellas, es afín a la adultez, a la madurez. Por el contrario, el vergel de imágenes caricaturescas y coloridas lo es del divino tesoro de la juventud.

Y no digo que haya nada erróneo ni intrínsecamente negativo en todo esto. Solo intento buscar y entender las razones de una natural resistencia, cuando mayores, a una consideración favorable hacia la obra gráfica. Asociamos la presencia de dibujos a la necesidad de una imagen visual que simplifique lo que se nos trata de explicar o contar. Por eso, cualquier buen lector que se precie de serlo rehuirá, en primer término, de aquello que considera que ya no requiere, por redundante. Entre una buena novela, árida a la vista, y un compendio de bocadillos y viñetas, el que quiera mantener su estatus siempre elegirá la primera opción.

Recuerdo tener en mi casa, desde que era pequeño, una edición de bolsillo de La isla del tesoro y otra de Tom Sawyer. En ambas (que aún hoy conservo), las páginas pares (las de la izquierda) eran tediosas sucesiones de palabras impresas sobre un papel hoy amarillento, sin más atrevimientos visuales que el salto de un renglón a otro provocado por los puntos y aparte, y la presencia habitual de rayas de diálogo. Por el contrario, las páginas impares (las de la derecha) eran versiones ilustradas y abreviadas de lo que se narraba al lado. Huelga decir que cuando mi hermano, seis años mayor que yo, abandonaba su compleja lectura de páginas pares, yo me adentraba en sus cómodas y agradecidas páginas impares.

Crecer sabiendo que lo que yo leía era un mal remedo de la historia original, un epítome desvirtuado y rácano infantilizado, tenía que contribuir a conducirme, de forma natural, a un desprecio adulto por el arte secuencial. Llegado el momento, a uno no le queda más remedio que plantarse ante la inevitable herencia de prejuicios adquiridos y, en cartesiana actitud, hacer tabula rasa: adentrarse con ojos vírgenes a degustar obras que son hechas por adultos y para adultos. Solo así, conociendo las posibilidades que ofrece el medio, y asumiendo que la viñeta no supone indefectiblemente una devaluación del renglón o el párrafo, puede uno liberarse y gozar del noveno arte.

Y si hablamos de gozar con buenas historias gráficas, no se pierdan El arte de volar. Lectura obligatoria. Permítanme decirlo con un eslogan del tipo de los que habitualmente aborrezco: ”el Maus español”. Pero quienes tengan conocimiento de la magnífica obra premio Pulitzer de Art Spiegelman, me comprenderán. Utilizar ese hito del cómic como vara de medir no es baladí. Ambas historias son tragicomedias crudas, y tratan un pasado vergonzoso de la humanidad, y de la condición del superviviente y de las secuelas que le deja el continuar respirando en tales circunstancias. Pero hay mucho más: la pérdida de ideales, la resistencia ante los infortunios, la venta de principios insobornables, las derrotas que a menudo jalonan el paso de las edades, el peso de los recuerdos… El arte de volar es prosa poética gráfica. Dividida en cuatro partes, cada una de ellas representa las plantas por las que va cayendo el suicida protagonista. Tercera planta, segunda planta, primera planta, suelo… Noventa años cayendo. Los noventa años de vida que narra Antonio Altarriba de su padre. Noventa años para aprender a volar hacia abajo; aunque, en este caso, la caída sea una ascensión, una liberación. Dura historia, que se agarra al ánimo del lector y lo lleva de la esperanza al abatimiento, de la sonrisa a la lágrima contenida. Porque el dibujo de Kim (autor conocido, entre otros, por su trabajo de El facha, en El Jueves) le va como anillo al dedo, con ese peculiar degradado en gris amarillo-verdoso que nos retrotrae a nuestro pretérito menos amable.

El arte de volar cumple con la máxima de toda gran obra literaria: cuando acabas de leerla ya no eres el mismo; gozas de una mejor tristeza.

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Con razón, Las calles de arena aparece calificada, tanto en la contraportada como en el propio Prólogo, como una obra kafkiana. Y más concretamente, es inevitable la comparación con El proceso, acaso la más kafkiana de las obras de Kafka (como quiera que sea posible que una obra del autor checo lo sea más que otra). Obviando la paradoja, nos referimos a que es ella, más incluso que La metamorfosis, la que ha dejado definido el adjetivo de kafkiano, que tan a menudo resulta aplicado gratuita e inexactamente; porque es en Der Prozess (1925) donde más notablemente se palpa el sinsentido de la vida del protagonista, la falta de sostén físico, legal o moral y, en definitiva, la soledad característica del ser humano, quedando dibujada la sociedad como un laberinto inconcluso e irresoluble de vericuetos de inextricable significado. La existencia, entendida como vida en sociedad, es un constructo nada fiable que amenaza derrumbe, y en el que no siempre se cumple que dos más dos sean cuatro.

Bajo estas premisas puramente kafkianas se desarrolla Las calles de arena. Un joven, cuyo nombre nunca llegar a revelarse (de hecho, los agonistas de la historia se referirán a él como el hombre sin nombre), y del que sospechamos una importante afición a los cómics, un característico y permanente despiste y, tal vez, una acusada falta de madurez (todo ello intuido de las tres o cuatro páginas iniciales), se pierde de camino a una importante cita en el Barrio Viejo (las calles de arena que dan título a la historia). Casi de inmediato, pues, comienzan a sucederse los extraños acontecimientos para el protagonista: encontrará un hotel, La Torre, con unos moradores de lo más extravagantes, y para colmo, un doppelgänger (un doble exacto de sí mismo) le robará su identidad, amenazando con apropiarse de su vida si consigue salir del barrio antes que él. A partir de ese momento, el joven buscará la manera de salir de las calles de arena, para lo cual se relacionará con los absurdos personajes que las pueblan.

Cada uno de ellos es en sí mismo una metáfora de una actitud; así, los rasgos humanos son caricaturizados y llevados pretendidamente hasta el exceso, tal como si fuera una fábula, un exempla o cuentecillo moral medieval. A su vez, podemos decir que el conjunto del dramatis personae configura una alegoría aún más amplia, más universal, más abstracta de la condición humana.

Esther, la recepcionista del hotel y contumaz lectora de Memorias de África (Isak Dinesen), se siente atraída por el señor Rosendo de los Vientos, un inquilino del hotel; sin embargo no lo conoce, porque siempre que llega su día de descanso laboral para ir a verlo, surgen complicaciones. Esas complicaciones las provoca el señor Rueda, encargado del mantenimiento de las calderas del hotel, que atasca con un calcetín la entrada de aire, haciendo que la calefacción falle. Como está enamorado de la señorita Esther, es la única manera que tiene de evitar que ella y Rosendo se encuentren. A su vez, Rueda jamás le ha podido decir lo que siente, porque como se obliga a pasar más horas en las calderas para arreglar la presunta avería, carece de tiempo para ello.

La cartera envía las cartas que ella misma escribe. Dice sentirse sola, y de ahí que tenga la necesidad de expresar sus sentimientos por escrito, su única forma de comunicación. Si no pasara tanto tiempo haciendo los correspondientes envíos, seguramente podría encontrar compañía. Y qué decir del conde Diógenes, un vampiro de trescientos años que, al no poder mirarse al espejo, necesita rodearse de retratos suyos para tener constancia de su existencia. Al mismo tiempo, y haciendo honor a su nombre, acumula todo tipo de objetos que le recuerdan momentos del pasado y seres queridos que ya se fueron. En su caso, la imposibilidad de abandonar el barrio se debe al miedo a perder todos aquellos objetos que constituyen su memoria. También nos deja una de las más bellas reflexiones de la obra: “¿sabe cuál es el problema de la inmortalidad? La desidia. La inmortalidad es como las vacaciones de verano. Se apodera de ti la apatía, hay tiempo, todo lo dejas para mañana y al final nunca haces nada.” Muchas y hermosas lecturas pueden suscitarse a partir de las palabras de este personaje; por ejemplo, que el mayor temor de alguien que nunca muere es perder sus recuerdos. Y por supuesto, suscribir que, de no ser por la constante acechanza de la muerte, probablemente el hombre no hubiera alcanzado los logros que han jalonado su historia, ni habría inventado el arte, seguramente el mayor y más poderoso instrumento para esquivar a la Parca.

Paradigmática resulta entonces la presencia de ese otro personaje, el señor Soto, el hombre que quiere morir, y que aguarda impaciente los días metido en el ataúd que él mismo construyó.

Quizás el caso más flagrante de inactuación recidivante sea el del anciano Ignacio, que aunque está deseando salir del barrio, es tan precavido que nunca termina de repasar convincentemente su maleta de viaje.

Resulta, pues, muy evidente el carácter parabólico y paradójico de la historieta., cuya moraleja, entre otras posibles, resulta ser que nosotros mismos somos la primera y más elevada barrera que hemos de sortear para alcanzar nuestros propios deseos.

Brillante resulta el encadenamiento de sucesos que acontece hacia el final, cuando se hilan los casos particulares de cada personaje, quedando resueltas sus angustias a raíz de un hecho fortuito. Todo comienza con el sueño del protagonista sin nombre. Sostenía en su mano la última carta que le escribió Blanca, la cartera: “Necesito contarle a la gente lo que siento. Escribo porque me siento sola”. Al quedarse dormido sobre el tejadillo de su habitación, la carta se desliza de sus manos, y va a caer junto a un pájaro que, asustado, remonta el vuelo. El pájaro se asoma a la ventana de la suite del señor Soto, el hombre que aguardaba a la muerte metido en su ataúd. De nuevo aquí presenciamos otra sutil alegoría: la mariposa en estado de larva que anidaba junto a la ventana, y que parecía ser modelo de la actitud del señor Soto (porque no le gustaba su cuerpo terrenal), es comida por el pájaro. Este hecho parece remover la conciencia del aspirante a finado, lo que hace que salga de su ataúd y desparrame por doquier las flores de las coronas que lo adornaban. Estas flores que caen por las escaleras del hotel se convierten en una lluvia de rosas y pétalos improvisada para el señor Rueda y su amada Esther. Sensibilizada, ella le pide que le lleve en brazos hasta África. Y seguimos con la cadena de acontecimientos: la calefacción sigue averiada, y como Rueda y Esther se han marchado, Ignacio abre la puerta y la ventana en busca de aire que le alivie el calor. Esto provoca una corriente que hace que salga volando su lista de enseres para el viaje, cuyo constante repaso le impedía salir del barrio, de tal modo que el afortunado suceso le saca de su improductiva circularidad. Ahora es esta lista de objetos del anciano la que provoca que un gato salte del tejado para alcanzarla, lo que le hace caer por la chimenea de la casa de Francisco Piedra, un hombre que, tras morir su mujer, vivió obsesionado con clonarla a partir de los cabellos que quedaban en su ropa. Al entrar el gato en su laboratorio y destrozarlo todo, el señor Piedra pierde el último cabello que le quedaba. Desesperado, rebusca entre las pertenencias de su difunta esposa, encontrando pruebas que demuestran que le fue infiel. Así pues, también él abandona los motivos que le retenían entre las calles de arena. Al cortar el suministro eléctrico que alimentaba las máquinas de su laboratorio, le corta la luz a Blanca, que se queda a oscuras cuando estaba escribiendo las cartas que luego entregaría. Obligada a abrir la ventana de su despacho, observa al hacerlo la vida que se agita allá abajo, en el barrio, y de la cual ella había permanecido ajena por su diaria actividad. Ni corta ni perezosa, pone fin a su tarea lanzando al aire todas las cartas y sobres. Precisamente estas son culpables de atascar el mecanismo de la casa del conde Diógenes, que la hacía girar siempre buscando la debida sombra (recordemos su condición de vampiro). Inopinadamente, la casa se viene abajo. Lamentándose Diógenes por el suceso, comienza a enumerar todos los recuerdos que, en forma de objeto, ha perdido; justo entonces cae en la cuenta de que el lugar donde mejor los ha tesaurizado ha sido en su cabeza, en su memoria, y se aleja del lugar congratulado. Finalmente, el humo producido por el derrumbamiento de la casa asciende al cielo y se convierte en nube, descargando una brutal tormenta que inunda todo el barrio. Es la lluvia la que despierta al protagonista sin nombre, que salvará la vida utilizando el ataúd vacío del señor Soto.

Cada uno de los eventos hace las veces de chispa que provoca el siguiente, de tal forma que las circunstancias de cada personaje es consecuencia directa de los actos de los demás. No en vano, el sueño del hombre sin nombre que lo ha provocado todo incide justamente en ello: veía cómo los demás empujaban la manecilla horaria de un reloj excepto él, que corría por delante, tal vez temeroso de que le dieran alcance. Cuando llegan a su altura, no tiene más remedio que saltar para esquivar la aguja, y cae a un pozo insondable: ¿el mismo en el que se encuentran todos los desubicados del mundo? Al final, parece que se nos dice que el joven consigue salir de las calles de arena para volver al lugar del que procedía (o al que verdaderamente pertenecía): la luna.

Quizás, en el fondo, todos los amantes de los cómics seamos selenitas.

Agosto, 2010.

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Tintin forma parte, desde hace muchos años, de esa caprichosa lista de obras que siempre tendré a bien recomendar a jóvenes lectores y padres comprometidos con la educación de sus hijos. Sé que puede resultar pretencioso y hasta en cierta medida autoritario el decidir lo que deben leer los demás cuando son demasiado infantes como para hacerlo por ellos mismos. Pero si el padre del behaviorismo, J. B. Watson, decía “entrégueme una docena de niños sanos y le garantizo que lograré hacer de ellos un médico, un abogado, un director o un artista, incluso un ladrón o un mendigo”, yo, de pretensiones más modestas, me permitiré una inocente modificación de conducta: inclinarlos a la lectura. Para ello no será necesario el empleo de descargas eléctricas que los aparten del televisor, ni recompensas golosas cuando soporten el peso de un volumen entre sus manos. Hay técnicas más sutiles, deseables y efectivas. Las empleamos constantemente para enseñarles a los impúberes a discernir lo bueno de lo malo, lo grato de lo indeseable, lo ético de lo inmoral, lo educado de lo indecoroso. Prediquen con el ejemplo y azúcenles con el “todavía eres muy pequeño/a para leer”, y más tarde o más pronto los descubrirán en actitud rebelde cometiendo el deseado desacato.

Van ya más de sesenta años de historias de Tintin, a pesar de que haya voces ingratas que se afanan en recordar más el pasado del autor que el mensaje de sus álbumes. Los grandes genios siempre estarán en la picota. ¿No acusan los apocalípticos y milenaristas a Walt Disney y sus creaciones de ser un símbolo del capitalismo estadounidense y una exaltación exacerbada del neoliberalismo y la globalización del american way of life? A ellos, esos elegidos que con su imaginación cambian el curso de un mundo en movimiento inercial, siempre les sobrevolará la duda de la honestidad, de su cercanía o lejanía con respecto a las doctrinas, corrientes intelectuales o ideologías de su época, y se cuestionará si cabe mantener las creaciones artísticas al margen de los movimientos a que parecen adherirse o deben, en cambio, sucumbir con ellos y soportar la condena que el juez Tiempo impone. Casos como el de Günter Grass, o todo un clásico del pensamiento como Rousseau, han visto mermado su reconocimiento a causa del desvelamiento de sus oscuros pasados. El alemán, tal y como cuenta en su autobiografía Pelando la cebolla, perteneció a las SS; y en cuanto al francés, se sabe que, a pesar de ser unos de los grandes pedagogos ilustrados, se desentendió de sus cinco hijos, mandándolos a un orfanato con torpes excusas. Ejemplos como estos han servido una y otra vez para preguntarnos hasta qué punto es o debe ser objetable la ideología del autor en la obra de arte, y si cabe hacer un juicio ad hominem al margen de los valores propios de su creación.

Es el caso de Georges Rémi, más conocido como Hergé. Anticomunista, antisemita, colaboracionista nazi y otros epítetos similares le han condecorado desde que se conociera su relación de amistad profunda con Léon Degrelle, líder del movimiento rexista belga, que se caracterizó por ser fascistoide y ultracatólico. Y mientras éste se arrogaba a sí mismo ser el inspirador del periodista del tupé (por cierto, mejor no preguntarnos por los motivos de su enhiesto flequillo, no sea que nos recuerde cierta escena de una película de culto adolescente sobre una tal Mary), fuentes fundamentales niegan la mayor. Cierto es que hay rasgos antisemitas en algunos álbumes de Tintin, pero son tan sutiles que es menester conocer toda la relación que Hergé mantuvo con Norbert Wallez, un clérigo antimasón y ultraconservador, simpatizante de Mussolini (y que amparó en su periódico las primeras aventuras de Tintin) para percatarse de ellas. De hecho, tras la guerra, se llevaron a cabo ciertas modificaciones en las viñetas para convertirlo en un producto exportable a nivel internacional.

¿Cabe pasar acríticamente por estas cuestiones, como hacen los fans más exaltados? ¿Es eximente el haber creado precedente en el estilo gráfico del cómic (con su línea clara y naif), o el ser padre creador un personaje mítico, abanderado de legiones de seguidores, tanto jóvenes como adultos, de varias décadas? El propio autor se defendía: “trabajaba, eso es todo. Como trabajaba un minero, un cobrador de tranvía o un panadero. Pero mientras parecía normal que un maquinista condujese un tren, los colaboradores de la prensa éramos pretendidamente unos traidores”. Claro que, como comentaba un biógrafo del artista, Pierre Assouline, el panadero y el cobrador no desempeñaban el mismo rol intelectual ni ejercían un papel de tanta influencia en la sociedad. En su descarga, Hergé siempre reconoció no sentirse orgulloso de algunas viñetas. Vio en el alzamiento de Hitler y en su posterior ocupación de Bélgica y Francia una oportunidad de ascender en sus aspiraciones, merced a unas amistades bien posicionadas. Sus obras fueron extraordinariamente vendidas, no sólo entonces, sino aún ahora. Con lo que se demuestra que Tintin es mucho más que una obra al amparo de unos valores éticos y políticos determinados y discutibles. Hergé consiguió hacer una obra inmortal que trasciende (como es característica sine qua non de los clásicos) su época y su contexto social.

Por mi parte creo que lo justo sería dar el relevo de lector de las aventuras de Tintin a nuestros descendientes, y una vez que hayan devorado sus historias, desde el Congo hasta la última e inconclusa Tintin y el Arte-Alfa, podríamos llamarlos, cerrar la puerta y sentarlos a nuestro lado. “No, hijo, no voy a contarte otra vez aquello de la semillita. Hoy quiero hablarte de cómo el arte, que está muy por encima de quien mismo lo crea, se materializa entre escombros, culpa, vergüenza y muerte. Hoy te contaré la historia del hombre que creó a Tintin”. Quizás entonces nuestro pueril interlocutor empezará a comprender que el Bien y el Mal son conceptos íntimamente emparentados que se relacionan incestuosamente, engendrando vástagos de imprevisible signo.

 2008

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Parece imposible, cada vez que uno se refiere a una historia épico-fantástica-medieval, no citar al padre moderno del género, la multinombrada y magna obra del ínclito Tolkien, El Señor de los Anillos. Y es que, desde que se publicara allá por los lejanos años 50-60, se ha convertido en la referencia obligada de todo creador de tramas fantásticas ambientadas en mundos regidos por la espada y la magia, en los que los humanos y otras razas fantásticas se alían o se enemistan, y se sitúan a un lado u otro de la contienda entre el Bien y el Mal. Y precisamente por esto, por sentar las bases de un género, consideramos a unas obras como influenciadoras, y a otras como deudoras. El problema es que, como decía, cuando hay un título tan ampliamente conocido que ha sentado cátedra en la historia de la Literatura, ya todo lo que viene detrás corre el riesgo de ser tomado como un vástago que se acurruca bajo su ancha sombra. Le ocurría a todo intento de realismo mágico tras la omnipresente Cien Años de Soledad, o a los cuentistas, subsumidos bajo una tetracotómica posibilidad: o chejovianos, o chandlerianos, o borgianos, o poenianos. Sin embargo, esta percepción reduccionista no es siempre justa, pues a veces otros que recogen el testigo son capaces de abrir nuevas fronteras e indagan o profundizan aspectos antes sólo apuntados. Y también ocurre así con la literatura fantástica, que quizás hasta Tolkien (e incluso después de él) fue considerada un género menor, no susceptible de ser considerada “alta literatura”. En este caso, las ramificaciones más sobresalientes y dignas de mención están representadas por la trilogía Crónicas de la Dragonlance, del dúo Margaret Weis y Tracy Hickman, Añoranzas y Pesares, de Tad Williams, y la aún inconclusa saga de George R.R. Martin, Canción de Hielo y Fuego, títulos que a su vez han generado por sí mismos nuevas corrientes que beben de ellos.

Pues bien, todo esto constituye el contexto del manga Record of Lodoss War, que no obstante, por pertenecer al ya reconocido noveno arte, el arte secuencial (Will Eisner dixit), goza de otras influencias que, todo junto y bien mezclado, conforman un clásico del cómic japonés, punta de lanza de la oleada asiática en Occidente en cuanto a la edición de manga se refiere. E incluso a estas alturas, ya se puede hablar de unos lugares comunes que rara vez olvidan su aparición en las obras citadas. Por ejemplo, el topos maniqueo de la lucha entre el Bien y el Mal (en mayúsculas) parece obligado, y en este caso no hay lugar para la neutralidad o las escalas de grises entre blanco y negro: los buenos son muy buenos, y los malos muy malos. Tanto es así que, para que no haya confusión posible, los unos están representados por humanos, enanos y elfos (estos últimos, como viene siendo habitual, reacios siempre en un primer momento a inmiscuirse en los asuntos mundanos hasta que el lobo entra en su propio establo), y los otros por los demonios que, cómo no, han llegado a la tierra por la codicia del hombre. En esta ocasión, el Mal, ese concepto al que llaman abstracto pero que tan palpable es que hasta se huele, se siente, se toca y se presiente, viene encarnado en pecaminosas curvas de mujer. Pero que no se rasguen las vestiduras las feministas fundamentalistas, porque para eso, y como contrapartida, está la señorita que da nombre a la obra, Fraus, la Dama de Faris: sacerdotisa, guerrera, maga y todo lo que haga falta a la vez, para combatir y diezmar a las hordas de demonios.

El mapa tampoco falta a su ineludible cita; creo que se pueden contar con los dedos de un par de manos las obras de este género, ya sea en formato novela o en cómic, que carezcan del susodicho mapa para que el lector tenga permanentemente constancia de la ubicación de los personajes, de por dónde se van cociendo los episodios y cuánta distancia separa a la Luz de la Oscuridad (quién no recuerda con estremecimiento el acercamiento de Frodo y Sam a las puertas de Mordor. Supone un estrechamiento psicológico hacia los personajes por parte del lector, que poco a poco va asumiendo el encuentro con lo doloroso, lo cruel y mezquino, y se apiada del protagonista, uniéndose emotivamente a él). El mapa es un buen vehículo para separar gráfica y visiblemente (al menos eso) la delgada frontera entre el Bien y el Mal. Y hay más. Porque en ese mapa suelen haber bosques oscuros y tenebrosos, y otros donde conviven seres pacíficos y espíritus forestales. Por su parte, Tolkien, muy sabiamente, mezclaba los tonos, y siempre procuraba algo de esperanza y bondad en los terrenos donde parecía imposible hallarla (como las apariciones de Tom Bombadil en el Bosque Viejo y en el Valle de los Túmulos, o Bárbol en Fangorn), y algo lúgubre y siniestro más allá de donde el Mal hace nido (la presencia de los Nazgûl en Bree, el envilecimiento de Saruman en Orthanc y su posterior asentamiento en La Comarca). En La Dama de Faris El Bosque Espejo de los elfos es allanado por los seres demoníacos, y también el Reino de Piedra de los enanos (eternamente confinados por la literatura fantástica a las grutas y cavernas del subsuelo). Se reconoce un epicentro de la oscuridad, y oponiéndose a él como un faro impertérrito, el reino de Valis. Moss, subdividida en ducados que mantienen una eterna lucha intestina, se debate entre su cainita guerra civil y la esperada unificación para hacer frente al verdadero invasor, que nunca puede proceder del propio hogar. E inevitablemente, todo esto nos recuerda a los problemas de Rohan y sus jinetes desterrados, que sólo vuelven a ser acogidos cuando hace acto de presencia el verdadero Otro; ante la presencia del alter, se reconoce lo propio: identificación por vía negativa, pues no sé lo que soy, pero sí lo que no soy, y los demonios, los orcos, los trasgos y los goblins no son como ese otro, que nació cerca de mí, que creció y vivió conmigo, que tiene hijos como yo. Esto refuerza el deseo de alianza.

También en la caracterización de los personajes se pueden apreciar no pocas similitudes y coincidencias entre los clásicos de la fantasía, como el guerrero mercenario y nómada que guarda en su sangre el secreto de un genoma real y destinado a grandes metas; los reyes que no se conforman con jugar de lejos, sino que toman el pulso a la batalla desde el suelo, arriesgando sus preciados cuellos en complots y alianzas; la presencia de magos muy poderosos, dragones y personajes de malas intenciones que juegan a ser lo que no son.

En La Dama de Faris hay momentos que parecen seguir el consejo de Borges, eso de contar una historia como si fuera el resumen de lo que se tiene en la cabeza, para evitar la tentadora intención de explicitarlo todo. Es lo que ocurre por ejemplo con los numerosos viajes de los personajes: algo en lo que normalmente la Literatura se explaya (una vez más el ejemplo a destacar es Tolkien), y que aquí se obvia para centrar la acción en los lugares de destino, y no en los caminos que conducen hasta ellos. Así por ejemplo, el arco argumental en el que Fraus y Beld se dirigen hacia la isla de Marmo para curar la locura temporal del guerrero, queda resumido en un par de páginas que nos dejan la sensación de habernos perdido mucho más de lo deseable.

Otro topos fundamental del género es el de la alianza. Aquí no sólo es una alianza entre razas: los altivos elfos, los orgullosos enanos y los impredecibles humanos, sino también y sobre todo, una alianza de religiones: los distintos santuarios (Faris, Marfa, etc.), que veneran a sus correspondientes dioses, viven en natural armonía, y no dudan en aunar fuerzas para combatir al enemigo común: el Señor Supremo del Mal. También hay otro tipo de alianzas menores; podríamos llamarlas alianzas del camino, que también nos recuerdan a algunos clásicos: Wort, el mago, y Beld, guardan un razonable parecido con Raistlin y Caramon, los hermanos del mundo de la Dragonlance; los primeros son hechiceros inteligentes y guardan cierto gusto por la magia negra; los segundos son bárbaros, guerreros diestros en la esgrima pero de poco pesquis, que se someten a una unión simbiótica en la que unen  fuerzas y compensan defectos (guardan una cierta reminiscencia de otros personajes arquetípicos: el gordo y el flaco, el payaso tonto y el listo, el bello ignorante y el desfavorecido intelectual, y cómo no, el fuerte bobalicón y el débil pedantillo. Aunque todo hay que decirlo: tanto el personaje de Beld como el de Fawn, comandante de la caballería, comparten con el Aragorn de Tolkien el estar más cerca del héroe homérico que no conoce falla, salvo a veces su excesiva altivez y el autorreconocimiento de su apostura y lozanía). Otras alianzas menores, pero muy características de las subtramas o líneas secundarias de la historia principal, son las que constituyen personajes de segunda y tercera categoría, a los que se les suele reservar un momento para la heroicidad y hasta cierta relevancia para el buen desenlace de los acontecimientos. En El Señor de los Anillos lo representaban Merry y Pippin, principalmente (también Sam, aunque éste es por momentos auténtico co-protagonista). Aquí su lugar lo ocupan Rick, Failo y Yacopo, que protagonizan el arco democrático del argumento, pues su máxima es que todos cuentan: por poco que crean que pueden hacer, por mínimas que parezcan sus fuerzas, la victoria final también depende de ellos. También en Las Crónicas de la Dragonlance, el personaje kender pertenece a este rango, y comparte con los anteriores el papel del graciosillo de Lope de Vega, aquel que rebaja la tensión del desarrollo y que se gana la simpatía del público desde un segundo plano.

Huelga decir que, aún dentro de la alianza, el motivo más veces repetido de todos es el del grupo o comunidad de héroes que se embarcan en la aventura y que permite el juego de interrelación entre los personajes, cuestión ésta que gana aún más importancia debido a la proliferación de juegos de rol, tan relacionados con esta saga, cuya premisa básica consiste precisamente en esa agrupación de caracteres y la puesta en común de ideas, planes, estrategias y ambiciones.

En definitiva, La Dama de Faris es una historia entretenida, brillantemente dibujada, y que, sin aportar nada nuevo ni original al género, al menos utiliza los argumentos y recursos habituales con sentido, cuestión esta que la ha convertido en un clásico entre los mangas y en todo un referente del género sword & sorcery en el noveno arte. Por último, decir que gana enteros cuando, al utilizar nuevamente un recurso tolkeniano, deja entrever que el mundo que se está desarrollando ante la vista del lector es un mundo viejo, con mucha historia detrás (con referencias a épocas remotas, antiguas mitologías, dioses desaparecidos, rencillas milenarias), lo cual le confiere consistencia y la sensación de que todos los detalles cuentan: no sólo los que se ven, sino también los que se encuentran detrás del escenario, que es donde seguramente se empieza a sostener la coherencia y honestidad de un buen guión.

Septiembre, 2007.

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Reconozco que una historia entre un hijo y un padre me predispone al interés. No hace falta ser psicoanalista para develar en ello mi pronta orfandad y mi corta aunque fructífera e imperecedera relación con mi padre. Pero ese juicio bienintencionado se vendría abajo inmediatamente de no ser porque, en este caso, la belleza de la historia que se cuenta va unida a la belleza de las palabras con que se narra y, cómo no, a la majestuosidad de unos dibujos sobresalientes y cien por cien artesanales, llenos de expresividad, detalle y lirismo. Sólo por esta obra, Jiro Taniguchi merece el reconocimiento de ser uno de los mejores mangakas (autor de mangas), pero es que además cuenta con otras maravillas en su haber, como Barrio Lejano, La época de Botchan, Seton, La cumbre de los dioses, K, La montaña mágica, etc. Pero, ciñéndonos a ésta que nos ocupa, El almanaque de mi padre es una preciosa historia, nostálgica y entrañable a la vez, que trata del amor de un padre hacia su hijo, del desapego filial, y de las consecuencias del divorcio entre adultos en los niños.

Yoichi, el protagonista de la historia, viaja de regreso a su pueblo natal para asistir al entierro de su padre, al que no veía desde hacía muchos años. Precisamente ese retorno al primitivo hogar le hará brotar una nostalgia pesarosa y un cierto arrepentimiento por haberse mantenido lejos de todo durante tanto tiempo. Así, la historia se desarrolla en un constante ir y venir entre el presente y el pasado, profundizando en la infancia de Yoichi para encontrar el germen del divorcio entre sus padres y el de él con su propio pretérito.

Algo de su propuesta inicial me recuerda a esa genial película de Tim Burton que es Big Fish (no tanto al libro de Daniel Wallace en que está basada); el leit motiv de ambas historias es el intento de un hijo de conocer al padre que se le fue o se le está yendo. Las dos dejan el regusto de que seguramente los padres siempre mueren antes de que los hijos los conozcan tan bien como llegan a conocer a un amigo o a una pareja.

Takeshi, el padre de Yoichi, era un hombre honrado y cariñoso que se volvió algo taciturno a raíz de un desagradable suceso: un terrible incendio asoló la aldea en la que vivían, lo que los obligó a rehacer sus vidas desde cero. Takeshi perdió la barbería que era su negocio, con lo que se vio obligado a aceptar la ayuda económica de sus suegros, que en el pasado no apoyaron su relación con su hija. Esto provocó en Takeshi un sentimiento de deuda que intentó saldar con excesivas horas de trabajo para devolver cuanto antes el dinero. Esta dedicación excesiva a la barbería inició el enfriamiento de su matrimonio con Kiyoko, madre de Yoichi. No tardará en producirse la separación definitiva; Kiyoko se marchará del pueblo con otro hombre, mientras Yoichi y su hermana Haruko se quedan con Takeshi, que al cabo de un tiempo contraerá segundas nupcias. Yoichi, que siempre ha desconocido los motivos que condujeron al divorcio de sus padres, irá disolviendo el rencor guardado por la marcha de su madre merced a los recuerdos evocados por los asistentes al velatorio. Aunque tarde, Yoichi entenderá las razones por las que sus padres se separaron.

 

Febrero, 2009.

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